Hoy no nos pegamos a la actualidad informativa. Hoy nos da igual lo que digan los periódicos, las redes sociales o los telediarios. Hoy la noticia está dentro de nosotros: en lo que nos pasa, en lo que no nos pasa o en lo que nos gustaría que nos pasara. Hoy nos marcamos una de esas entradas que interesa mas al que la escribe, que al que la lee. Hoy nos volvemos egoístas y hacemos que el ojo solo nos mire a nosotros; al resto... el resto puede aprovechar para ir al baño, recoger la mesa o seguir con lo qué sabe Dios que esté haciendo. O quedarse y seguir leyendo. Gracias.
Por fin una semana entera en Miami, en casa. Siete días para ordenarnos y ordenar nuestro alrededor. Un "alrededor" muy cercano, muy próximo, más bien íntimo.
En los últimos días he aprendido algo sobre la importancia de la protección. Protegemos nuestro patrimonio con mucho esmero: alarmas en las casas y coches; contraseñas secretas para acceso a cuentas bancarias; códigos de seguridad para cajas fuertes; puertas blindadas, copias de seguridad, etc., etc. Construimos con sofisticada ingeniera, todo un mecanismo de protección que nos permite sentirnos tranquilos y serenos. Cae la noche y nos metemos en la cama sabedores de que nuestras posesiones -más o menos valiosas, más o menos cuantiosas-, estarán en el mismo lugar cuando vuelva a salir el sol y abramos nuestros ojos.
Y con esta confianza que nos da el sentirnos protegidos, enfrentamos los días sintiéndonos menos pesados, más fuertes, más poderosos. Delegamos en los "chismes" que hemos adquirido la seguridad de todo lo nuestro. Somos unos genios. Pero llega un día en el que recibimos el primer puñetazo. En la cara. En tú cara. Y al día siguiente te pones un casco. Para protegerte. Y sigues tan feliz. Y otro día nos dan una patada en la rodilla. En tú rodilla. Y te calzas un rodillera.
Y así, cada tanto, vamos recibiendo golpes en todas las partes de nuestro cuerpo. Hasta que un día, apaleados, nos plantamos frente al espejo y este nos devuelve la imagen de un jugador de fútbol americano. Y nos vemos guapos. Y si alguien nos dijera que vamos hechos un "cromo" -con tanto casco, rodillera, codera y muñequera-, nosotros lo negaríamos. Nuestros ojos solo ven lo bien que nos queda nuestro flamante outfit de otoño. Eso es todo.
Y así, cada tanto, vamos recibiendo golpes en todas las partes de nuestro cuerpo. Hasta que un día, apaleados, nos plantamos frente al espejo y este nos devuelve la imagen de un jugador de fútbol americano. Y nos vemos guapos. Y si alguien nos dijera que vamos hechos un "cromo" -con tanto casco, rodillera, codera y muñequera-, nosotros lo negaríamos. Nuestros ojos solo ven lo bien que nos queda nuestro flamante outfit de otoño. Eso es todo.
Pero llega un momento en que el peso de la protección corporal comienza a ser excesivo y no entendemos el porqué de nuestro cansancio. Y recordar todos los códigos de seguridad que protegen nuestras posesiones se vuelve cada vez más complicado y tedioso: se olvidan, se cambian; se vuelven a olvidar, se vuelven a cambiar y se anotan en un cuaderno. Se olvidan -de nuevo-, y se acude al cuaderno que, a estas alturas, ya se ha convertido en otro elemento cotidiano de nuestro vestuario.
Y anda uno tan concentrado para no caer -el peso que carga aumenta con rapidez-, y por conservar la poca memoria que le queda libre, que deja desprotegido lo mas valioso que posee: su alma.
Nos pasamos la vida poniéndole alma a todo lo que hacemos. El alma lidera nuestra carrera; es la primera en saltar al vacío; es la primera en mostrar sus secretos; es, en definitiva, lo más valioso que poseemos. Y, al mismo tiempo, lo que más desprotegemos. La llevamos desnuda a todas partes y abusamos de ella hasta que la desgastamos tanto, que tocamos hueso. Y nos duele. Y chillamos y lloramos a la vez. Y buscamos la razón de este dolor. Y no entendemos. Y del grito y lloro pasamos al silencio y al enfado. Y del enfado a la venganza. Y de la venganza al dilema: deseamos castigar a esos que, careciendo de alma, van por la vida clavando puñales traperos por la espalda. Y cuando estamos a punto de pasar por encima de los sinalma con nuestra cuatro por cuatro, respiramos profundo y ponemos punto muerto.
Reflexionamos. Ahí estamos, desafiantes, empuñando el volante frente a los sinalma. Y nos aferramos a la reflexión para no presionar el acelerador. Y los miramos a los ojos y solo vemos miseria: muertos vivientes que carecen de sueños propios. Y sonreímos. Pobres desgraciados, pensamos. Y metemos marcha atrás y damos la vuelta. Y mientras aumentamos la velocidad y nos alejamos, nos reímos a carcajada limpia.
Y aunque tarde -muy tarde-, finalmente, vamos por la vida realmente protegidos y sin la necesidad de anotar en nuestro cuaderno: su mirada queda tatuada en nuestra mente y esa imagen nos protege. Pobres desgraciados. ¡Venid a mí miserables sinalma que ya no os tengo miedo!
Reflexionamos. Ahí estamos, desafiantes, empuñando el volante frente a los sinalma. Y nos aferramos a la reflexión para no presionar el acelerador. Y los miramos a los ojos y solo vemos miseria: muertos vivientes que carecen de sueños propios. Y sonreímos. Pobres desgraciados, pensamos. Y metemos marcha atrás y damos la vuelta. Y mientras aumentamos la velocidad y nos alejamos, nos reímos a carcajada limpia.
Y aunque tarde -muy tarde-, finalmente, vamos por la vida realmente protegidos y sin la necesidad de anotar en nuestro cuaderno: su mirada queda tatuada en nuestra mente y esa imagen nos protege. Pobres desgraciados. ¡Venid a mí miserables sinalma que ya no os tengo miedo!