miércoles, 17 de septiembre de 2014

YO ME PROTEJO ¿Y TÚ?

Hoy no nos pegamos a la actualidad informativa. Hoy nos da igual lo que digan los periódicos, las redes sociales o los telediarios. Hoy la noticia está dentro de nosotros: en lo que nos pasa, en lo que no nos pasa o en lo que nos gustaría que nos pasara. Hoy nos marcamos una de esas entradas que interesa mas al que la escribe, que al que la lee. Hoy nos volvemos egoístas y hacemos que el ojo solo nos mire a nosotros; al resto... el resto puede aprovechar para ir al baño, recoger la mesa o seguir con lo qué sabe Dios que esté haciendo. O quedarse y seguir leyendo. Gracias. 

Por fin una semana entera en Miami, en casa. Siete días para ordenarnos y ordenar nuestro alrededor. Un "alrededor" muy cercano, muy próximo, más bien íntimo. 

En los últimos días he aprendido algo sobre la importancia de la protección. Protegemos nuestro patrimonio con mucho esmero: alarmas en las casas y coches; contraseñas secretas para acceso a cuentas bancarias; códigos de seguridad para cajas fuertes; puertas blindadas, copias de seguridad, etc., etc. Construimos con sofisticada ingeniera, todo un mecanismo de protección que nos permite sentirnos tranquilos y serenos. Cae la noche y nos metemos en la cama sabedores de que nuestras posesiones -más o menos valiosas, más o menos cuantiosas-, estarán en el mismo lugar cuando vuelva a salir el sol y abramos nuestros ojos. 

Y con esta confianza que nos da el sentirnos protegidos, enfrentamos los días sintiéndonos menos pesados, más fuertes, más poderosos. Delegamos en los "chismes" que hemos adquirido la seguridad de todo lo nuestro. Somos unos genios. Pero llega un día en el que recibimos el primer puñetazo. En la cara. En tú cara. Y al día siguiente te pones un casco. Para protegerte. Y sigues tan feliz. Y otro día nos dan una patada en la rodilla. En tú rodilla. Y te calzas un rodillera.

Y así,  cada tanto, vamos recibiendo golpes en todas las partes de nuestro cuerpo. Hasta que un día, apaleados, nos plantamos frente al espejo y este nos devuelve la imagen de un jugador de fútbol americano. Y nos vemos guapos. Y si alguien nos dijera que vamos hechos un "cromo" -con tanto casco, rodillera, codera y muñequera-, nosotros lo negaríamos. Nuestros ojos solo ven lo bien que nos queda nuestro flamante outfit de otoño. Eso es todo. 

Pero llega un momento en que el peso de la protección corporal comienza a ser excesivo y no entendemos el porqué de nuestro cansancio. Y recordar todos los códigos de seguridad que protegen nuestras posesiones se vuelve cada vez más complicado y tedioso: se olvidan, se cambian; se vuelven a olvidar, se vuelven a cambiar y se anotan en un cuaderno. Se olvidan -de nuevo-, y se acude al cuaderno que, a estas alturas,  ya se ha convertido en otro elemento cotidiano de nuestro vestuario. 

Y anda uno tan concentrado para no caer -el peso que carga aumenta con rapidez-, y por conservar la poca memoria que le queda libre, que deja desprotegido lo mas valioso que posee: su alma. 

Nos pasamos la vida poniéndole alma a todo lo que hacemos. El alma lidera nuestra carrera; es la primera en saltar al vacío; es la primera en mostrar sus secretos; es, en definitiva, lo más valioso que poseemos. Y, al mismo tiempo, lo que más desprotegemos. La llevamos desnuda a todas partes y abusamos de ella hasta que la desgastamos tanto, que tocamos hueso. Y nos duele. Y chillamos y lloramos a la vez. Y buscamos la razón de este dolor. Y no entendemos. Y del grito y lloro pasamos al silencio y al enfado. Y del enfado a la venganza. Y de la venganza al dilema: deseamos castigar a esos que, careciendo de alma, van por la vida clavando puñales traperos por la espalda. Y cuando estamos a punto de pasar por encima de los sinalma con nuestra cuatro por cuatro, respiramos profundo y ponemos punto muerto.

