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jueves, 3 de abril de 2014

ROJO, QUE TE QUIERO VERDE

Dichoso mi ojo izquierdo que saliéndose de su órbita, escapó de las garras del efecto #soylaprimerapotenciadelmundo. Ahora,  disfrutará de su vida en eso que llaman viejo continente, o en algún país de esos que se les presupone, están, vías de desarrollo; o, en el ¿peor? de los casos,  en una de esas tierras subdesarrolladas.

Mi ojo derecho y el resto de mi cuerpo continúan en Miami. 

Hoy pienso en verde. Y no por Heiniken. Ni por convertirme en una vieja verde. Hoy pienso en verde porque me tomo mi noveno jugo verde. Tercer día a puro líquido. Con alguna trampa que negaré hasta tres veces. Un verde "masa". Un verde "blandiblú". Y me quedan tres más. Y dos rojos. 

La falta de cocina, mantenida durante un lago período de tiempo, tiene sus efectos:

1.- Al principio, la emoción puede con todo. El no tener que cocinar, ir a comprar o limpiar justifica e, incluso, alegra el hecho de no tenerla. 

2.- Al rato del principio, estás igual. Happy. 

3.- Al medio rato, dices que estás happy, pero estás acumulando feos pensamientos. La comida preparada del super de la esquina te aburre. Las obligadas salidas nocturnas para cenar se convierten en incómodos planes. Las cartas de los restaurantes son baraja de tute: sota, caballo y rey. 

4.- Al medio rato y medio, dices que estás cansado. El humor alegre y jovial que te ha acompañado tantos años, se transforma en uno agrio y naftalino. La comida preparada del super de la esquina está asquerosa. Las salidas nocturnas son fugaces visitas al Seven. Las cenas son mecánicas. Las cartas de los restaurantes, las detestas. 

5.- Medio rato mas tarde, tiras de la latas que nunca se abrieron: alcachofas, atún, palmitos, guisantes, pepinillos. Al super,  solo vas a comprar agua -la del grifo es complicada de sabor-. Por la noche, ni un pie toca la calle. Las cenas son un "tócate la frente". Las cartas... ¿son de pocker?

Sin darte cuenta terminas aceptando una dieta de jugos verdes porque es purificadora, antioxidante, rejuvenecedora, inspiradora, en fin, ¡mágica! Y comienzas el primer día con cinco visitas al local para que te preparen el mejunje. Y lo pagas. Y sale con un vaso de plástico con tapa y pajita. Y desayunas. Y a las tres horas repites movimientos. Y a las segundas tres horas, insistes; esta vez...¡rojo! Y el corazón se te acelera por el giro emocionante que ha tomado tu vida... ¡un jugo rojo! Y lo pruebas. Y el golpe es brutal: es el peor sabor que has saboreado en tu vida, ni Red Bull. 

Son las tres de la tarde y estás frente a un hermoso, pero traidor vaso con líquido rojo. Y te acuerdas de tu madre: "si tuvieras hambre, te lo comerías". Y decides esperar a juntar más hambre para beberlo como concursante de "Supervivientes". Y el hambre llega. Y atacas al rojo. Y de nuevo, ¡zas! ¡bofetada a la garganta! 

Y llegan las 9 de la noche, y ya has llegado al quinto verde. Lees un libro y miras tele mientras lo "comes" para no aceptar lo deprimente que resulta la escena. Y como no hay mesa que recoger, ni platos que lavar, en un minuto estás lista para irte a dormir. 

Pero son las 9:20 de la noche. Y te pones a trabajar. Y luego te das un paseo. Y luego duermes. Y luego ya es mañana. 

Y son las dos de la tarde y ya tendría que haberme tomado el segundo verde y estar esperando al rojo.

Voy corriendo, que ya llevo retraso. 






domingo, 21 de octubre de 2012

PIES CUADRADOS, MILLAS...¿DÓNDE ESTÁ MI AMADO METRO?


Un cielo gris, un marido de viaje, una casa en silencio, domingo por la mañana: momento ideal para enroscarse en una manta y buscar casa junto a un café con leche.

Hoy me he encontrado en mi mail varios correos: posibles casas para vivir en Miami. Es mi marido, que desde el otro lado del mundo aprovecha su día libre para empezar con la búsqueda y me envía sus opciones. Intentar encontrar un lugar donde vivir a la distancia no es fácil: ¿cerca de la playa?, ¿alejado en las montañas?, ¿casa con jardín?, ¿piso en las alturas con buenas vistas?, ¿amueblado?, ¿sin amueblar? Uno tiene que hacerse a la idea con la única referencia de las fotos y la información que le facilitan las inmobiliarias del lugar. Y todos sabemos lo que eso significa: la realidad dista mucho de aquello que vemos en su web.

Estados Unidos no es como España –una obviedad que me vais a permitir, pero la necesito para arrancar mi discurso-. Y no quiero caer en el tópico que dice que Spain is different, no; España, no. Lo diferente está en tierras yanquis. Uno tiene que olvidarse, por ejemplo, de sus piernas: ahora son ruedas. Nada de caminar. El coche pasa a ser una prolongación de tu cuerpo, de tu mente.  Además, Miami tiene una peculiaridad que hace que lo de pasear se convierta en un riesgo para la salud: la terrible humedad del ambiente unida al calor permanente consigue que cualquier intención de salir a la calle sin la protección del aire acondicionado del coche se convierta en una temeridad.

Pero, volvamos a mi búsqueda particular y a mi afirmación anterior: ellos son diferentes. Entro en la primera opción que me envía mi marido y ¡guau! Un “pisito” en las alturas la mar de bonito, de 3.365 ¡pies cuadrados! Y ¿qué me dice este tamaño? Nada. Ahora es cuando caigo en la cuenta de que no va a ser el inglés lo que me complique la comunicación, no. Las medidas de las cosas, eso será  mi cruz. Confieso que nunca he sido buena en eso de las magnitudes y sus equivalencias. La longitud, el tiempo, la masa, la temperatura, la corriente eléctrica… ¡una odisea saber cuántos metros cúbicos ocupan ochenta millones de litros de leche! Pues bien, conocida mi limitación en este sentido, yo era feliz conviviendo con lo indispensable: mi metro, mi kilómetro, mi litro, mi metro cuadrado y mis grados Celsius. Feliz, hasta ahora. Millas, yardas, pies, onzas, galones, pulgadas, libras, grados Fahrenheit pasan a formar parte de mi universo; y un conversor de bolsillo parte de mi “kit” indispensable para sobrevivir en los US.

Volviendo a mis 3.365 pies cuadrados; teniendo en cuenta que 1 pie cuadrado equivale a 0,09290304 metros cuadrados… el “pisito” en cuestión pasa a ser un pisazo de ¡312,61873 metros! Creo que no soy la única que tiene problemas con las equivalencias.