martes, 21 de noviembre de 2017

RINCONES CON CALORCITO

Estoy viviendo la quinta mudanza desde que llegué a Miami. Y es la más aplaudida, acertada y necesaria. Y también la más dura. ¿La definitiva? Who Knows? (Me permito atropellar mi español con frases en inglés porque hace rato que decidí escribir -como me dé la gana-, para contar y no para gustar. Y decidí que mi Ojo sería mi salvavidas, mi túnel del tiempo, mi escaparate escondido. Y para que funcione y pueda salvarme de mí misma necesito olvidarte y olvidarme; necesito dejar que mis dedos tecleen y que mi mente se olvide de coser marcha atrás y solo quiera avanzar con el hilvanado). Y después de cerrar paréntesis continuo con mi relato. 

Las dos primeras fueron express; mudanzas sin muebles, sin escobas, sin botes de salsa de tomate. Tan solo mis ocho maletas -¿os acordáis?- y yo íbamos de lado a lado sin tener una mínima idea de lo que esta ciudad nos estaba cocinando. La tercera me llevó a la playa. Para qué contarla, no me gustó. Al año vino la cuarta. Y llegó con todo: compra y reforma de apartamento, nuevos muebles, nuevas metas, nueva vida. Dejamos la arena de la playa para caminar por los bordes de una isla. Una isla que se convirtió en nuestro mapa, en nuestra diversión y en nuestra obligación; en nuestro escondite y en nuestra cárcel; en nuestro presente y en un futuro jamás pensado. 

Hoy vivo la quinta. Con más trabajo y menos organización. Con más corazón que cabeza. Hoy vivo ese futuro jamás pensado. Ese que fue futuro y que hoy es presente. Un presente que parece nacer de una rama nueva del árbol; juraría que la otra rama se cortó y se borró, y que ahora somos otros; otro yo, otro él, otro nosotros, otro ellos. Ni mejores, ni peores, otros. Y por eso vuelve mi ojo caminando como tuerto, dándose golpes con unos muebles que nunca estuvieron y que ahora ocupan demasiado, y sentándose en sillas imaginarias que, quizás, nunca existieron. 

Hace tres semanas que vivo en las nubes, toco el cielo por las mañanas, esquivo a los aviones y apago las luces por la noche para que el reflejo de la luna en el agua llene mi alma y recargue mi cerebro. Hace tres semanas que construyo mi rinconcito. Y me encanta. Y miro a la derecha y veo talento. Y miro a la izquierda y veo amor. Amor que me traspasa y me paraliza, al mismo tiempo que me da fuerza y me hace volar. 

Gracias N por inspirar mi vida. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

SI TE TITULO, TE ARRUINO.

Los favores que pido son gratis, los que me piden los cobro. Un asco puro. Ah! Y lloro todo el rato con un ojo, mientras el otro se ríe a carcajada limpia -porque a mí no se me cae ningún ojo-. 

Después de un millón de noches vuelvo una mañana. Y la culpa la tiene mi cobardía. Pensaba que en mi rincón escondido, en mi ojo, podría encontrar la valentía que me falta. Pero mi ojo está en otra. Piensa en Cataluña, en las mentiras del DayCare, en las noches sin dormir, en las ganas de volver al ruedo, en mi amigo Ángel, en ganar dinero, en Navidad y polvorón -y en polvos, ¿por qué no?-.

Hoy es 10 de Noviembre y mi hija no tiene colegio. Y mi marido sí. Y yo adapto mi vida a los vaivenes que me llevan de lado a lado.  Ahora mientras tecleo, N se sube al sofá y reclama que la mire, a la vez que me pide ¨titas¨ -galletitas-, gracias a la healthy food del colegio mi hija es el monstruo de  las galletas. Gracias sistema, gracias teachers. Y yo sigo empeñada en escribir sobre Cataluña, pero no hay manera, siempre hay algo más importante que le gana de mano. En unos días hablaré con mi amigo que, además, es catalán. Es de esas conversaciones que quiero tener hace mil y que por fin voy lo vamos a hacer. A ver si me cuenta qué le pasa a un catalán cuando está rodeado de descerebrados. 

Y este es mi mayor reto del día: publicar esta entrada pase lo que pase. Pese a la manía que tiene N de subirse sobre mis piernas cuando me siento frente a la manzana. Pese a ese dedo índice descontrolado que va de tecla en tecla arruinándome el ritmo de aciertos en mi ¨tecleo". Pese a que sé que he sido cobarde y no te he nombrado. Algún día hablaré de ti, de tus lloros, de tus bendiciones, de tus lamentos y de tu caradura. Algún día, otro día. 

viernes, 31 de marzo de 2017

REHABILITÁNDOME

Volvemos con cuidado. Con filtros, con mordazas y con quemaduras. Volvemos con todos los rubros médicos esperando que pase por su consulta: el dentista para volver a masticar, el oftalmólogo para volver a mirar, el gastroenterólogo para volver a digerir, el foniatra para volver a hablar, el traumatólogo para volver a correr y el de cabecera para recibir el alta. Ya queda menos.

