viernes, 12 de abril de 2013

ODIO LA PESCADILLA. PREFIERO AL CAMARÓN

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Parcialmente nuboso 22°C
Sureste 28 km/h
Sureste 18 km/h
Sureste 24 km/h
Sureste 22 km/h
Este 24 km/h
Sureste 24 km/h
Sureste 22 km/h
Suroeste 24 km/h
Noroeste 20 km/h
Nordeste 23 km/h
Nordeste 31 km/h
Nordeste 31 km/h
Nordeste 41 km/h
Nordeste 33 km/h
Nordeste 23 km/h
Salida y puesta de sol7:03
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Salida y puesta de sol7:02
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Salida y puesta de sol7:01
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Salida y puesta de sol6:50
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21:57
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18.15%
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07:19
100.00%
CLIMA+NO COCHE+NO OBLIGACIÓN EN EL EXTERIOR= LOCURA. 

Esto es Miami Beach.
Y esto es mi vida en los últimos tres días. 

Salgo a correr a las 7:13 am y el calor ya es insoportable. Plantearse adelantar el horario no tiene mucho sentido: hace el mismo calor, no ha amanecido y el madrugón te tiene arrastrado todo el día.

Hoy me han entretenido y ya tengo 25 grados y un bochorno aplastador. No salgo a correr. Ir al gym del edificio es una alternativa, pero volvemos a no salir de estar cuatro paredes. Eso mata la cabeza de cualquiera.


Odio las palomas que todos los días paran en mi balcón. En realidad odio a las palomas de mi balcón, a las de la plaza del Pilar de Zaragoza, a las que vuelan por el cielo de Buenos Aires (…) A todas. Las veo y pienso: carroña. Y no puedo controlar el pensamiento. 
Y las imágenes de basura, carne podrida, cuerpos descompuestos y mascarillas, aparecen.

Dios, parezco uno de esos viejos cascarrabias que se pasan el día dando voces 
a los críos para que no respiren. Segundos hasta llegar aquí y ya me he levantado 
dos veces para echar a cinco palomas.

Los tres factores que forman la "locura" están en proceso de cambio, pero mientras se cambian y no se cambian uno tiene que jugar con su mente y bloquear cualquier instinto animal que le provoca este "encierro". ¿Exagero? Quizá. Casi 72 horas con monólogo interior y viviendo una realidad virtual hace estragos en cualquier mente que se precie. 

Sobre el clima no tengo ningún chance: es lo que hay. El aire acondicionando se vuelve un amigo inseparable y, de nuevo, vives una realidad ficticia: mientras en casa andas con una "chaquetita" para combatir los efectos de ese aire que nunca te da tregua -en los edificios te prohiben apagarlo y no hay una temperatura "ideal"; o te asas o te congelas-, fuera, en la calle el ambiente roza la asfixia. ¿Resultado? Sin coche y sin obligación en el exterior optas por el encierro voluntario. 

Como segundo factor tenemos "NO COCHE". No descubro nada si vuelvo a insistir en esta idea: al cruzar el charco firmé la transformación de mis extremidades inferiores. Piernas por ruedas. En el planning familiar rezaba que esta semana poníamos solución a este "problema". La cosa ya está en proceso: el modelo ya está elegido, el precio y la forma de pago, también. ¿Qué ha ocurrido? Factores externos. 

Y llegamos al último, "NO OBLIGACIÓN EN EL EXTERIOR". Y aquí aparece la pescadilla que se muerde la cola: el clima (y las grandes distancias) "obliga" a que te muevas en coche para llevar a cabo cualquier "obligación en el exterior" (placentera o no). Si no tienes ruedas es casi imposible plantearte nada. Además, este factor tiene otras características interesantes: no tengo permiso de trabajo. Todavía. Al menos tengo que esperar tres meses (...). ¿Actividades que no sean trabajo? ¡Pues claro que hay mil! Y alguna de esas mil la tengo en mi retina. Pero la cola de la pescadilla se me ha metido en la garganta y, ya sabes, asfixia. 

