jueves, 4 de abril de 2013

EL SÍNDROME DEL PELUQUERO

¿Cómo superar el síndrome del peluquero? 

El espejo me devuelve una imagen distinta a la de ayer por la mañana. Ayer fue uno de los días en los que la pesadez del clima hizo grandes estragos en mi rutina: el silencio que me acompaña a diario se convirtió en un compañero insoportable, el monólogo interior que se instala en mi cerebro cada vez que abro un un ojo por la mañana elevó el tono y el volumen hasta niveles de "código rojo", y lo que el domingo era ilusión, entusiasmo y miles de planes pasó a ser hastío, aburrimiento, agobio y encierro. ¿Resultado?  Nuevo corte de pelo.

En uno de esos arranques no meditados y no sopesados cogí unas tijeras. Para mi fortuna, no fueron las tijeras de las uñas, ni las de la cocina, ni las del escritorio, ni las de la caja de los hilos -va, no tengo ni caja, ni hilos, pero sí unas tijeras que como no sé para qué sirven las tengo en la sección de "coser"-. Sobre la encimera de la cocina todavía estaba la caja de la máquina de cortar el pelo de mi marido. "Pásame la máquina que me muero de calor"-me suplicó. Dicho y hecho. Eso sucedió el pasado fin de semana. 

La caja dichosa quedó ahí, en la cocina, esperando a que alguien la guardara. Pero "alguien" no apareció y ayer me di de bruces con ella y se me iluminó la bombillita famosa. Solo las puntas, solo darle un toque al pelo que me tiene cansada, me dije. De nuevo otra decisión afortunada para mí: no agarré la máquina, escogí las tijeras. 

Ahí estaba yo, frente al espejo con el pelo suelto y seco y con las tijeras en la mano derecha. Empecé tímida: un cortecito por aquí, otro por allá... y la adrenalina empezó a bullir. Imitando los movimientos de un peluquero comencé a coger mechones de la parte de atrás, a deslizar mis dedos hasta la parte final del mechón y a pegar tijeretazos en lo que consideré que eran mis puntas. Mientras compensaba los tijeretazos -uno a la derecha, otro a la izquierda, uno al centro, uno por la parte de atrás-, me acordé de la técnica de la coleta.  Y la puse en marcha.

Coleta baja, tijeras en la mano derecha, mirada al frente. ¡Zas! Subidón. Un mechón de pelo se despeño por mi espalda y cayó al suelo. La caída fue rápida, nada de plumita balanceándose de un lugar a otro hasta tocar tierra, no; más bien una piedra en caída libre. Miré al mechón y me quité la goma que ataba mi ya "nocoleta". Frente al espejo analicé los daños: nuca despejada y desviación considerable. El pelo de los laterales estaba más largo que el de la nuca. Tocaba igualar.

Dejé las tijeras y observé el resultado. La operación "igualar corte de pelo" me había costado unos centímetros de longitud. El objetivo de conseguir una melena larga volvía a estar más lejos.

Sin darme tiempo a reflexionar sobre lo sucedido me recogí el pelo en una especie de moño: un montón de horquillas sostenían los diferentes mechones que se desprendían de mi nueva coleta. Me olvidé del tema.

El día avanzaba y yo volví a mi monólogo interior y a mi rutina: estudiar inglés, pasear por las diferentes aulas de la UDIMA, guarrear documentos en blanco del word intentando hacer un trabajo, hacer lista de lugares para recorrer en mi próximo viaje a San Francisco... en fin, lo que viene a ser pegar el trasero durante horas a la silla y clavar la mirada en la pantalla del ordenador. Y fui al baño. Y me vi en el espejo. Y volvió el peluquero que todos llevamos dentro. Me solté la "melena", la sacudí y la analicé. Vamos a la ducha. Y mi "melena" y yo nos metimos debajo del agua.

Mojado mostraba un aspecto diferente: un corte de pelo soso. Una melenita a la altura de las orejas con un desfilado en la parte delantera. Vamos allá, me dije, y secador en mano me puse a darle forma a mi nuevo corte de pelo. Luego vino la plancha. Y luego el resultado: desenfadado, gracioso y corto.

¡¡Hola! ¡¡Ya estoy en casa!!
Hola! ¿Cómo fue el día?
¡Agotador! Pero... ¿qué te has hecho en el pelo?
¡¡¿¿No te gusta??!!!!
¡¡¿Has ido a la pelu??!!!!
(¡¡¡BIENN!!¡¡¡Prueba superada!!!!).
Ahora te cuento...(...)




lunes, 1 de abril de 2013

HACIENDO AMIGOS


Odio leer pensamientos de quinceañeras sin ninguna gracia en boca de mujeres que pasan de los cuarenta.

Hoy ha sido un lunes feo. Los cambios de planes ajenos de último momento, la tormenta, los pequeños accidentes domésticos y un encuentro fortuito con blogs que me irritan y me deprimen al mismo tiempo han terminado por fastidiarme el día.

