jueves, 13 de diciembre de 2012

"IN OR OUT"


74 pisos.
Descarto 18
Me llevo…uhmmm…56

56 apartamentos esperan mi visita. ----------------…..---------------….------------------.....---------------
Me aburre escribiros sobre esto.
Os cuento dónde está mi cabeza en realidad.

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Estoy en una de las zonas mas in de Miami. El lujo y los billetes verdes chorrean por muchísimas esquinas. Yates, deportivos, fiestas, tacones, rascacielos… Una pasada. Yo miro todo con asombro: todavía me siento prestada, como si todo esto no fuera conmigo.

Ayer, sin ir más lejos hubo un fiesta en la piscina de mi “casa”: música en vivo, superbarbacoa, alcohol, lentejuelas, tacones de aguja, camisetas pegadas, músculos, risas, miradas seductoras. Muy “chico Martini”.

Quizá, esto que cuento cause un ¡qué pasada, yo quiero ir!, o, menuda fantasma que es esta chica; o, ¡qué horror!, un miércoles por la tarde ¡¿y ya con la lentejuela?!

Esta última reacción es la que me interesa. Os cuento una historia. Érase una vez...

Mi vestido de lentejuelas descansa –como puede-, en un armario prestado. Lo tuve que abandonar en Madrid. La decisión fue complicada, pero tuve que ser madura: o él, o mi secador de pelo.
JAJAJA. 
Mi secador de pelo no me funciona; lo enchufo y va a cámara lenta. Además, he tenido que comprar un adaptador para poder enchufarlo (pufff…demasiado enchufe...).
Y nada.
Soy mujer con adaptador, con secador que no seca y sin vestido de lentejuelas. 
Mal negocio he hecho.

Y la cosa es que estuve a milímetros de meterlo “de extranjis” en un bolsillito de la maleta número siete. Pero, me pareció too much; muy de “mujeres desesperadas” o de Confesiones de una shopaholic de Sophie Kinsella.

En mi traje de madurez, me escuchaba decirle a mi madre, “no, no me llevo el vestido de lentejuelas…total…¡para qué! Llevo en la maleta no menos ocho vestido largos, quince cortos…digo yo que alguno me podré poner para sustituir a la lentejuela, ¿no?”. La respuesta de mi madre, como la de casi todas las madres cuando ven que su hija “hiperventila”, buscaba darme la razón, rollo “si, cariño, lo que tú digas”.

Pero…¿qué era lo que yo quería escuchar? ¡¡¡¡LLÉVATELO!!!!!!  Una cómplice que me explicara lo SUPERMEGANECESARIO que es un vestido de lentejuelas en la maleta de toda mujer.
¿Que dónde quiero llegar?, ¿que, qué tiene que ver mi vestido olvidado con Miami, con la barbacoa y con la vida? Muchoooooo.
Volvamos al momento en el que yo decido dejar mi vestido:

4 de diciembre por la tarde. Majadahonda, Madrid. Casa de mi hermano. Mi madre y yo en el salón.

Yo.- No me lo llevo, ¿no?
Madre.- Pati, lo que tú quieras…
Yo.- Quizá para fin de año me vendría bien…
Madre.- Pues, llévatelo. Te lo he lavado y te ha quedado perfecto.
Yo.-  (rollo madura) Bueno…”no, no me llevo el vestido (…)”
Madre.- Sí cariño, lo que tú digas.
Yo.- Ah.

Me levanté del sofá, cogí el vestido colgado, lo cubrí con una funda de plástico transparente y lo metí en el armario. Me lo llevaré en el próximo viaje-pensé- cuando venga a los exámenes a Madrid (…) No lo voy a necesitar (…) ¡Para qué? (Lo que ocurrió a partir de aquí todos lo conocemos: terminé las maletas y al día siguiente cogí el vuelo).

-The End-


Pues bien, hoy ya estoy preparada para contestar a ese ¡para qué? Para TODO

Para ir al súper, a tomar un café o a una tienda de móviles. Para subir en ascensor; par bajar. Para ir a una fiesta por la tarde; y por la noche. Para pasear al perro; y al gato.  Aquí, se suben al tacón a las ocho de la mañana y se bajan a altas horas de la noche. La lentejuela, los escotes, los brillos, el maquillaje, las espaldas al aire son el pan nuestro de cada día.


Pienso lo mismo, ¡qué horror! Pero una vez escuché a alguien decir en tono argentino y medio “tano”:  donde fueres haz lo que vieres. Y yo, que soy amante de los refranes y de los buenos consejos, me aplico el cuento: acabo de escribir a mi hermano un mail. En asunto decía: 

URGENTE!!!! Tráeme mi vestido de lentejuelas.


