miércoles, 21 de agosto de 2013

CRÓNICA DE UN VUELO

Brasil lo ha vuelto a lograr: ¡la sonrisa tatuada en la cara durante semanas! 

Ya de vuelta en el dulce hogar. El vuelo de regreso a casa ha sido horrible. Ya se, ya se ¿qué pasa con la sonrisa? Pues que Brasil es maravilloso, pero no hace milagros. 

La tortura empezó ayer a las 6 de la mañana. A esas horas salíamos de la pousada camino al aeropuerto. En nuestro turismo sin dirección asistida, sin elevalunas eléctricos, sin cierre centralizado y circulando a base de alcohol -borrachos hasta en eso...jaja-, debíamos recorrer unos 64 kilómetros: de Imbassaí al aeropuerto. 

El cielo amenazaba tormenta y no se hizo rogar: ni bien salimos a la "autopista" -soy muy generosa con esta denominación-, la lluvia nos acompañó durante la hora y veinte que nos costó llegar. ¿Contratiempos? Los de la marca de la casa: nos perdimos.

¡Dieguiiiiii, la salida hacia el aropuerto está a la derecha!!!!
¿Dónde??????
Estaba hacia la derecha...

Ese giro incorrecto hacia la izquierda nos obligó a meternos de lleno en Salvador de Bahía. Y Salvador es un caos. Y sus conductores manejan sus coches sin algún tipo de ley. Y sus peatones se cuelan por las grietas; y las innumerables motocicletas hacen croché a gran velocidad; y la calle por dónde circulábamos nos alejaba más y más del aeropuerto; y el GPS no encontraba satélite. Y todavía teníamos que devolver el coche, facturar, control de policía... Un silencio tenso reinaba en el bólido. 

Solo tenemos que cambiar de sentido -repetía Diego. La calle principal era una vía de doble sentido con una mediana que separaba los dos carriles de ambas direcciones. Andábamos buscando una señal que nos indicara que podíamos doblar en "U", pero nada. 

Giro inesperado a la derecha y nos metemos en un barrio golpeado por la pobreza más de lo normal por esas tierras. Aparecemos en un mercadillo callejero que estaba amaneciendo y en el que todos nos miraban con cara de ¿dónde van estos guiris? Con la intuición funcionando a toda máquina logramos retomar la dichosa calle que nos alejaba del aeropuerto y de la que necesitamos, nos permitiera doblar en "U". Nada. 7:00 am. 

Giro brusco a la derecha: Diego se sintió ya del lugar y con decisión y coraje pegó volantazo e haizo la "U" por encima de la mediana. Me miró y sonrió:

Ya estamos camino al aeropuerto.

A partir de ahí, todo bien. La lluvia continuó haciendo de las suyas -mojar-, pero logramos devolver el coche a tiempo, facturar, pasar controles e, incluso, tomarnos un café con leche en vaso de plástico. 

9:30 am, en el avión: vuelo 238 de AA (American Airlines). 9:50, despegamos. De 9:30 am a 5:00 pm perdí a mi cuerpo: piernas, pies, manos, nariz, orejas... Lo juro. El aire acondicionado del avión nos trasladaba a los inviernos de la Antártida -que no los he conocido, pero apuesto que son las pera de fríos-. 

Con una flexibilidad solo posible en casos de emergencia como este, conseguí que mis piernas, mi trasero, mi espalda, mis brazos, mi todo, cupieran en el minúsculo asiento de turista; todos, retorcidos, encima de él. Aseguradas las piernas con el reposa brazos y con el cuerpo bien encajado, me he enrollé con la manta. Solo se me veían los ojos, y ni eso: con las gafas de sol sostenía la manta para que me tapara la nariz y las orejas y, de paso, evitaba ver la luz y que los demás vieran mi cara de cabreo. 

Así, ocho horas. Los pies se congelaron, por lo que tuve que descalzarme y quitarme los calcetines y pasar al plan de choque: las manos de Diego. El poco calor que había acumulado en sus manos pasaron a mis pies durante unos minutos. Agotado el calor, retomé la posición inicial. En minutos se volvieron a helar. 

El resto del viaje os lo podéis imaginar: luchando para que la manta tapara todo mi cuerpo; intentado que las piernas no se durmieran más de lo normal; estirando las mangas de la  chaquetita de punto que llevaba hasta lograr que taparan mis manos; haciendo lo mismo con mis minicalcetines tobilleros, en este caso para que cubrieran algo de tobillo; respirando con la boca abierta por debajo de la manta para generar calor... Un cuadro. 

A las cinco y media de la tarde, hora de Miami, pisaba la calle. Atrás quedaba el aire acondicionado del avión, el de los pasillos del aeropuerto, el del control de pasaportes, el del control de aduana, el de la recogida de equipaje, el del control de equipaje. Miami me esperaba con una encantadora temperatura de 31 grados, un bochorno maravilloso y un café del Starbucks. Hogar dulce hogar.

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