Reflexionamos. Ahí estamos, desafiantes, empuñando el volante frente a los sinalma. Y nos aferramos a la reflexión para no presionar el acelerador. Y los miramos a los ojos y solo vemos miseria: muertos vivientes que carecen de sueños propios. Y sonreímos. Pobres desgraciados, pensamos. Y metemos marcha atrás y damos la vuelta. Y mientras aumentamos la velocidad y nos alejamos, nos reímos a carcajada limpia.

Y aunque tarde -muy tarde-, finalmente, vamos por la vida realmente protegidos y sin la necesidad de anotar en nuestro cuaderno: su mirada queda tatuada en nuestra mente y esa imagen nos protege. Pobres desgraciados¡Venid a mí miserables sinalma que ya no os tengo miedo!

miércoles, 10 de septiembre de 2014

NO LLORO, PERO NO ME ALEGRO

Alegrarse o mofarse por la muerte de una persona es de miserables. Ver siempre que el origen de nuestras desgracias comienza en los otros es de cobardes y de simples. Caer en la espiral del silencio y subirse al carro ganador es de ovejas. 

Ahora lo entiendo. La clave está en esta última palabra "ovejas". Todo se explica si acepto que convivo con personas y con muchas ovejas. Ahora mejor. Ya lo entiendo. 

No soy santa, ni voluntaria, ni misionera, ni recojo animales de la calle, ni reparto comida en comedor social, ni siempre tengo preparada la palabra exacta que reconforta. No me he auto-nombrado la amiga del año, ni la hija perfecta, ni la hermana cercana, ni la esposa heroína.  Ni lo soy, ni voy de ello. Tengo una cara; cada vez mas gastada, cada vez mas vista, pero una al fin y al cabo. Una cara que puede adaptarse, aceptar consejos y mejorar. Pero insisto, una para todas las desgracias y una para todas las alegrías. 

No me alegro ni por la muerte de un actor, ni por la de un sacerdote, ni por la de un empresario, ni por la de nadie. Tampoco lloro desconsolada por la muerte de un cantante que se fue y que jamás conocí, ni por un actor que tan solo me miró una vez a los ojos y fue a través de una pantalla de cine. 

Me alegro por la justicia que se imprime en la tierra. Me alegro cuando los humanos somos capaces de aplicar nuestras leyes a los vivos, cuando el sistema defiende a los afectados y castiga a los malos. 
Me alegro por las cosas buenas que le pasan a la gente, conocida o no. Me entristecen las malas en general. Y la muerte, accidente o enfermedad de una persona no es una buena noticia. Repito, no lloro, pero no me alegro. 

Observar cómo muchos proyectan sus frustraciones, sus miserias, sus carencias, su ignorancia, su envidia y su mediocridad a través de sus comentarios sobre la muerte de alguien me da asco. 

Insisto, no lloro la muerte de un tipo al que jamás conocí; pero ni conocí al del Banco Santander, ni al de la música, ni al del celuloide. Lloro por los míos. Me alegro por las cosas buenas. Soy así. Así de "rara". 

lunes, 8 de septiembre de 2014

DE LA ESTUPIDEZ AJENA, A LA MÍA PROPIA

Se me ocurren estupideces cuando esquivo hablar de lo que quiero hablar.  Y es tal el impacto que me ha producido verlo, que hasta me infecta mi lenguaje: habla, hablar... "Hable con ellas" de Telecinco tiene la culpa. Pésimo programa que hoy he visto por primera vez. En directo y por Internet. 

-He pasado de las estupideces que leo por internet a las que veo; y me da que para algunos, he aterrizado en la propia. `Big deal´-

Y lo que he visto es a cuatro mujeres intentando llevar adelante un programa al que no le encuentro el punto. Cuatro mujeres que preguntan al invitado y al que no permiten contestar. Cuatro mujeres que no se escuchan cuando hablan y por eso construyen entre ellas diálogos de besugos mientras el invitado pasa a ser un espectador mas. Cuatro mujeres que pretenden generar frases inteligentes o ironías ácidas y lo único que consiguen es llevar al programa al desierto de los lugares comunes.


Mercedes Milá y la chica americana

Hoy Mercedes Milá ha estado en el plató. Y se ha mordido la lengua. Varias veces, pero no todas. Le ha dicho a la chica americana que como no escucha, pregunta cualquier cosa. La chica americana -que estudia su guión como tabla de multiplicar del uno-, forma parte de la apuesta de Telecinco para presentar este late night de la televisión española.

