En unos días cumplimos tres meses. Noventa días en el piso de la playa.
Miami Beach es un lugar para visitar, para disfrutar (...); para ir y no quedarse. Para gusto los colores, dirán algunos -y no les quito razón-; y mis gustos me dicen que los colores de esta parte de Flórida no están dentro de mi lista de favoritos.
Lo mejor de este lugar: la playa, el club de remo y... ya. Sobre lo peor es difícil hablar. No hay nada "malo", no hay nada por lo que salir corriendo, no hay nada que justifique de manera objetiva que uno no pueda vivir, felizmente, en esta zona. Lo dicho, para gustos un caja de Carioca. ¿A dónde quiero llegar? La familia Vilar-Marchese inicia una nueva búsqueda de casa.
La semana pasada contactamos con nuestro amado y querido realtor para que se pusiera manos a la obra. Objetivo: volver a rastrear la zona de Brickell. Refresco memoria: cuando llegué a Miami -allá por diciembre-, me alojé en una apartamento que estaba en Brickell. Por los mil y un contratiempos que surgieron en esa primera búsqueda decidimos, in extremis, virar la dirección; de esta manera fue como terminamos mirando al mar desde un piso once de un bonito edificio. Han pasado tres meses y el día a día nos ha confirmado que debemos volver a los orígenes.
Ayer fue nuestra primera jornada de visitas: cinco pisos. Necesito ordenar mis ideas. Bien, ya.
"Somos diferentes" es la conclusión a la que he llegado tras lo visto ayer. En esta segunda vuelta de búsqueda de casa he decidido dirigir todos mis comentarios hacia mi persona -¡vaya!, qué expresión "pantojera" me ha salido-, es decir, que la acción, los adjetivos, las rarezas, todo recaiga sobre mí. Es la única manera de entender lo que veo.
Nunca he sido agente inmobiliario, pero sí he enseñado mi casa para venderla o para alquilarla. En cualquiera de las dos situaciones mi comportamiento ha sido el mismo. Fuera o no fuera mi casa, me viniera mejor o peor, siempre, y digo siempre, los potenciales inquilinos o compradores se han encontrado un apartamento limpio, ordenado, fresco, con buenos olores e iluminado. Jamás me permitiría que no fuera así. Pues bien, esto que para mí es "de ley", para muchos otros es ciencia ficción. Y ayer conocí a parte de esos "muchos otros". ¿Qué es "ciencia ficción" para ellos? Algo que tiene que ver con:
Airear la casa.- Mi mamá abre todas las ventanas a primera hora de la mañana. ¡Mamá hace frio! ¡Mamá me estoy cambiando! Mamá, ¿no puedes esperar a que salga de la ducha? Nunca, alguna de estas situaciones le ha hecho temblar el pulso a la jefa: toca airear y se airea.
Tras lo que olí ayer, puedo asegurar que ninguno tuvo una mamá tan implacable como la mía.
Hacer un buen uso del cesto de la ropa sucia.- De nuevo mi mamá entra en escena: ¡la ropa sucia al cubo de la ropa sucia Pepe! (en mi casa "cubo" es cesto y Pepe es mi padre). Yo llego a casa, me cambio, cuelgo la ropa, guardo zapatos, me pongo el pijama y la ropa sucia la llevo al cubo; ¡no cuesta nada! -nos decía mi querida madre. Y ese no "cuesta nada" traducido al español de la calle quire decir: ¡hazlo!
Si al olor nauseabundo de ayer, le sumamos que soy capaz de describir la ropa interior y los calcetines de los que vivían en las casas que vi, la conclusión es obvia: a ellos sí les cuesta algo usar el "cubo" y, por eso, deciden dejar su ropa en el mismo sitio donde se la quitan (habitación, baño, pasillo o salón).
Limpiar.- En su más amplio sentido: limpiar cristales, limpiar suelos, limpiar el polvo, limpiar la vajilla, (...).
¿Quién puede concentrarse en las características de la vivienda con semejante ramillete de cochinadas? ¿Quién puede no salir corriendo? ¿Quién es capaz de no sentir vergüenza ajena? ¿Quién es capaz de mantener una expresión facial inocua mientras el dueño de la casa cuenta las virtudes de su propiedad, si unos calzoncillos descansan en la lámpara del salón? Yo, no.
Al final de la tarde, cuando pensaba que ya estaba curada de espantos, una nueva situación me dejó descolocada: la abuela y los no zapatos.
¡Din-Don!
¡Adelante! -grita una señora desde dentro de la casa. Una niña abre la puerta.
Hola
Hola, ¿a qué vienen?
A ver la casa - ¿¿a qué si no??
Ah, pasen.
La señora habla por teléfono y nos saluda con los ojos. La señora no ha entendido el concepto "teléfono" y cree que para que le escuchen en Venezuela debe gritar hasta dejarse las amígdalas en el intento de hacerse escuchar. En la casa hay olor a cerrado, a guiso de coliflor y a moqueta podrida.
La casa tiene dos habitaciones y dos baños -nos informa la niña.
Yo todavía no soy capaz de asimilar lo que mi nariz olfatea, lo que mis oídos escuchan y lo que mis ojos ven, y solo alcanzo a decir Ah.
Tenemos una abuela; para entrar a las habitaciones
necesito que se quiten los zapatos -nos indica la niña.
Abducida por el ambiente, me inclino para quitarme mi sandalia. Mi mano llega al talón y ahí reacciono, ¡ni de coña piso yo esta moqueta con los pies descalzos! Olvido la idea, devuelvo el pie al suelo y me incorporo. Yo no entro -le susurro a mi marido-, si quieres ve tú. Mi valiente marido se queda en calcetines y entra a la habitación donde "tienen una abuela". El olor se intensifica en esa zona: se hace más espeso, más húmedo, más sucio. Tarda segundos en salir y entra en la otra.
Mientras, yo me quedo de pie en medio del salón: la señora continua aullando al teléfono y el olor a puchero se acentúa. El salón tiene una decoración curiosa: cinco cuadros de enormes dimensiones están apoyados en las paredes de esta sala. Parece que esperan a que alguien los cuelgue. O, quizá, la señora que aúlla es pintora y son sus últimas creaciones; o antes vivía en una casa con grandes paredes y, ahora -en este cuchitril-, no tiene donde colgarlos. Colores vivos y formas abstractas. En una de las esquinas veo una tabla de planchar abierta; ropa apilada en el sofá; restos de lo que debió ser el desayuno en la mesa del comedor; y un sillón cubierto por sábana amarillenta. Pensaba yo en el por qué de ese color amarillo de la sábana cuando alguien me tira del brazo: vámonos.
Adios, gracias -digo.
Adios, gracias -dice mi marido.
Adios, gracias -dice la niña.
Adios - dicen los ojos de la señora que grita al teléfono
¿Por qué el "tener una abuela" obliga a descalzarse para entrar en las habitaciones? ¿Porque aúlla la señora? ¿Por qué ese color amarillo hospital de la sábana? ¿Por qué cocinan coliflor existiendo la patata? Y, por cierto, ¿cómo era el piso? Uhmmm... no me fijé, es que soy "rara".