Érase una vez una neurona que quería encontrar su lugar en el mundo. Su mundo -gris, viscoso y lleno de curvas imposibles-, había sufrido durante décadas una enfermedad vírica que le había generado daños irreversibles: miles de hectáreas despobladas. Montañas de neuronas yacían secas y arrugadas formando muros que impedían que el mundo gris, viscoso y curvilíneo de la neurona se pudiera comunicar.
Nuestra amiga neurona había nacido en el seno de una familia acomodada: su padre era dueño de todas las tierras de la región y miles de neuronas trabajan para él. Ella odiaba el trabajo de campo: prefería observar la naturaleza más que trabajar en ella. En uno de esos tantos días que caminaba sin destino concreto, soñando encontrar lo que no sabría definir, se perdió. Un día, jugando a morder manzanas, se quedó ensimismada con la forma que su "bocado" había dibujado en la fruta. Maravillada por su descubrimiento corrió en dirección a casa. No podía dejar de contar el hallazgo a su padre, él sabría cómo utilizar esa manzana -pensó. Jamás imaginó que pasarían muchos, muchísimos años para que ese día llegara (...). Su juventud, su pasión y su inconsciencia le hicieron tomar la última curva del trayecto hacia su casa a excesiva velocidad. La manzana voló por los aires y cayó al suelo. Ella no tuvo tanta suerte: salió despedida. Recorrió miles de kilómetros hasta quedar suspendida en el vacío. Había perdido la conexión con el mundo.
Durante varios años estuvo buscando la manera de regresar a casa. Y lo consiguió. Y cuando llegó, lo que vio le impulsó a salir corriendo de nuevo: un virus enemigo había matado a millones de neuronas. Su región era la más afectada; era la única neurona viva del hemisferio norte, concretamente del territorio cuyas coordenadas eran 38º53´N/77º 02´O. Nuestra neurona estaba desolada: de nuevo estaba perdida, de nuevo debía buscar su lugar, pero... ¿dónde?
Cuenta la leyenda que nuestra superviviente se echó al agua y empezó a nadar; aquello parecía un océano. Tardó meses en cruzarlo, hasta que una mañana gritó: ¡tierra a la vista! Aceleró el ritmo de sus movimientos y en horas alcanzó la orilla. Se sacudió el agua, se atusó el pelo y comenzó a caminar por ese lugar que, pese a desconocerlo, se le antojaba familiar. Dobló la primera curva y... ¡Ohhhh! ¡Miles de neuronas se bañaban en el agua! Unas corrían por la arena, otras tomaban el sol y algunas se reunían alrededor de una caseta y se tomaban una cerveza. ¡Qué hermosa estampa! -pensó.
Se acercó y se perdió entre la multitud. Aprendió el idioma, montó un bar, formó una familia y se compró una casa. Nunca regresó al otro lado del mundo porque, por fin, había encontrado su lugar.
Fin
¿Qué pasó con el hemisferio norte, 38º53´N/77º 02´O? Aprovechando la ausencia de neuronas... los virus construyeron un país y lo llenaron de barras y estrellas. El resto de la historia seguro que te suena.