Mucho que denunciar.
Mucho que contar.
Mucho que silenciar.
Mucho que renovar.
Mucho que pelear.
Mucho que olvidar.
Mucho que perdonar.
Mucho que asimilar.
Mucho que desafiar.
Mucho que recordar.
Mucho que amar.
Mucho que disfrutar.
Mucho que empezar.
Mucho que reconstruir.
Mucho que vivir.

NADA QUE PERDER.



jueves, 7 de julio de 2016

QUERIDA MADRE QUE PARIÓ A LA NIÑA DEL BAÑADOR ROSA

Querida madre que parió a la niña del bañador rosa:

Soy una de las millones de mujeres del mundo que no ha compartido tu carta, que no la ha comentado –hasta ahora- y que, mucho menos, ha soltado una lagrimilla al leer este nefasto amasijo de letras que alguno ha tildado de “sublime”.

¿Llorar por dar bombo y resaltar las “estrías”, “flacidez” y “celulitis” de una adolescente? ¿Llorar porque alguien que “no te miraba, pero te vi” es capaz de apreciar el nerviosismo de esa chica al tragar saliva? ¿Llorar por traer a mi mente la típica y cruel escena de amiga buenorra vs amiga gorda? ¿Llorar por descubrir que en tu no solicitada defensa de la chica “sublime en su imperfección” das por sentado que las de vientre terso no tienen cabeza? Y yo me pregunto, ¿por qué das por hecho que la del bañador verde si la tiene? ¿Por tener un libro en el bolso? ¿Por su supuesta imperfección? ¿O por ambas cosas? Esto sí que me hace llorar, pero de la risa(pena).

Querida madre, para no mirar y ver, sí que te has fijado. ¿Cuántas horas has estado viendo a la pobre chavala? ¿Te has comprado palomitas y te has sentado en primera fila?

He leído tu carta con asombro, con pudor, con vergüenza ajena, con asco y con indignación. Al leer tu descripción de sus posturas, de sus agobios y de sus complejos me he visto atravesada por tu vista que no mira y me he sentido sucia. Sucia por permitir que me trasladases a la intimidad más absoluta de un adolescente. Sucia por ser parte activa, al leer tu carta, de la exhibición del cuerpo, intimidades  y miserias de una chica, que dicho de paso, no ha dicho ni esta boca es mía.

Querida #madrequeparióalaniñadelbañadorrosa, ¡qué pena! No por tu carta, no, qué pena por descubrir que al menos 114.000 personas sufren de incapacidad mental para ver más allá de los estereotipos, más allá de las frases hechas y de la escritura facilonga y cursi.

Y termino. Termino sin haber si quiera empezado porque me repugna este tipo de “cartas” dirigidas al universo y que empiezo a pensar que son producto de los devaneos de alguien que quiere ser y no es, y al que le gusta escucharse hasta cuando hace silencio.

Termino, pero antes pregunto: ¿qué hubiese pasado si esta carta estuviera firmada por Juan Gómez y no por de Jessica Gómez?  Mejor, ni contesto.

Y me disculpo: mil perdones querida víctima anónima. Ojalá no llegues a leer la carta de #lamadrequeparióalaniñadelbañadorrosa. Ojalá que de verdad tengas cabeza para que si lo haces, sepas perdonar a esta pobre madre que tiene la virtud de ver sin mirar.


Y agradezco: gracias Jessica, tu carta ha conseguido que tras muchos meses de sequía, vuelva a mi Ojo.

sábado, 11 de abril de 2015

LA CÁRCEL MÁS SEGURA

Las cárceles más seguras son las que no tienen muros. Las que prescinden de puertas que se cierran al unísono cuando cae el sol. Las que no contratan personal para que vigile a los presos, no lo necesitan. Porque en las de alta seguridad -las de verdad, la que no se ven-, los reos aceptan su destino y se dejan llevar de tarea en tarea, de sala en sala, de rutina en rutina. 

Son transparentes, invisibles al ojo ajeno. El propio sí las ve. Vaya que las ve, las siente, las sufre, las digiere. Y la prisión es tan macabra, que condena a sus habitantes al silencio y a la máscara. Y ellos aceptan porque los que no ven, no les comprenden y confesar su encierro sería firmar su sentencia de muerte -la física, la otra ya la firmaron el día que entraron-.

