Hace semanas que me reportan del cole -día sí, día también-, que tal niño -o niña-, ha pegado a N. De la nada. Un arañazo en la cara. Un empujón. Un golpe. Cosas de niños de dos o tres años, me dicen. Bueno, cosas de adultos, diría yo. Cosas de los que educan, de los que cuidan y, por último, de los niños.
Yo me mato para que N sea una niña amorosa y sociable. Para que no pegue. Para que comparta. Para que sus frustraciones se conviertan en pasitos de aprendizaje y de comprensión. Para que practique la paciencia, la tolerancia. Para que disfrute con un juguete y, también, con una hoja seca de árbol o con la luz de la luna. Para que Apple no le enganche con sus artilugios. Para que coma con las manos encima de la mesa. Para que respete a sus profesoras. Y a sus compañeros. Y a sus yayos y abuelos. Para que adore a sus primos y sueñe con estar con sus tíos. Para que quiera a sus tíos de no sangre sin distinciones -que la sangre buena ni es azul, ni es la que corre por las venas-, porque son nuestro apoyo y nuestro calorcito en este país lejano. Para que respete y se respete. Para que ame. Para que aprenda. Para que se ame. Para que tolere. Para que sea feliz. Para que se permita llorar. Para que se permita fallar. Para que luche. Para que confíe en mí. ¡Para tantas cosas!
Hoy vi como un nene la empujaba. Luego le pegaba. No grave, pero sí agresivo. Un amigo suyo, uno al que ama. Estábamos en el parque. N no respondió, se quedó paralizada y desconcertada, a punto del llanto. Su cara de no entender y de pena me han hecho llorar por dentro. Llorar por unos segundos. Luego, cuando la abrazaba y consolaba, me he cabreado. ¡Qué narices! Cuando te peguen, devuélvela con más fuerza para que la próxima vez se lo piensen dos veces antes de tocarte, esto le hubiese dicho si no tuviera la capacidad de contar hasta diez. Esa capacidad de frenar a tiempo un impulso, que solo consigues con el paso del tiempo.
Pasan cuarenta minutos de las doce de la noche. Ya es mañana y ya he leído diecinueve opiniones de diferentes psicólogos infantiles. Estoy de acuerdo con lo que dicen: educar en la violencia es un error. Debemos reforzar su seguridad, protegerlos, defenderles, estar a su lado, enseñarles que la huida es un acto de inteligencia en casos de violencia, etc., etc. Okay. Perfecto. Ahora bien, tengo claro quién educa a estos pequeños monstruos, pero, y a sus padres, ¿quién los reeduca?