Estoy viviendo la quinta mudanza desde que llegué a Miami. Y es la más aplaudida, acertada y necesaria. Y también la más dura. ¿La definitiva? Who Knows? (Me permito atropellar mi español con frases en inglés porque hace rato que decidí escribir -como me dé la gana-, para contar y no para gustar. Y decidí que mi Ojo sería mi salvavidas, mi túnel del tiempo, mi escaparate escondido. Y para que funcione y pueda salvarme de mí misma necesito olvidarte y olvidarme; necesito dejar que mis dedos tecleen y que mi mente se olvide de coser marcha atrás y solo quiera avanzar con el hilvanado). Y después de cerrar paréntesis continuo con mi relato.
Las dos primeras fueron express; mudanzas sin muebles, sin escobas, sin botes de salsa de tomate. Tan solo mis ocho maletas -¿os acordáis?- y yo íbamos de lado a lado sin tener una mínima idea de lo que esta ciudad nos estaba cocinando. La tercera me llevó a la playa. Para qué contarla, no me gustó. Al año vino la cuarta. Y llegó con todo: compra y reforma de apartamento, nuevos muebles, nuevas metas, nueva vida. Dejamos la arena de la playa para caminar por los bordes de una isla. Una isla que se convirtió en nuestro mapa, en nuestra diversión y en nuestra obligación; en nuestro escondite y en nuestra cárcel; en nuestro presente y en un futuro jamás pensado.
Hoy vivo la quinta. Con más trabajo y menos organización. Con más corazón que cabeza. Hoy vivo ese futuro jamás pensado. Ese que fue futuro y que hoy es presente. Un presente que parece nacer de una rama nueva del árbol; juraría que la otra rama se cortó y se borró, y que ahora somos otros; otro yo, otro él, otro nosotros, otro ellos. Ni mejores, ni peores, otros. Y por eso vuelve mi ojo caminando como tuerto, dándose golpes con unos muebles que nunca estuvieron y que ahora ocupan demasiado, y sentándose en sillas imaginarias que, quizás, nunca existieron.
Hace tres semanas que vivo en las nubes, toco el cielo por las mañanas, esquivo a los aviones y apago las luces por la noche para que el reflejo de la luna en el agua llene mi alma y recargue mi cerebro. Hace tres semanas que construyo mi rinconcito. Y me encanta. Y miro a la derecha y veo talento. Y miro a la izquierda y veo amor. Amor que me traspasa y me paraliza, al mismo tiempo que me da fuerza y me hace volar.
Gracias N por inspirar mi vida.