Porque los ciegos, insisto, no entienden al que mira y ve, y por eso lo desprecian. Y para que encaje sin causarles daño alguno en sus vidas de tinieblas y disfrazada luz, construyen una ficción a su medida sobre quién y cómo es él.  La medida exacta, la que no modifique su vida y les permita tenerlo cerca, pero lejano; conocerlo, pero, a la vez, ignorarlo. Y de este modo, los ciegos alcanzan el equilibrio. Ese equilibrio tan valorado que les coloca en el escalón de la sabiduría mal entendida, de la caridad acomodada, de los valores descafeinados, de la justicia adulterada. 

Un mundo equilibrado, el suyo, que condena al absoluto silencio y a la máscara eterna a los videntes. A los que, ya, a duras penas, ven por un solo ojo. 

viernes, 6 de febrero de 2015

POLÍTICAMENTE NO CORRECTO

¿Por qué tendemos a colgar en la red fotos "en bolas"? ¿Por qué unas las percibimos como escandalosas y otras como "tiernas"? 

Ayer me choqué con un perfil de Instagram de "embarazadas".  En realidad, andaba yo mirando moda, moda de invierno, moda de verano, moda de Italia, moda de embarazada, ¡una que es curiosa! Y en esta búsqueda me topé con este perfil de mujer: una lista de usuarios que compartían tema, el embarazo. Un segmento de la moda marginado: en relación con otros, apenas existe variedad, lo que encuentras es feo, y si buscas algo diferente, muy caro.  Si quieres estar "mona" durante los meses en los  que compartes tu cuerpo, tienes que sangrarlo. 

Al grano.  Lo que encontré fue un horror. Lo siento, pero un horror. Ni un "le pongo un filtro chulo", ni un "me coloco así para estar mejor", ni un "lo va a ver mi madre", ni un "es mi careto el que aparece en esta foto", que paliara o dulcificara esa tremenda necesidad incontrolada de practicar el selfie "aquítepilloaquítemato". Ningún pensamiento circulando por esos cerebros que tenga que ver con el sentido común y menos, con el del gusto. 

"Mujer, si no te gusta ¿por qué las miras?", dirán algunos. No lo miro, entró en mi casa sin pedir permiso y bajo falsa identidad. Si leo "Embarazadas desnudas" no clickeo. Este hallazgo inesperado me llevó a una conclusión: en cuestión de moda prenatal, lo que se lleva es el nudismo compartido. 

Realidad que me provocó cabreo y desconcierto: ¿qué necesidad?, ¿por qué las mujeres seguimos insistiendo en mostrarnos tan básicas?, ¿por qué una mujer embarazada siente la necesidad de compartir sus curvas con millones de desconocidos?, ¿por qué frente a un pivón en bolas somos críticos y con una embarazada somos "tiernos"? Las dos están DESNUDAS. Y lo por lo general, las que no comparten piso suelen cuidar más la estética de la foto. 

Hasta ahí mi cabreo. Y luego mi desconcierto: ¿seré un bicho por pensar así?, ¿seré la mala del cuento por tener estos pensamientos con mi primer contacto visual con este tipo de fotos?, ¿se me etiquetará como "machista" por pensar que son fotos horribles? Esta última pregunta puede parecer absurda. Pero no lo es. Me juego el cuello a que alguna mente dirá: "el cuerpo de la mujer embarazada es lo más maravilloso que hay en el mundo", "es un milagro", "es amor en estado puro". JA, JA, JA. "Parece mentira que tú, siendo mujer, pienses de esta manera". JA, JA, JA, JA. Y por estas cosas de las asociaciones disociadas dirán: "es machista". JAJAJAJAJAJAJA.

¿Qué tendrá que ver la belleza física con el acto de procrear? ¿Qué tendrá que ver los milagros con un acontecimiento científica y médicamente razonado, estudiado y explicado? ¿Qué tendrá que ver el amor con la imagen?, ¿Qué tendrá que ver el sentido común y el del gusto con el machismo o feminismo? 

¿Por qué en la búsqueda y reivindicación de los derechos de la mujer se cae en lo vulgar y de mal gusto? Sí, es tú cuerpo. Sí, la belleza es subjetiva. Sí, para gustos los colores. Sí a todo lo políticamente correcto que me quieras decir. Pero, te anuncio, no comulgo ni con lo político, ni me condiciona lo correcto. Concluyendo: tu cuerpo aparece sin pedir permiso en mi pantalla de 27 pulgadas como un desplegable de Interviú. Tú perfil es público y, por ende, tu cuerpo y tus fotos de complicación visual,  también. Y en mi libertad de expresión, me expreso. Y por último, y utilizando uno de tus dichos: para gustos, señores, los colores.

#misparanoias

miércoles, 17 de septiembre de 2014

YO ME PROTEJO ¿Y TÚ?

