Querida madre que parió a la niña del bañador rosa:
Soy una de las millones de mujeres del mundo que no ha
compartido tu carta, que no la ha comentado –hasta ahora- y que, mucho menos,
ha soltado una lagrimilla al leer este nefasto amasijo de letras que alguno ha
tildado de “sublime”.
¿Llorar por dar bombo y resaltar las “estrías”, “flacidez” y
“celulitis” de una adolescente? ¿Llorar porque alguien que “no te miraba, pero
te vi” es capaz de apreciar el nerviosismo de esa chica al tragar saliva? ¿Llorar
por traer a mi mente la típica y cruel escena de amiga buenorra vs amiga gorda? ¿Llorar
por descubrir que en tu no solicitada defensa de la chica “sublime en su imperfección” das por sentado que las de vientre terso no
tienen cabeza? Y yo me pregunto, ¿por qué das por hecho que la del bañador verde
si la tiene? ¿Por tener un libro en el bolso? ¿Por su supuesta imperfección? ¿O por ambas cosas? Esto sí que me hace llorar, pero
de la risa(pena).
Querida madre, para no mirar y ver, sí que te has fijado. ¿Cuántas horas
has estado viendo a la pobre chavala? ¿Te has comprado palomitas y te has
sentado en primera fila?
He leído tu carta con asombro, con pudor, con vergüenza
ajena, con asco y con indignación. Al leer tu descripción de sus posturas, de
sus agobios y de sus complejos me he visto atravesada por tu vista que no mira
y me he sentido sucia. Sucia por permitir que me trasladases a la intimidad más
absoluta de un adolescente. Sucia por ser parte activa, al leer tu carta, de la
exhibición del cuerpo, intimidades y
miserias de una chica, que dicho de paso, no ha dicho ni esta boca es mía.
Querida #madrequeparióalaniñadelbañadorrosa, ¡qué pena! No por tu carta, no, qué pena por descubrir que al menos 114.000 personas sufren de incapacidad mental para ver más allá de los estereotipos, más allá de las frases hechas y de la escritura facilonga y cursi.
Y termino. Termino sin haber si quiera empezado porque me repugna este tipo de “cartas” dirigidas al universo y que empiezo a pensar que son producto de los devaneos de alguien que quiere ser y no es, y al que le gusta escucharse hasta cuando hace silencio.
Termino, pero antes pregunto: ¿qué hubiese pasado
si esta carta estuviera firmada por Juan Gómez y no por de Jessica Gómez? Mejor, ni contesto.
Y me disculpo: mil perdones querida víctima anónima. Ojalá
no llegues a leer la carta de #lamadrequeparióalaniñadelbañadorrosa. Ojalá que
de verdad tengas cabeza para que si lo haces, sepas perdonar a esta pobre madre
que tiene la virtud de ver sin mirar.
Y agradezco: gracias Jessica, tu carta ha conseguido
que tras muchos meses de sequía, vuelva a mi Ojo.