El post que escribí ayer se ha quedado como borrador. Ha perdido sentido hablar de pisos, del calor o de Bárcenas. Hoy me he levantado y he mirado a mi izquierda. Y he sonreído: la persona a la que más amo estaba a mi lado. Y he dado mil gracias por poder vivir ese momento. Y he clavado mis ojos en los suyos cerrados, y se me han empañado. Y solo imaginar no tenerlo me ha provocado dolor. Y le he robado la mano; para que no se vaya, para que no me lo quiten.
80 muertos y más de un centenar de heridos. Acabo de leer en la prensa que el maquinista se jactaba de ir a 200 kilómetros por hora minutos antes de estrellar el tren. No sé ni qué decir. También he leído comentarios en las redes de personas de otros países que aprovechan esta tragedia para hacer chistes, para ironizar con el tema, o para soltar "en todos los países se cuecen habas". Empiezo a saber qué decir, pero me contengo. También me he fijado que el Gobierno de España no ha hecho ni una mínima mención sobre su gran metedura de pata en el comunicado que emitió La Moncloa ayer noche: un corto y pego que convirtió un gesto que debía de ser de respeto y de apoyo hacia los afectados y hacia los que estaban luchando para salvar vidas, en una muestra indiscutible de incompetencia -por no entrar en valores éticos y morales-, de los que nos gobiernan. Prefiero no decir.
Pero hoy no me siento con ánimo de combatir o de resaltar los "errores" de los que ya llevan mucho tiempo cometiéndolos. No merecen la pena. Ni de dar importancia a frases de mal gusto vertidas por navegantes que tienen por cerebro un saco de mierda. No merecen nada. Hoy, hoy es un día para transmitir apoyo absoluto hacia las víctimas, los heridos, los familiares, hacia los amigos. Un día difícil y triste, pero un día en el que debemos sentirnos orgullosos por formar parte de este grupo de ciudadanos del mundo que forman España. No es patriotismo barato; es aplaudir y agradecer el comportamiento de los bomberos, de la policía, de la Guardia Civil, del personal sanitario, de los ciudadanos, de los gallegos.
Y es un día para reflexionar.
Y es un día triste.
Y es un día para abrazar a los que tienes al lado.
Y es un día para no olvidar.
"¿Habéis visto lo de Santiago?", así me enteraba yo de lo sucedido. Apunto de entrar en un edificio para encontrarme con un realtor que me iba a mostrar un piso en Brickell Key. Me alejé unos metros y dejé que mi agente y mi marido entraran solos. En el grupo de whatsApp que comparto con mi familia, mis hermanos estaban intercambiando mensajes. A las 4:18 de la tarde de Miami pregunté: ¿Qué ha pasado? "Un tren en Santiago ha descarrilado. Ha habido muertos".. me dijo mi hermana. En ese momento se hablaba de 9 víctimas mortales.
Ayer leí a compañeros afirmar que rezaban, pese a nos ser creyentes. Y lo hacían a los pocos minutos de que los medios de comunicación informaran sobre esta catástrofe y nos hablaran de la dureza del accidente, y de la posibilidad de un alto número de víctimas. Rezaban -a no sabían qué o quién-, para que los presagios más duros no se cumplieran, y que la confusión y la falta de información de los primeros momentos fuera el motivo de estos pésimos augurios. Hoy les leo y han dejado de rezar. Hoy es difícil creer y es difícil hablar.
Y, pese a todo, la vida sigue.
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