Y hasta aquí lo controlado. Sí. En realidad he abierto el ojo para contar que llevo varios días hablando con los actores de los vídeos en inglés que veo, con los actores de las pelis que escucho, y con mi yo interior -que está hasta las pelotas de aguantarme-. Que esta tediosa situación me vuelve gris -ya sabemos todo lo que eso significa en Patricia-, y que hoy, encima, no he podido salir a correr. 


jueves, 4 de abril de 2013

EL SÍNDROME DEL PELUQUERO

¿Cómo superar el síndrome del peluquero? 

El espejo me devuelve una imagen distinta a la de ayer por la mañana. Ayer fue uno de los días en los que la pesadez del clima hizo grandes estragos en mi rutina: el silencio que me acompaña a diario se convirtió en un compañero insoportable, el monólogo interior que se instala en mi cerebro cada vez que abro un un ojo por la mañana elevó el tono y el volumen hasta niveles de "código rojo", y lo que el domingo era ilusión, entusiasmo y miles de planes pasó a ser hastío, aburrimiento, agobio y encierro. ¿Resultado?  Nuevo corte de pelo.

En uno de esos arranques no meditados y no sopesados cogí unas tijeras. Para mi fortuna, no fueron las tijeras de las uñas, ni las de la cocina, ni las del escritorio, ni las de la caja de los hilos -va, no tengo ni caja, ni hilos, pero sí unas tijeras que como no sé para qué sirven las tengo en la sección de "coser"-. Sobre la encimera de la cocina todavía estaba la caja de la máquina de cortar el pelo de mi marido. "Pásame la máquina que me muero de calor"-me suplicó. Dicho y hecho. Eso sucedió el pasado fin de semana. 

La caja dichosa quedó ahí, en la cocina, esperando a que alguien la guardara. Pero "alguien" no apareció y ayer me di de bruces con ella y se me iluminó la bombillita famosa. Solo las puntas, solo darle un toque al pelo que me tiene cansada, me dije. De nuevo otra decisión afortunada para mí: no agarré la máquina, escogí las tijeras. 

Ahí estaba yo, frente al espejo con el pelo suelto y seco y con las tijeras en la mano derecha. Empecé tímida: un cortecito por aquí, otro por allá... y la adrenalina empezó a bullir. Imitando los movimientos de un peluquero comencé a coger mechones de la parte de atrás, a deslizar mis dedos hasta la parte final del mechón y a pegar tijeretazos en lo que consideré que eran mis puntas. Mientras compensaba los tijeretazos -uno a la derecha, otro a la izquierda, uno al centro, uno por la parte de atrás-, me acordé de la técnica de la coleta.  Y la puse en marcha.

Coleta baja, tijeras en la mano derecha, mirada al frente. ¡Zas! Subidón. Un mechón de pelo se despeño por mi espalda y cayó al suelo. La caída fue rápida, nada de plumita balanceándose de un lugar a otro hasta tocar tierra, no; más bien una piedra en caída libre. Miré al mechón y me quité la goma que ataba mi ya "nocoleta". Frente al espejo analicé los daños: nuca despejada y desviación considerable. El pelo de los laterales estaba más largo que el de la nuca. Tocaba igualar.

Dejé las tijeras y observé el resultado. La operación "igualar corte de pelo" me había costado unos centímetros de longitud. El objetivo de conseguir una melena larga volvía a estar más lejos.

Sin darme tiempo a reflexionar sobre lo sucedido me recogí el pelo en una especie de moño: un montón de horquillas sostenían los diferentes mechones que se desprendían de mi nueva coleta. Me olvidé del tema.

El día avanzaba y yo volví a mi monólogo interior y a mi rutina: estudiar inglés, pasear por las diferentes aulas de la UDIMA, guarrear documentos en blanco del word intentando hacer un trabajo, hacer lista de lugares para recorrer en mi próximo viaje a San Francisco... en fin, lo que viene a ser pegar el trasero durante horas a la silla y clavar la mirada en la pantalla del ordenador. Y fui al baño. Y me vi en el espejo. Y volvió el peluquero que todos llevamos dentro. Me solté la "melena", la sacudí y la analicé. Vamos a la ducha. Y mi "melena" y yo nos metimos debajo del agua.

