Dos días antes de salir de viaje no se puede ir al supermercado; y menos, para comprar una docena de huevos. Y menos aún se debe llegar a casa y convertir esos doce huevos frescos, en doce duros; huevos duros, digo.
Y como "no se debe", yo lo he hecho. Y hoy, a escasas horas de subirme a un avión, tengo cara de yema de huevo y color de clara. Y todavía me quedan tres.
Me compro una docena de huevos y se me olvida el café. Y hoy no tengo. No lo entiendo. Me compro una docena de huevos y olvido la pasta de dientes para el viaje. Me compro los huevitos y se me olvidan los cepillos de dientes para las vacaciones. Los santos huevos están conmigo y el repelente para los mosquitos en la tienda. Me quedo sin leche, pero con huevos. No compro queso y jamón "porquemevoyendosdías", pero hago acopio de huevos y me hago un sandwich de huevo.
No me extraña que alguien dijera: ¡estoy hasta los huevos! Yo, también, pero hasta los duros.
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