Cuando un armario te pone tantos problemas es que no es "tu armario". Es uno del montón y no es para ti.
Conseguir que mis cinco armarios más trastero de doce metros cuadrados quepan en mi nueva casa de dos armarios y dos "trasteros" ridículos en el párking -dos armarios de plástico de jardín del tipo de los que venden en Leroy-, ha sido un trabajo de ingeniería. Debo reconocer que en el armario de mi habitación puedo caminar pero, aún así, la cosa ha estado complicada.
Tras muchas subidas y bajadas a la banqueta; muchos "aquí pongo esto; no, lo quito y pongo lo otro" he conseguido que desaparezcan casi todas las cajas de cartón que decoraban mis apartamento. Ahora me quedan cuatro de cd´s y otras tantas con archivadores. Estas ocho cajitas no me dan problemas, tengo los muebles adecuados para ellas. El problema lo tiene "la caja".
La caja tiene unas dimensiones considerables: metro cincuenta de altura y unos sesenta centímetros de profundidad y de ancho. Ahí se han quedado colgados los vestidos largos de Patricia. No hay manera de encajarlos en ningún lado. Y esta circunstancia es la que provocó el inicio de mi relación con el armario que no es para mí.
El sábado fui a IKEA. Lo de siempre: un horror. El comportamiento de las familias es universal: los sábados salen en manada a los centros comerciales. Con sus carritos para los bebes; con sus niños con capacidad de andar por sí solos; con los no tan niños que piden todo pero no pueden quedarse solos en casa; con la abuela que no se pierde una; con la madre que empuja el carrito del bebe y riñe al niño que anda solo pero sin rumbo; con la misma madre que olvida que tiene otro niño que, con cara de cabreo, comparte la jornada de compras con toda la familia, mientras intenta evadirse con la música de su ipod y con los whatsapps que escribe a su mejor amigo. Y con el padre. Un padre que parece que pasaba por ahí, como si la copla no fuera con él, y que cada tanto se queja por las horas que gastan en hacer compras innecesarias. Eso sí, con las manos en los bolsillos y ajeno al estrés que sufre la madre que mientras controla a la tropa, intenta elegir el color de las cortinas y el tamaño del sofá. Un cuadro.
Y en ese ambiente hostil estaba yo. Esquivando carritos de bebes y a madres que se paran en seco en medio de un pasillo para mirar no se qué y que consiguen o que te las tragues, o que tengas que hacer un giro de cadera in extremis para no merendártelas. Pues sí, os lo prometo, en esa jungla estaba yo. Yo y mi idea de armario.
Y vi a mi idea. Tan clara, tan precisa, tan para mi. Y comenzó la odisea. Ocho códigos diferentes: las puertas, el marco, las baldas, los cajones, las bisagras, los tiradores... Con todo anotado me fui a la zona de recogida de material: pasillo 19, sección 30; pasillo 2, sección 4; pasillo...así hasta llegar a lo más pesado: las puertas y el cuerpo (o frame) del armario. Imposible de mover. Dos metros y treinta y seis centímetros de alto es un dato que os puede servir para imaginar lo que podía pesar aquello.
Pick up and home delivery service. Mi salvación. Cien de los verdes y todo solucionado: ellos me lo buscan en el almacén, lo cargan y me lo traen a casa. Con la promesa de "te llamaremos el día de antes", y con una cómoda bolsita de IKEA con velas me fui a mi casa. Feliz: había encontrado a mi idea tan rápido que no me lo podía creer. Y hacía bien en no poder creerlo.
Día de entrega.
Tal y como prometieron me llamaron la tarde anterior para confirmarme que al día siguiente llegaría mi armario de 11am a 3pm.
Veinte minutos antes de llegar me avisaron con otra llamada. Esto marcha divinamente, me dije. Veinticinco minutos después de esa llamada me veo en medio de mi salón "hablando" a un teléfono del que no sale ninguna voz: me han colgado.
¿Quien? Los de la recepción de mi edificio. "Señora, está aquí un transportista con unos muebles, pero usted no ha reservado el ascensor, por lo que no le puedo dejar pasar. Tendrá que reservarlo para otro día con 24 horas de antelación. Que tenga una buena tarde". Fin.
Mi armario estaba a once pisos de mí; a menos de un minuto en ascensor. Y no pude verlo, ni tocarlo, ni abrazarlo.
Tras unos segundos en estado de shock hablo con IKEA: tengo que volver a agendar otro cita y volver a pagar el transporte. Y tengo que hacerlo desde la tienda. A 30 millas de mi casa. Reservar el ascensor, dejar un depósito de más de setecientos dólares, confirmar fecha...¡¡LO DEVUELVO TODOOOOO!!!!
Hoy he vuelto a IKEA.
I want my money back, han sido mis únicas palabras.
Las del "delotroladodelmostrador" han sido más:
De acuerdo, ¿dónde está lo que quiere devolver?
Aquí (le muestro mi albarán).
Si...¿y los muebles?
No sé. No me los entregaron.
Ya... déjeme ver. (Se va).
(Vuelve al rato). Muy bien, señora, el servicio de home delivery no se hizo porque usted no reservó el ascensor y no le dejaron pasar -venga a machacarme con el temita...-...yo le puedo devolver su dinero cuando los muebles vuelvan a la tienda. Esto será en más o menos diez días. (Me devuelve mi albarán). Le llamaremos para que se pase por la tienda.
Imposible.
¿Qué?
Le digo que IMPOSIBLE. No puedo volver la semana que viene, vivo lejos. Y quiero mi dinero porque yo no tengo las cajas.
Unos minutos de pin pon dialéctico para llegar a una solución salomónica: yo no vuelvo otra vez, pero ellos no me reintegran el dinero en la tarjeta hasta dentro de diez días. Es lo que hay.
¿Y si encuentro "mi idea" pero un poco menos alta? -le doy vueltas a la cabeza-, así me lo puedo llevar yo en el coche... Entro en IKEA.
Busco a un amable trabajador de la tienda sueca y le empiezo a preguntar:
¿Qué puertas necesito para este?
No hay.
¿Y para este otro?
No quedan.
¿Y para aquel?
Vendrán el domingo.
Desisto.
Me voy a casa.
Llueve y me meto en el maletero de mi coche mientras espero a mi marido.
Es la única puerta abierta del coche. Él habla por teléfono.
Cierro los ojos y pienso.