Lo
peor es la espera. Uno no sabe si empezar ya a quitar cuadros y a descolgar
cortinas.
Falta
poco más de un mes para irme y la ansiedad empieza a asomar la nariz. No es la
primera vez que recojo mi casa y cruzo el charco. Ya lo hice en el 2006. En ese
momento, Argentina fue el destino. La aventura duró casi tres años, en mayo de
2009 de nuevo pisaba tierras españolas. De hecho, pisaba las mismas tierras
madrileñas, el mismo pueblo y la misma
urbanización.
La
situación ha cambiado. España ha dejado de ser un destino tranquilo y seguro
para plantearse un proyecto de vida; al menos, en los próximos seis o siete
años. Este nuevo escenario no modifica los pasos que hay que dar para preparar
una mudanza intercontinental, pero sí te afecta a la cabeza. Uno se tiene que
irse sin pensar en volver; uno se va y punto. Y cruza los dedos para que los que
se quedan no lo sufran demasiado.
Pero,
no nos pongamos melancólicos. Hoy me he levantado con mucho stress. Sin darme
cuenta, me he visto tapada de ropa: abrigos, pantalones, trajes, camisas,
camisetas, faldas, vestidos, zapatos…¡una barbaridad! Ya es la tercera criba
que hago desde que sé que me voy. El problema es el siguiente: Miami es un
destino de playa y de sol todo el año. ¿Qué pinto yo con veinte abrigos? Pues,
nada. Pero, claro…¿y cuándo viaje al frío?
Otro
detalle que hay que tener en cuenta: mi casa y mis cositas estarán en un barco
durante, al menos, un mes. Este pequeño detalle me obliga a separar ropa para
vivir en Miami durante ese tiempo; de verano. Pero también de invierno. A
mediados de enero regreso a Madrid, pasando por Londres. De manera que tengo
que adelantarme y separar en otra maleta lo que vaya a necesitar en esas
fechas. ¡Y he aquí la tensión! ¿Cómo voy a saber que me apetecerá ponerme dentro
de…¡tres meses!?
Sí,
ya sé…suena a tema frívolo y
superficial. Casi lo estoy pensando y me siento culpable. Pero, seamos
realistas: la duda nos persigue. Por lo menos, a mí. Me intento visualizar en
el futuro, intento imaginar qué haré, qué compromisos tendré, qué tiempo hará…
y las cuentas no me salen. ¡La montaña de ropa que separo no cabe ni en dos maletas! Y no
estoy sola. También tengo que pensar en la ropa de Diego, mi marido y el “culpable” de este blog. Por él nos vamos…pero esto es otra cantar.
En
definitiva, que solo he conseguido que mi casa parezca un campo de batalla.
Ahora me toca recoger. O salir corriendo. ¡Mejor me escondo por algún hueco!