¿Entiende lo que dice? Es la única duda que me surge, porque, que no se entera de lo que se habla en el plató, lo tengo mas que claro. Como un peón de una cadena de producción de coches, mete su frase o su pregunta justo cuando lo marca el guión. No importa que estén hablando de flores; ella pregunta sobre ranas. No importa que el invitado esté en plena exposición de un tema; ella lo pisotea con su tono forzado y chillón. No importa que no tenga ni la mas mínima idea de quién es el invitado, ella presume de su ignorancia sin complejos. 

No importa nada. Ella mete su parte y se queda tan ancha. Y no acierta con los plurales, ni con el género de las palabras. ¡Qué mas da! Si además de mona ¡sabe inglés! Una mujer es "alto" y un coche es "fea". Da igual, la yanki es mona y enseña piernas; y lleva mechas californianas. Alyson Eckman es su nombre, lo he buscado en internet.


Mercedes Milá y una actriz española.

Yolanda Ramos es otra de "ellas". Actriz. Actriz de guión. Su naturalidad a la hora de entrevistar destaca por su ausencia. Como Alyson,  tampoco permite que el invitado conteste a sus preguntas -quizá lo tengan firmado por contrato o lo exija el guión-. Su originalidad a la hora de preguntar es nula. ¿Quién le pasa las preguntas? Esta noche Milá le ha dado varias bofetadas televisivas: no se pregunta sobre generalidades al invitado porque le colocas en una posición incómoda, ¡no va a saber qué contestar! Mejor haz preguntas concretas. La periodista le ha regalado, en directo, una clase de periodismo a la actriz.


-Normal, zapatero cuando no sepas hacer otra cosa, quédate con tus zapatos-. 

Maria Teresa Gómez-Limón, diputada del PP en la Asamblea de Madrid, ha protagonizado la entrevista "seria" del programa. Es noticia porque acaba de abandonar el partido por "discrepancias". Además, tuvo la desgracia de viajar en los primeros vagones del Alvia que descarriló el 24 de julio de 2013 en Santiago de Compostela y la suerte de ser una de las supervivientes del accidente. 

Yolanda Ramos -la actriz-, ha sido la entrevistadora estrella. Y juraría que saltándose el guión -y de paso disimular su inseguridad provocada por los "consejos" de la periodista-,  ha invitado a Mercedes Milá a quedarse. No tengo claro que haya sido una buena idea. La incompetencia de la actriz para llevar una entrevista a buen puerto ha quedado mas evidente si cabe. Yolanda he empezado con la típica, aburrida y previsible pregunta sobre el abandono del partido de la invitada. Milá no ha podido reprimir su instinto periodístico y le ha preguntado -casi al mismo tiempo que la actriz-, sobre sus sentimientos/pensamientos justo en el momento del accidente. Ha querido que la diputada volviese al minuto en el que se produjo el choque para intentar vivir a través de ella ese momento y también, que todos los que estuviéramos en casa lo sintiésemos al mismo tiempo.  Comenzar la entrevista con tema impactante que deje al espectador pegado a la tele. Un básico en periodismo; un básico de televisión. Otra lección de Milá a la actriz; se me olvida que es actriz, solo funciona con guión. 

La diputada se disponía a contestar -a Milá-, cuando Yolanda de forma abrupta ha dado paso a la publicidad. Horror. Lo mejor, a la vuelta de los anuncios. Le he hecho un tercer grado a la invitada durante la publicidad mientras tú te has ido (¡zass!), le ha dicho Milá a Yolanda, la actriz. En ocho minutos de corte, Mercedes le ha preguntado por el accidente, por los sentimientos, por  las secuelas, por lo que se ha hecho, por lo que no... Su interés periodístico, humano e innato por escuchar testimonios de personas que viven situaciones difíciles, límites o que denuncian injusticias no entiende de descansos para fumar; de estar al aire o no; o de si forma o no parte del guión. Ni siquiera entiende de si cobra o no por ello. 

-Sin guión, sin programa, sin cobrar. Igualito que "ellas"-. 

De las otras "ellas" poco que contar: otra actriz o chica del teléfono, y una hija de cantante rescatada del olvido. Y no importa lo que son o no son, importa que siendo lo que son presentan mal y entrevistan peor. ¿"Hable con ellas"? Yo diría: "Hablan entre ellas y para ellas". Otro éxito de Telecinco.