PD: con mucho cariño para mi poeta y mi rubia preferida.

martes, 11 de diciembre de 2012

HOME, SWEET HOME


Hogar, dulce hogar

Se me caen los ojos. A la vez.  Ayer, apenas dormí cuatro horas y cada vez se me complica más engañar al cansancio.

Hoy ceno en casa. En mi nuevo apartamento. El tercero en siete días. ¿El último? No lo sé, porque, a estas alturas ¿quién es el listillo que se atreve a confirmarlo? No seré yo.

Lástima que el menú sea tan poco atractivo: sopa de sobre o cereales con leche. Descarto pollo porque está congelado. Tampoco tengo ganas de encender el fuego. Entonces, descarto la sopa; necesitaría agua caliente. Ganan los cereales.

Sé que voy a decepcionar a unos cuantos, pero… hoy no me ha pasado NADA. La cosa es que funciona internet, el teléfono, la tele, el baño, la ducha… todo. Y ahora que todo marcha, yo estoy agotada.

Se me acaba de salir el corazón. Me lo coloco y continúo. Ya. Por momentos pensé que un tren salía de mi cuarto de baño: un ruido de vagón saliendo a toda leche del túnel casi consigue llevarme al otro barrio. Pero, ¿qué narices es eso?

El sistema de secado de la bañera. No me lo puedo creer. O sea, que les falla internet; se les olvida poner teléfono; no me pagan el cable de la tele, pero ¡tienen un “secador” de bañera! Adoro este lugar.

Lo dejo por hoy, demasiadas emociones amontonadas en un costado del cerebro. Me voy a tumbar a ver si consigo que se dispersen y, así, presionen menos. 


lunes, 10 de diciembre de 2012

UNA TEORÍA Y UNA MUDANZA


Hoy ha sido un día de estudio. Después de semanas sin tocar un libro, he intentado hacer un balance de todo lo que no voy a poder entregar. Mi nuevo objetivo: entregar lo justo para tener derecho a examen; y no volverme loca. Manos a la obra.  

La concentración a la hora del estudio es esencial. Una mosca, un ruido o una lucecita que parpadea puede echar por tierra tu plan de trabajo. Para que esto no ocurra, he amoldado el apartamento a mi forma de estudio: mesa del comedor tapada con libros,  apuntes, bolis, grapadora, diccionarios; papeles arrugados por el suelo, taza de café a medio tomar sujetando unos folios... Resultado: un desorden que me hace sentir como en casa.

Pues bien. No sé para qué narices lo he hecho. Ahora es media noche y acabo de llegar de cenar. Y mi postre ha sido el mismo de los últimos días: mañana a las 8 am me cambio de apartamento. Sí, otra vez. Sí, de nuevo. Sí, la tercera vez que hago y deshago maletas en menos de una semana. Sí, mi humor es cercano al que tú imaginas, pero algo peor.

La buena noticia es que es en el mismo edificio. De la 28,  pasamos a la planta 35. Los motivos son varios: en el que estoy ahora, no tengo teléfono, ni televisión por cable, ni la conexión de internet es decente. Y ya que somos de la roja, pues hemos aplicado el famosísimo “no hay dos sin tres” y nos volvemos a mover.

Ya no me atrevo, no ya a decir, si no a pensar lo bien que estaré en el próximo lugar. Ya no sé si deshacer las maletas al llegar o dejarlas hechas y vivir con una camiseta reversible de aquí a que llegue mi mudanza y tenga mi casa.

Mira que lo siento, ¡yo que pensaba escribiros sobre una teoría que tengo en fase de hipótesis,  y resulta que vuelvo con el tema “maleta”! Qué fastidio.   Os la cuento igual,  que me aburren las mudanzas; ya no son novedad, ya no son  graciosas. Al grano.

Hoy es(era) un día importante para mi investigación: podría ser la fecha en la que se confirmara mi teoría; en la que mi  hipótesis se validara y se elevara a  “de cajón”. Me explico.

En mi experimento, yo soy la muestra. Las variables que tenemos en cuenta son: ciudades y tipos de clima. Como ciudades citaremos, Buenos Aires, Madrid, Maragogí y Miami. En cuanto a los climas, diremos frío, seco, húmedo, lluvioso y caluroso.

Mi hipótesis: “el estudio congela”

Dedicarse durante más de dos horas seguidas a estudiar termina por congelarte el cerebro, los huesos y las carnes que los rodean. Cuatro ciudades distintas con climas diferentes y en todas me ha pasado lo mismo.

