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martes, 22 de septiembre de 2020

INTERRUMPIENDO LA VIDA

Esto es una locura. 

24/7

Hace 214 días que vivo pegoteada. Comparto demasiados momentos y demasiadas conversaciones. Los silencios han desparecido. Solo en la primera parte de la noche consigo escucharlos. Muy bajito, pero ahí los veo. Cómo los echo de menos. Cuando vivía -ahora no vivo, sobrevivo-, cuando la vida se dibujaba con muchos colores y tenía muchos sabores, mis silencios siempre estaban cerca: en el bolsillo, en mi caja de recuerdos o en la taza de café. Siempre. A mano. Para salvarme. Para reconciliarme. Para escucharme.  Hoy, a-h-o-r-a, vivo interrumpida. Soy una cebolla en juliana. Para escribir estas lineas he necesitado millones de días e incontables intentos. 

Mi hija estudia online. Esto significa que como con su hambre, pienso con su cerebro, me programo con su agenda, trabajo con su temario, juego con su imaginación y me enfado con su misma intensidad. Vivo la vida de una niña de cinco años.  Los otros cuarenta los he envuelto en papel de aluminio, he hecho una pelota bien dura y apretada y los pateo todos los días ni bien me levanto, y, más tarde, los pisoteo justo antes de bañar a mi hija. 

He llegado a la una y media de su tarde y me duele lo que está dentro de mi(¿su?) cabeza. Creo que me creció el cerebro y no el cráneo. Y las paredes empiezan a ceder y siento que eso que parece un intestino y llaman masa gris se cuela por las ranuras que se forman en mi cuero cabelludo. Y la presión disminuye, pero el dolor aumenta. Ahora retumba esa canción que mi hija escucha a la 1:32 para su clase de PE (Physical Education); una música electrónica que le obliga a mover su cuerpo como si tuviera descargas. 

Estoy al borde de la locura y no he recorrido ni la mitad de mi día. Ni de la semana. Sí de mi vida.

#tiemposdecovid19

#smcelojo