Mojado mostraba un aspecto diferente: un corte de pelo soso. Una melenita a la altura de las orejas con un desfilado en la parte delantera. Vamos allá, me dije, y secador en mano me puse a darle forma a mi nuevo corte de pelo. Luego vino la plancha. Y luego el resultado: desenfadado, gracioso y corto.

¡¡Hola! ¡¡Ya estoy en casa!!
Hola! ¿Cómo fue el día?
¡Agotador! Pero... ¿qué te has hecho en el pelo?
¡¡¿¿No te gusta??!!!!
¡¡¿Has ido a la pelu??!!!!
(¡¡¡BIENN!!¡¡¡Prueba superada!!!!).
Ahora te cuento...(...)




lunes, 1 de abril de 2013

HACIENDO AMIGOS


Odio leer pensamientos de quinceañeras sin ninguna gracia en boca de mujeres que pasan de los cuarenta.

Hoy ha sido un lunes feo. Los cambios de planes ajenos de último momento, la tormenta, los pequeños accidentes domésticos y un encuentro fortuito con blogs que me irritan y me deprimen al mismo tiempo han terminado por fastidiarme el día.

Es peligroso que yo -bloggera amateur, incipiente periodista y aspirante a escritora-, tenga la osadía de criticar lo que escriben otros a los que, quizá, también les ha dado por pensar que aportan algo a la humanidad con sus escritos enlatados, llenos de lugares comunes. Stop, me corrijo. Yo tengo muy claro que no escribo con la intención de aportar nada a nadie. Ni con la vanidad del que ama a sus oídos sobre todas las cosas. Ni con la convicción de que lo que escribo va a parar a alguna parte.  Escribo porque lo necesito, porque me hace sentir bien, porque aspiro a encontrar lo que busco y porque confío encontrarlo a través de las letras o, quizá, a través de alguno de vosotros. Y escribo y no me gusta; y escribo y lo dejo; y escribo y lo borro; y escribo y dudo.

Dicho esto y bajo el paraguas “no busco otra cosa que mi propio camino”, que me protege y que me hace de colchoncito, repito: detesto leer que llegar a los cuarenta es el tema que más preocupa a las mujeres, y que me incluyan “truquitos” para combatir esas primeras arrugas –encima de simple, mentirosa: a los cuarenta las arruguitas ya van con chicos y beben copas-. Me colapsa descubrir que este tipo cosas inundas blogs, que los escriben sin ningún tipo de gracia, y que los redactan con el ingenio de una niña de nueve años que empieza a descubrir el mundo de los “chicos”. 

Este párrafo que copio a continuación no tiene desperdicio: refleja y conjuga a la perfección todo lo que más detesto en la escritura, en la expresión, en la temática…¡en la vida!
"Estaréis de acuerdo conmigo en que eso de cumplir años se convierte en una gincana contrarreloj. Vamos que el  día antes de cumplir 40, te metes en la cama acojonada pensando (...) si parecerás la abuela de la Fabada. Y no me extraña (...) endiablado numero te empiezas a fijar en los anuncios de cremas,…… joder (…). Eh! Tú!  Si…si,  es a ti, soy el fantasma de tus años, (…)".
No cito la fuente pero sí señalo que, pese a haber omitido alguna que otra frase, el tema no se pierde.  Además, lo dejo con sus expresiones infanticidas, sus faltas, sus “chascarrillos” y sus ingeniosos y nunca vistos guiños al lector. Una joyita. No, no estoy de acuerdo contigo -me dan ganas de decirle ni bien comienzo a leer-, no, no me meto en la cama “acojonada”, ni sé lo que significa un “numero endiablado” –y odio que no le pongas acento-.
****
Pido disculpas a las autoras/es-lectoras/es que se sientan agredidas con mis comentarios y asumo que mis "batallitas" admiten millones de calificativos. Pero ¿a quién va dirigido este tipo de "escritura"? ¿De verdad que somos tan simples? ¿De verdad que los cuarenta, las cremas y las arrugas dan para tanto?