Para los que me conocen un poco más de cerca, no les será muy difícil visualizarme enroscada en una manta de Iberia o de Ikea -uniforme casero de Patri en invierno, otoño y parte de la primavera-. Para los que no, muy fácil: el objetivo de mi vestimenta es "sellar" mi cuerpo.  Es decir, ninguna superficie de piel –a excepción de cara y manos-, debe rozar el aire. De manera que, cuando estoy en casa, para evitar que el movimiento de la vida cotidiana deje al aire alguna de las zonas no excluidas, una manta se enrosca en mi cintura “sellando” el pantalón con la camiseta y/o sudadera que lleve puesta. Calcetines por fuera, abrazando las perneras de los pantalones y bufanda rodeando mi cuello –cuando el frío aprieta mucho- son los elementos típicos de mi indumentaria en muchos meses del año.

Pues bien, he cambiado de ciudad mil veces y siempre me ha pasado lo mismo: cuando estudio me congelo. Da igual si hablamos de lugares de España, o si nos vamos al extranjero. Viví en Canarias y me pasaba; lo mismo en Madrid, Buenos Aires o Maragogí (Brasil).  Hasta hoy no tenía muy claro si esta relación "causa-efecto" era fruto de la casualidad o, por el contrario, era pura ciencia. Hoy se ha validado mi hipótesis: una mañana estudiando en Miami y se me han helado las manos, los pies y los riñones (lumbares).

Da lo mismo que la gente se esté bañando en la piscina, o que el vecino beba té helado para lidiar con el calor: es ponerse uno a estudiar y helársele las venas.

¿Y qué he buscado entre tanta maleta y maletín? Mi mantita. ¿Y qué he encontrado? Biquinis, bañadores, camisetas, vestiditos, sandalias, shorts, pareos, pero ni rastro de ella. 

Hoy me han confirmado que viaja en un barco por el Atlántico con el resto de mis cosas. Espero que se cuide y llegue sana, sin gripes y sin toses. Espero que llegue pronto; yo la espero con los brazos abiertos. Hasta ese momento, estudiaremos menos de dos horas seguidas para evitar males mayores. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

OMMMMMMM...


Menos de una hora para que termine el día.
Piso 28.
Edificio IconBrickell, Viceroy Hotel & SPA.
Brickell, Miami (FL)

Miami es una ciudad que gana por la noche. Es preciosa. Piso 28 y me siento chiquitita; sobre mi cabeza tengo casi treinta plantas más. Increíble. Allá a lo lejos, por dónde los humanos suelen pisar tierra, una piscina larguísima parece que está llena con aguas caribeñas: su iluminación consigue que adquieran ese color esmeralda/turquesa del Mar Caribe. Las vistas desde mi balcón me regalan el Océano Atlántico y un millón de luces que alumbran edificios, calles, piscinas, arboles, apartamentos, farolas, palmeras. No hay elemento en la ciudad que se salve de una lucecita. 
Es Navidad.

Hoy he soñado que me mudaba a Londres. Faltaban pocas horas para salir de España y me había roto el dedo gordo de la mano derecha. Lo llevaba al aire, tal cual, colgando. Curiosamente, este detalle no era lo que me preocupaba. Lo que me tenía agobiada es que había mandado toda la ropa en la mudanza y no tenía qué ponerme. No encontraba nada que doblar, nada que envolver en plásticos para que no se arrugue, nada  de nada. Una pesadilla. He abierto un ojo: el techo estaba a más de cuatro metros de mi nariz.  Mi dedo estaba sano y tenía mi pijama puesto. Perfecto, todo estaba perfecto. 

Mi nuevo apartamento es, simplemente, "angelical". Las paredes son blancas hasta la enfermedad. Mármol blanco para el suelo, puertas blancas, sofás blancos, sillas blancas, ropa de cama blanca, mesitas blancas, lámparas blancas y armarios de cocina color roble con remates en cromado. La nota de color la pone un cuadro de grandes dimensiones que cuelga sobre la pared que une la cocina el comedor y el living. Es multicolor. Rojos, verdes, blancos, marrones, azules y negros que parecen querer dibujar un puñado de flores. Aunque,  no lo podría jurar.

La cocina es “americana” y el baño tiene doble entrada: una puerta que da acceso al interior desde el comedor y otra, que lo hace desde mi habitación. El balcón se extiende desde del living hasta la habitación: puertas de cristal de cinco metros que pesan una tonelada. Por suerte, nos han agasajado con unas cortinas pesadas tipo blackout. Nos dan cierta intimidad. Y digo suerte, porque desde mi balcón puedo ver cómo el vecino de enfrente abre una lata de atún.

Yo pensaba que eso que salía en las pelis americanas era pura ficción: hombre solitario y raro que observa desde su miserable rincón -y a través de la ventana-, cómo la vecina de enfrente se deshace de la ropa mientras se come un pedazo de pizza. Pues yo no sé si ese hombrecillo será real, pero lo de señora quedándose en pelotas es más que factible: casi todas la ventanas están desnudas, ni persianas ni cortinas, nada. Detalle curioso teniendo en cuenta lo “puritano” de la sociedad americana.

