¿Cómo superar el síndrome del peluquero?
El espejo me devuelve una imagen distinta a la de ayer por la mañana. Ayer fue uno de los días en los que la pesadez del clima hizo grandes estragos en mi rutina: el silencio que me acompaña a diario se convirtió en un compañero insoportable, el monólogo interior que se instala en mi cerebro cada vez que abro un un ojo por la mañana elevó el tono y el volumen hasta niveles de "código rojo", y lo que el domingo era ilusión, entusiasmo y miles de planes pasó a ser hastío, aburrimiento, agobio y encierro. ¿Resultado? Nuevo corte de pelo.
En uno de esos arranques no meditados y no sopesados cogí unas tijeras. Para mi fortuna, no fueron las tijeras de las uñas, ni las de la cocina, ni las del escritorio, ni las de la caja de los hilos -va, no tengo ni caja, ni hilos, pero sí unas tijeras que como no sé para qué sirven las tengo en la sección de "coser"-. Sobre la encimera de la cocina todavía estaba la caja de la máquina de cortar el pelo de mi marido. "Pásame la máquina que me muero de calor"-me suplicó. Dicho y hecho. Eso sucedió el pasado fin de semana.
La caja dichosa quedó ahí, en la cocina, esperando a que alguien la guardara. Pero "alguien" no apareció y ayer me di de bruces con ella y se me iluminó la bombillita famosa. Solo las puntas, solo darle un toque al pelo que me tiene cansada, me dije. De nuevo otra decisión afortunada para mí: no agarré la máquina, escogí las tijeras.
Ahí estaba yo, frente al espejo con el pelo suelto y seco y con las tijeras en la mano derecha. Empecé tímida: un cortecito por aquí, otro por allá... y la adrenalina empezó a bullir. Imitando los movimientos de un peluquero comencé a coger mechones de la parte de atrás, a deslizar mis dedos hasta la parte final del mechón y a pegar tijeretazos en lo que consideré que eran mis puntas. Mientras compensaba los tijeretazos -uno a la derecha, otro a la izquierda, uno al centro, uno por la parte de atrás-, me acordé de la técnica de la coleta. Y la puse en marcha.
Coleta baja, tijeras en la mano derecha, mirada al frente. ¡Zas! Subidón. Un mechón de pelo se despeño por mi espalda y cayó al suelo. La caída fue rápida, nada de plumita balanceándose de un lugar a otro hasta tocar tierra, no; más bien una piedra en caída libre. Miré al mechón y me quité la goma que ataba mi ya "nocoleta". Frente al espejo analicé los daños: nuca despejada y desviación considerable. El pelo de los laterales estaba más largo que el de la nuca. Tocaba igualar.
Dejé las tijeras y observé el resultado. La operación "igualar corte de pelo" me había costado unos centímetros de longitud. El objetivo de conseguir una melena larga volvía a estar más lejos.
Sin darme tiempo a reflexionar sobre lo sucedido me recogí el pelo en una especie de moño: un montón de horquillas sostenían los diferentes mechones que se desprendían de mi nueva coleta. Me olvidé del tema.
El día avanzaba y yo volví a mi monólogo interior y a mi rutina: estudiar inglés, pasear por las diferentes aulas de la UDIMA, guarrear documentos en blanco del word intentando hacer un trabajo, hacer lista de lugares para recorrer en mi próximo viaje a San Francisco... en fin, lo que viene a ser pegar el trasero durante horas a la silla y clavar la mirada en la pantalla del ordenador. Y fui al baño. Y me vi en el espejo. Y volvió el peluquero que todos llevamos dentro. Me solté la "melena", la sacudí y la analicé. Vamos a la ducha. Y mi "melena" y yo nos metimos debajo del agua.
Mojado mostraba un aspecto diferente: un corte de pelo soso. Una melenita a la altura de las orejas con un desfilado en la parte delantera. Vamos allá, me dije, y secador en mano me puse a darle forma a mi nuevo corte de pelo. Luego vino la plancha. Y luego el resultado: desenfadado, gracioso y corto.
Coleta baja, tijeras en la mano derecha, mirada al frente. ¡Zas! Subidón. Un mechón de pelo se despeño por mi espalda y cayó al suelo. La caída fue rápida, nada de plumita balanceándose de un lugar a otro hasta tocar tierra, no; más bien una piedra en caída libre. Miré al mechón y me quité la goma que ataba mi ya "nocoleta". Frente al espejo analicé los daños: nuca despejada y desviación considerable. El pelo de los laterales estaba más largo que el de la nuca. Tocaba igualar.
Dejé las tijeras y observé el resultado. La operación "igualar corte de pelo" me había costado unos centímetros de longitud. El objetivo de conseguir una melena larga volvía a estar más lejos.
Sin darme tiempo a reflexionar sobre lo sucedido me recogí el pelo en una especie de moño: un montón de horquillas sostenían los diferentes mechones que se desprendían de mi nueva coleta. Me olvidé del tema.
El día avanzaba y yo volví a mi monólogo interior y a mi rutina: estudiar inglés, pasear por las diferentes aulas de la UDIMA, guarrear documentos en blanco del word intentando hacer un trabajo, hacer lista de lugares para recorrer en mi próximo viaje a San Francisco... en fin, lo que viene a ser pegar el trasero durante horas a la silla y clavar la mirada en la pantalla del ordenador. Y fui al baño. Y me vi en el espejo. Y volvió el peluquero que todos llevamos dentro. Me solté la "melena", la sacudí y la analicé. Vamos a la ducha. Y mi "melena" y yo nos metimos debajo del agua.
Mojado mostraba un aspecto diferente: un corte de pelo soso. Una melenita a la altura de las orejas con un desfilado en la parte delantera. Vamos allá, me dije, y secador en mano me puse a darle forma a mi nuevo corte de pelo. Luego vino la plancha. Y luego el resultado: desenfadado, gracioso y corto.
¡¡Hola! ¡¡Ya estoy en casa!!
Hola! ¿Cómo fue el día?
¡Agotador! Pero... ¿qué te has hecho en el pelo?
¡¡¿¿No te gusta??!!!!
¡¡¿Has ido a la pelu??!!!!
(¡¡¡BIENN!!¡¡¡Prueba superada!!!!).
Ahora te cuento...(...)
Ahora te cuento...(...)
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