sábado, 11 de abril de 2015

LA CÁRCEL MÁS SEGURA

Las cárceles más seguras son las que no tienen muros. Las que prescinden de puertas que se cierran al unísono cuando cae el sol. Las que no contratan personal para que vigile a los presos, no lo necesitan. Porque en las de alta seguridad -las de verdad, la que no se ven-, los reos aceptan su destino y se dejan llevar de tarea en tarea, de sala en sala, de rutina en rutina. 

Son transparentes, invisibles al ojo ajeno. El propio sí las ve. Vaya que las ve, las siente, las sufre, las digiere. Y la prisión es tan macabra, que condena a sus habitantes al silencio y a la máscara. Y ellos aceptan porque los que no ven, no les comprenden y confesar su encierro sería firmar su sentencia de muerte -la física, la otra ya la firmaron el día que entraron-.

Porque los ciegos, insisto, no entienden al que mira y ve, y por eso lo desprecian. Y para que encaje sin causarles daño alguno en sus vidas de tinieblas y disfrazada luz, construyen una ficción a su medida sobre quién y cómo es él.  La medida exacta, la que no modifique su vida y les permita tenerlo cerca, pero lejano; conocerlo, pero, a la vez, ignorarlo. Y de este modo, los ciegos alcanzan el equilibrio. Ese equilibrio tan valorado que les coloca en el escalón de la sabiduría mal entendida, de la caridad acomodada, de los valores descafeinados, de la justicia adulterada. 

Un mundo equilibrado, el suyo, que condena al absoluto silencio y a la máscara eterna a los videntes. A los que, ya, a duras penas, ven por un solo ojo.