Hoy no nos pegamos a la actualidad informativa. Hoy nos da igual lo que digan los periódicos, las redes sociales o los telediarios. Hoy la noticia está dentro de nosotros: en lo que nos pasa, en lo que no nos pasa o en lo que nos gustaría que nos pasara. Hoy nos marcamos una de esas entradas que interesa mas al que la escribe, que al que la lee. Hoy nos volvemos egoístas y hacemos que el ojo solo nos mire a nosotros; al resto... el resto puede aprovechar para ir al baño, recoger la mesa o seguir con lo qué sabe Dios que esté haciendo. O quedarse y seguir leyendo. Gracias. 

Por fin una semana entera en Miami, en casa. Siete días para ordenarnos y ordenar nuestro alrededor. Un "alrededor" muy cercano, muy próximo, más bien íntimo. 

En los últimos días he aprendido algo sobre la importancia de la protección. Protegemos nuestro patrimonio con mucho esmero: alarmas en las casas y coches; contraseñas secretas para acceso a cuentas bancarias; códigos de seguridad para cajas fuertes; puertas blindadas, copias de seguridad, etc., etc. Construimos con sofisticada ingeniera, todo un mecanismo de protección que nos permite sentirnos tranquilos y serenos. Cae la noche y nos metemos en la cama sabedores de que nuestras posesiones -más o menos valiosas, más o menos cuantiosas-, estarán en el mismo lugar cuando vuelva a salir el sol y abramos nuestros ojos. 

Y con esta confianza que nos da el sentirnos protegidos, enfrentamos los días sintiéndonos menos pesados, más fuertes, más poderosos. Delegamos en los "chismes" que hemos adquirido la seguridad de todo lo nuestro. Somos unos genios. Pero llega un día en el que recibimos el primer puñetazo. En la cara. En tú cara. Y al día siguiente te pones un casco. Para protegerte. Y sigues tan feliz. Y otro día nos dan una patada en la rodilla. En tú rodilla. Y te calzas un rodillera.

Y así,  cada tanto, vamos recibiendo golpes en todas las partes de nuestro cuerpo. Hasta que un día, apaleados, nos plantamos frente al espejo y este nos devuelve la imagen de un jugador de fútbol americano. Y nos vemos guapos. Y si alguien nos dijera que vamos hechos un "cromo" -con tanto casco, rodillera, codera y muñequera-, nosotros lo negaríamos. Nuestros ojos solo ven lo bien que nos queda nuestro flamante outfit de otoño. Eso es todo. 

Pero llega un momento en que el peso de la protección corporal comienza a ser excesivo y no entendemos el porqué de nuestro cansancio. Y recordar todos los códigos de seguridad que protegen nuestras posesiones se vuelve cada vez más complicado y tedioso: se olvidan, se cambian; se vuelven a olvidar, se vuelven a cambiar y se anotan en un cuaderno. Se olvidan -de nuevo-, y se acude al cuaderno que, a estas alturas,  ya se ha convertido en otro elemento cotidiano de nuestro vestuario. 

Y anda uno tan concentrado para no caer -el peso que carga aumenta con rapidez-, y por conservar la poca memoria que le queda libre, que deja desprotegido lo mas valioso que posee: su alma. 

Nos pasamos la vida poniéndole alma a todo lo que hacemos. El alma lidera nuestra carrera; es la primera en saltar al vacío; es la primera en mostrar sus secretos; es, en definitiva, lo más valioso que poseemos. Y, al mismo tiempo, lo que más desprotegemos. La llevamos desnuda a todas partes y abusamos de ella hasta que la desgastamos tanto, que tocamos hueso. Y nos duele. Y chillamos y lloramos a la vez. Y buscamos la razón de este dolor. Y no entendemos. Y del grito y lloro pasamos al silencio y al enfado. Y del enfado a la venganza. Y de la venganza al dilema: deseamos castigar a esos que, careciendo de alma, van por la vida clavando puñales traperos por la espalda. Y cuando estamos a punto de pasar por encima de los sinalma con nuestra cuatro por cuatro, respiramos profundo y ponemos punto muerto.

Reflexionamos. Ahí estamos, desafiantes, empuñando el volante frente a los sinalma. Y nos aferramos a la reflexión para no presionar el acelerador. Y los miramos a los ojos y solo vemos miseria: muertos vivientes que carecen de sueños propios. Y sonreímos. Pobres desgraciados, pensamos. Y metemos marcha atrás y damos la vuelta. Y mientras aumentamos la velocidad y nos alejamos, nos reímos a carcajada limpia.

Y aunque tarde -muy tarde-, finalmente, vamos por la vida realmente protegidos y sin la necesidad de anotar en nuestro cuaderno: su mirada queda tatuada en nuestra mente y esa imagen nos protege. Pobres desgraciados¡Venid a mí miserables sinalma que ya no os tengo miedo!