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jueves, 17 de octubre de 2019

DE LA LECHE, AL CHULETÓN


Niños que comen de todo desde los seis meses. No más purés. No más papás con cucharita para dar de comer a su bebé. No más `avioncito´. No más `ésta por mamá´. No más `¡come!´. No más nada. A los seis meses tu bebé es un ser adulto que come y decide por sí solo. ¿Lo entendieron padres protectores y antiguos? Grábenselo en su cabeza: de la leche, al chuletón. 

Un pelotón de madres que aseguran que sus hijos de seis meses ya comen solos y de todo. Mastican, prueban, comen, no se atragantan, mejoran su autoestima, su motricidad, su PLV, su JPI, su HUY y su PM (observen mi ironía en las iniciales). Niños de seis meses -ya no son más bebés, recuerden que ya tienen 6 MESES)-, que sentados en sus sillas altas, se enfrentan a un plato multicolor y eligen qué comer, cuándo comer, cuánto comer y cómo comer. Con tan solo seis meses... estos es ESPECTACULAR!!!

Y la comida va de su mano a su boca. No a la tuya o a la del vecino imaginario. La cogen con sus manitas, la manosean, la inspeccionan y luego se la llevan a su boca y se la comen. MAGIA. Nada de lanzamiento de comida,  de escupitajos, de `platos volantes´o de toses. Nada de nada. Bueno, sí, todo de sonrisas, de limpieza y de orden. Madres orgullosas de los hijos que tienen y de haber elegido la opción del ´chuletón´. Madres modernas que no entienden como las `carcas´ no nos dimos cuenta de lo equivocadas que estábamos. 

El método Baby Led-Weaning o BLW (...) se basa en no darle alimentos triturados, en papilla o en puré, sino ofrecerle desde el principio los alimentos en su textura original, blandita y no darle de comer a la boca, sino permitir que sea el bebé el que se lleve los alimentos a la boca por sí solo, sentado a la mesa como un miembro más de la familia, comiendo la misma comida que el resto de la familia (...). 

Hoy, Octubre 17 de 2019 en el Telediario de la noche en Tele 5 han hablado de este método. Y esas madres maravillosas y peinadas, con sus maravillosos niños, maravillosas cocinas y maravillosos testimonios me han hecho volver a mi ojo querido. ¿Por qué estaría yo viendo el telediario de Tele5? Esa es mi primera pregunta. Culpable. Pero inocente. Gracias a los acontecimientos en Cataluña he querido informarme y la cadena amiga es de las pocas que tienen abierta su programación al extranjero en su web y, además, es la que estaba emitiendo las noticias de la noche cuando yo desayunaba. Y de los independentistas catalanes hemos dado un salto a los niños de madres prodigio (a los padres ni se los ve, ni se los espera). Así es la tele. 

La presión que recibimos es tremenda. La madre primeriza es permeable a todos estos consejos. Es una esponja que escucha, investiga, lee, consulta,  y, sin duda, es el blanco fácil de todos los que tienen la necesidad de contar su experiencia buena, mala, ficticia o real. Es el motivo para que los otros sean protagonistas de tu maternidad, momento de tu vida en el que te cuestionas, te pones a prueba y te conviertes en tu peor juez y enemigo.

Hasta que un día eliges decir basta. Decides que haces lo que puedes y como puedes. Tu bebé sonríe y está sano. Ahora lo que necesitas es sonreír y estar sana tú. Solo si tú estás bien tu bebé estará bien. Y a partir de ahí te relajas y disfrutas. Y regresan las seguridades y tu autoestima empieza a asomar por la esquina. Y tomas decisiones. Y si hay que darle papilla porque te asusta que se atragante, se le das hasta que te sientas segura. Y si hay que pedir ayuda para que otro lo haga porque no te sientes segura, la pides. Y si tu niño de 9 meses como triturado y el de la vecina de 6 ya come turrón del duro,  olé por ellos. 

Mi hija se me ahogó con tres semanas de vida. Se atragantó. Todavía lo recuerdo y me congelo. Se quedó sin respirar, sin parpadear. Sus ojos me miraban sin mirar. Grité su nombre, golpeé su diminuta espalda y pecho, y le hice el boca a boca. Y volvió. 

Y yo seguí gritando. 

Y yo casi me muero. 


Han pasado algo más de cuatro años y hoy mi hija come de todo -siempre lo hizo-. Mastica, tiene dientes, escribe su nombre y sus apellidos, corre, baila, patina, nada, pinta, habla dos idiomas y sigue pasándose a mi cama a las dos de la madrugada... Ninguna consecuencia de su alimentación solida tardía. 

Hagan lo que puedan. Y sean felices.

miércoles, 21 de febrero de 2018

YO TE ABRAZO, TÚ ME EMPUJAS. YO TE ABRAZO, TÚ ME EMPUJAS. YO... ¿TE ABRAZO? ¡BASTA!


Hace semanas que me reportan del cole -día sí, día también-, que tal niño -o niña-, ha pegado a N. De la nada. Un arañazo en la cara. Un empujón. Un golpe. Cosas de niños de dos o tres años, me dicen. Bueno, cosas de adultos, diría yo. Cosas de los que educan, de los que cuidan y, por último, de los niños. 

Yo me mato para que N sea una niña amorosa y sociable. Para que no pegue. Para que comparta. Para que sus frustraciones se conviertan en pasitos de aprendizaje y de comprensión. Para que practique la paciencia, la tolerancia. Para que disfrute con un juguete y, también, con una hoja seca de árbol o con la luz de la luna. Para que Apple no le enganche con sus artilugios. Para que coma con las manos encima de la mesa. Para que respete a sus profesoras. Y a sus compañeros. Y a sus yayos y abuelos. Para que adore a sus primos y sueñe con estar con sus tíos. Para que quiera a sus tíos de no sangre sin distinciones -que la sangre buena ni es azul, ni es la que corre por las venas-, porque son nuestro apoyo y nuestro calorcito en este país lejano. Para que respete y se respete. Para que ame. Para que aprenda. Para que se ame. Para que tolere. Para que sea feliz. Para que se permita llorar. Para que se permita fallar. Para que luche. Para que confíe en mí. ¡Para tantas cosas! 

Hoy vi como un nene la empujaba. Luego le pegaba. No grave, pero sí agresivo. Un amigo suyo, uno al que ama. Estábamos en el parque. N no respondió, se quedó paralizada y desconcertada, a punto del llanto. Su cara de no entender y de pena me han hecho llorar por dentro. Llorar por unos segundos. Luego, cuando la abrazaba y consolaba, me he cabreado. ¡Qué narices! Cuando te peguen, devuélvela con más fuerza para que la próxima vez se lo piensen dos veces antes de tocarte, esto  le hubiese dicho si no tuviera la capacidad de contar hasta diez. Esa capacidad de frenar a tiempo un impulso, que solo consigues con el paso del tiempo. 

Pasan cuarenta minutos de las doce de la noche. Ya es mañana y ya he leído diecinueve opiniones de diferentes psicólogos infantiles. Estoy de acuerdo con lo que dicen: educar en la violencia es un error. Debemos reforzar su seguridad, protegerlos, defenderles, estar a su lado, enseñarles que la huida es un acto de inteligencia en casos de violencia, etc., etc. Okay. Perfecto. Ahora bien, tengo claro quién educa a estos pequeños monstruos, pero, y a sus padres, ¿quién los reeduca?