viernes, 10 de mayo de 2013

Y TÚ, ¿QUÉ HORA TIENES?

Lo de siempre; horas antes de coger un vuelo, y es cuando a uno se le ocurre fijarse en la hora de despegue: las 7:50 am. Vaya, un poco temprano; vaya, muy temprano; vaya ¡la leche de temprano! Pero ¿en qué estaría yo pensando? 

Concentrémonos: esto implica que me levante a las cuatro. Y me duche, termine de hacer maleta, repase documentación, revise ventanas, aparatos eléctricos, etc. (esto es el "efecto Marchese"), arregle un poco la casa para evitar que la depresión posvacacinal toque hueso, desayune y me peine.

Sí, sí,  ME PEINE; que no se cómo lo hago, pero siempre me subo a los aviones como si me acabara de caer de la cama. Y te das cuenta de que llevas la marca de la almohada en la cara y los pelos todos para arriba cuando te escapas un minuto y te metes en el baño del aeropuerto. ¡Ahhhh! ¡Qué susto! ¿Cómo no me ha avisado que llevaba estas pintas?!!! Y recuerdas las palabras de hace tan solo un hora:

Cariño, ¿estoy peinada?  
Sí, cielo, estás guapísima, como siempre

No me han dicho que estaba peinada, no; me han dicho que estaba ni más, ni menos que  G-U-A-P-Í-S-I-M-A. Pero ¿dónde estaba mirando? Y la respuesta la tienes delante de tus narices: "como siempre". Ni te ha mirado. En fin.

Y ahí estás tú,  luchando por no parecer una alérgica al peine. Aunque, por mucho que lo intentas, el espejo no te devuelve lo que pretendes: solo has cogido un par de horquillas y es imposible que domes tu pelo con dos míseros "ganchitos".

¿Por dónde iba? Vale, ya. A las cinco en punto tengo que estar en el lobby del edificio pidiendo un taxi. 

Una vez que se te ha ocurrido fijarte en la hora de salida, pues, ya que estás, te preguntas:


¿Cuántas horas durará el vuelo? ¿dos?, ¿tres? 
SIETE
¿¿¿¡¡¡Siete??'!!!! Pero bueno, ¡ni que me fuera al Congo! 

Y, como no te fías, te vas a consultar al amigo Google Maps para intentar entender por qué tierras de Dios te va a llevar el piloto que no es capaz de hacer el trayecto más corto. Y ahí lo tienes: 5.007,6348 Kms. Y metes un libro en el bolso para amenizar el viaje. 

Y cuando ya parece que lo tienes todo bajo control, de refilón, sin querer y mientras estás doblando la hojita impresa con los vuelos lees: llegada, Los Ángeles.

¿Quéeee? 

Y ahí descubres todo el pastel: a las 7:50 y desde Fort Lauderdale, te subes en un avión destino Los Ángeles. Aterrizas en la ciudad bendita a las 10:30 am, hora local. "Hora Local", un dato a tener en cuenta porque la diferencia horaria de Flórida con California es de tres horas, por lo que, aunque el reloj diga que tres, tu cuerpo sabe que son seis. Seguimos. A las 12:20 vuelves a subirte a otro avión -me llevo casi dos horas más a la buchaca-, que, si todo va bien, te dejarán en San Francisco a la 1:40 pm. Por suerte, ambas ciudades comparten horario y solo tienes que sumar a la lista  una hora con veinte. Calculemos: 3, 30+3+1,50+1,20= 9 horas y cuarenta minutos tardas en llegar a San Francisco city. ¡Guau!

Y cuando solo de pensar lo bien que te lo has montado, te está dando un telele, ¡una alegría! Para volver a casa tienes vuelo directo: San Francisco - Miami en cinco horas y veinte minutos. El reloj, como siempre, dirá otra cosa, hablará de ocho horas y veinte minutos -por eso de que, ahora, me suma tres horas-; y yo estaré pisando suelo conocido...¡a las cinco de la madrugada???!!! Pero ¿a qué hora salgo de SF? Ups, a las 9 de la noche... Lo dejo. Me bailan las horas, los números, los vuelos y las ciudades. 

Son las once de la noche y media de la noche. Me iré a dormir en una hora. Dormiré tres y media. Viajaré nueve. Me regalarán tres. ¿Dónde estoy? Me he perdido. 




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