Para mí, lo mejor de esta costumbre de “ventanas abiertas” es que comparten sus arbolitos de Navidad conmigo. No se me ocurrió meter en la maleta mi mini arbolito de Navidad de los chinos. Es plateado y la mar de mono. Hubiese encajado a la perfección con la decoración rollo scarface de mi nuevo apartamento.

Y, por Dios, no tengo moqueta. Ni alfombrita, ni felpudo, ni alfombrón. Nada que sea sospechoso de guardar porquería eterna y viejuna. Un regalo para mi espíritu.

No todo podía ser caótico en esta llegada, ¿verdad? Ni todo tan perfecto. No tengo teléfono en el apartamento: no se por qué. Tampoco lo saben ellos. Ah.

Termina un día duro en el que la búsqueda de casa ha sido el principal objetivo: después de diez horas dando vueltas por Miami, viendo pisos, hablando con porteros y confeccionando una lista con "posibles edificios para visitar",  he vuelto con unas sandalias de caballero y un par de calcetines.  No lo he podido evitar. Compraremos una maleta más. 



NOTA: la entrada es del día 8 de diciembre. Internet me ha permitido subirla el día 9 a las 1:22 am. La conexión, que también falla. Ommmmmmmmmm.

jueves, 6 de diciembre de 2012

PROBLEMA -- SOLUCIÓN


A las cinco me están cambiando el sofá por un sofá-cama para Jose. Mejora, pero el apartamento continúa rozando lo deprimente. Oscuro, con moqueta, muebles poco alegres. Complicada estampa. No lo pienses, es temporal y seguro que otros ojos lo verían de otra manera. 

Aquí la gente es de pocas palabras. Hi, y poco más. Hacen su trabajo y se van. Seguramente tiene su parte positiva, pero es extraño. De momento lo vivo con cautela, con asombro controlado.

Me cuesta no meterme en el trabajo del tipo que me está cambiando el sofá. La puerta del apartamento no se mantiene abierta y ya le he ofrecido sujetarla. Sin mirarme me ha dicho que no. Y ya no insisto. Porque aquí no se estila echar manos a no ser que te paguen. Ni se estila aceptarlas si no está escrito en tu contrato. Una regla que me la tengo que grabar.

Así que mientras el señor se pelea con los muebles, yo estoy en la cocina escribiendo esto para no quedarme mirándolo. Aquí las cocinas son abiertas, vaya “americanas”, así que lo escucho y lo miro de reojo. Me pone nerviosa no ayudar, pero no me meto. Mejor sigo a lo mío. Me he agachado para ayudarlo y ni un gracias ha musitado. Qué se joda.

Tienen cara de pocos amigos. Dios, qué ganas de vivir en mi casa. No sé si todo será perfecto, pero mejorará mucho.

Se le caen los mocos y los absorbe cada  cinco minutos. No los he contado, pero vamos, muy seguido. En cuanto se pire me pego una ducha. Hoy no he dejado de recibir visitas y no me he podido pasar por el agua.

Se ha ido, pero vuelve. Me ha preguntado si tengo papel húmedo para limpiar las paredes. Con el roce del sofá ha manchado la pared de la entrada. No, I haven´t any... Antes de terminar se ha ido a buscarlo.  Madre mía, son una máquina.

Uno de esta mañana estaba todo el rato diciéndome que lo que quería es que todo estuviera perfecto, que cualquier cosa que necesitara o que no funcionara lo dijera e inmediatamente vendrían a arreglarlo. Me ha hecho gracia porque –por motivos rolleros que no tienen mayor importancia-, tenía que utilizar una silla del salón. Antes de coger una, me ha preguntas cuál de las cuatro prefería que agarrara. He flipado. Pues, that one, le he dicho. 

El hombre del sofá ha limpiado la pared, me ha deseado un buen día y se ha ido. Efectividad cien por cien.

Hay que reconocer que esto es Estados Unidos. La cagan como en todos los lugares, pero lo solucionan como en ninguno.

PD: Acabo de leer el primer párrafo. Lo iba a modificar. Pero, no. Esto lo leeré dentro de unos meses y me mataré de la risa. Además, no se me asusten -sobre todo madres y padres-, soy visceral en mi expresión, pero nada de depresiones. El cansancio, el sueño, la tos, las millones de visitas para solucionar todos los problemas de ayer y algún que otro trabajo de la Universidad (que no he acabado), me han tenido cautiva en el apartamento. Pero, en una horita me voy a ver casas. Subidón.