Mantenemos
una relación cordial, incluso buena, diría yo. Desde el primer momento
conectamos. Mi casero es un hombre de familia: funcionario, mujer y dos hijas.
Casa en Madrid, piso como inversión a
las afueras –el que yo alquilo-, y apartamento en San Juan, Alicante. Todo le
iba de vicio, hasta que la crisis le abrió los ojos: demasiada hipoteca para
tan poca “chicha”.
La
preocupación le persigue desde entonces y, sin quererlo, los efectos
colaterales me tocan de lleno: hace casi dos años que cuelga de mi
balcón un cartel de “se vende”, y ya he
recibido visitas de posibles compradores. Mi casero es de los que se resiste a
creer que esta situación es “para siempre” y confía en que solo necesita meses
para que la cosa mejore. Como tantos otros propietarios, compraron caro y está
convencido de que tiene un tesoro en vez de un simple piso. Resultado: ninguna
visita pide repetir y los pómulos de su cara sobresalen cada vez más.
Cuando
me comunicó sus intenciones de vender entré en “loop”; después de haber puesto
por primera vez en mi vida cortinas, lámparas, cuadros…, me tenía que mudar.
Llevaba dos años en España y ya iba por la segunda mudanza. Le empecé a
“odiar”. Mi cabreo duró hasta que hablé
con mi marido, que dijo las palabras mágicas: “no lo va a vender”. Ya han
pasado 23 meses y sigo con el cartel.
Ahora
soy yo la que se va. Hace un mes que nos sentamos en la terraza de mi casa y se
lo comunicamos; su cara se transformó.
Desde
entonces mantengo una relación amor-odio con mi casero. Mi marido da vueltas
por el mundo y yo me levanto casi todos los días con un mail de este buen
señor: visita de tal, visita de cual… Mi limitada capacidad para decir que no, hizo que aceptara su proposición: empezar a mover con más ahínco la venta. ¿Qué
supone esto? Pues, visita de una inmobiliaria, visita del fotógrafo para
retratar mi casa, visita de la Sra. Pérez que busca ático…¡un rollo!
En
pocos días nos volvemos a reunir. Casero y yo. Como buen señor cortado por un
patrón de los años cuarenta, le gusta tratar con el hombre. Temas económicos
como fianza, cancelación de servicios, venta de muebles que le vienen bien… los
prefiere charlar con él. No lo dice,
pero se le nota en su mirada (¡qué daño nos ha hecho Alejandro!).
Personalmente, me da lo mismo; me incomoda hablar de dinero, así que no me
ofende esta circunstancia. Solo que, esta vez, tendrá que conformarse conmigo:
soy yo la que está en Madrid y soy yo con la que tendrá que llegar a un
acuerdo.
¡Otro!
Mientras escribo, recibo el tercer correo de hoy: mi casero contándome sus
penas. Me detalla todos sus miedos: que si sube el IVA, que si el “banco malo”,
que si va a bajar el precio, que si bla, bla, bla. Me quedo atónita. Y me
cabrea aún más: de nuevo pretende compartir sus agobios conmigo.
Hago
click en delete. Me tiene saturada.
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