Es peligroso que yo -bloggera amateur, incipiente periodista y aspirante a escritora-, tenga la osadía de criticar lo que escriben otros a los que, quizá, también les ha dado por pensar que aportan algo a la humanidad con sus escritos enlatados, llenos de lugares comunes. Stop, me corrijo. Yo tengo muy claro que no escribo con la intención de aportar nada a nadie. Ni con la vanidad del que ama a sus oídos sobre todas las cosas. Ni con la convicción de que lo que escribo va a parar a alguna parte.  Escribo porque lo necesito, porque me hace sentir bien, porque aspiro a encontrar lo que busco y porque confío encontrarlo a través de las letras o, quizá, a través de alguno de vosotros. Y escribo y no me gusta; y escribo y lo dejo; y escribo y lo borro; y escribo y dudo.

Dicho esto y bajo el paraguas “no busco otra cosa que mi propio camino”, que me protege y que me hace de colchoncito, repito: detesto leer que llegar a los cuarenta es el tema que más preocupa a las mujeres, y que me incluyan “truquitos” para combatir esas primeras arrugas –encima de simple, mentirosa: a los cuarenta las arruguitas ya van con chicos y beben copas-. Me colapsa descubrir que este tipo cosas inundas blogs, que los escriben sin ningún tipo de gracia, y que los redactan con el ingenio de una niña de nueve años que empieza a descubrir el mundo de los “chicos”. 

Este párrafo que copio a continuación no tiene desperdicio: refleja y conjuga a la perfección todo lo que más detesto en la escritura, en la expresión, en la temática…¡en la vida!
"Estaréis de acuerdo conmigo en que eso de cumplir años se convierte en una gincana contrarreloj. Vamos que el  día antes de cumplir 40, te metes en la cama acojonada pensando (...) si parecerás la abuela de la Fabada. Y no me extraña (...) endiablado numero te empiezas a fijar en los anuncios de cremas,…… joder (…). Eh! Tú!  Si…si,  es a ti, soy el fantasma de tus años, (…)".
No cito la fuente pero sí señalo que, pese a haber omitido alguna que otra frase, el tema no se pierde.  Además, lo dejo con sus expresiones infanticidas, sus faltas, sus “chascarrillos” y sus ingeniosos y nunca vistos guiños al lector. Una joyita. No, no estoy de acuerdo contigo -me dan ganas de decirle ni bien comienzo a leer-, no, no me meto en la cama “acojonada”, ni sé lo que significa un “numero endiablado” –y odio que no le pongas acento-.
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Pido disculpas a las autoras/es-lectoras/es que se sientan agredidas con mis comentarios y asumo que mis "batallitas" admiten millones de calificativos. Pero ¿a quién va dirigido este tipo de "escritura"? ¿De verdad que somos tan simples? ¿De verdad que los cuarenta, las cremas y las arrugas dan para tanto? 


domingo, 31 de marzo de 2013

POR "H" O POR "B", SIEMPRE FUERA


"Estados Unidos estudia ampliar los visados para trabajadores temporales. El nuevo visado permitiría a los inmigrantes trabajar en el país y, al cabo de un año, solicitar un permiso para permanecer de manera legal dentro de sus fronteras". (El País, 31 de marzo 2013).

Vaya, yo me quedo fuera. En este momento mi visado me permite “vivir” en Estados Unidos durante cinco años. Vivir sin trabajar -ya me contaréis qué expectativas de vida puede uno tener  si no le permiten trabajar-. La buena noticia es que el viernes pasado inicié los trámites para conseguir el permiso de trabajo y no parece vaya a tener problemas para que me lo concedan, solo es cuestión de tiempo. De tiempo y de paciencia, claro. Paciencia en su más amplio sentido y en su mayor campo de influencia. Paciencia con todo y con todos.  Otro cantar es la “residencia permanente”. Para eso hay que rellenar otros formularios; y cruzar los dedos;  y rezar tres oraciones; y encender unas velas; y hacer la bandera con un triquini; y tener una padrino. O ser trabajador temporal, claro. Lo dicho, estoy fuera.

Hoy es domingo de Pascua para los católicos y para los supermercados y centros comerciales de Miami. Lo que lees. Durante la Semana Santa no he visto ni un mínimo detalle o gesto que me haya hecho recordar que estaba en esa santa semana. Ni procesiones, ni torrijas, ni ausencia de carne en los menús, ni iglesias atiborradas, ni niños vestidos de domingo, nada.

Por no ver, no he visto ni una de esas “operaciones salida” de tráfico que tanto gusta a los informativos españoles. Abren los telediarios con la “operación salida” y nos llenan la cabeza de datos: número de desplazamientos por carretera, vuelos cancelados de Iberia, carreteras con retenciones, subidas del combustible, ocupación hotelera, etc., etc. Según va terminando la operación salida, nos cuentan el número de accidentes y el número de víctimas y nos las comparan con el mismo período del año anterior. Termina la Semana Santa y lo mismo ocurre pero con la “operación retorno”.

Pues bien, como os decía, ni jueves santo, ni viernes, ni arbolito que te cobije. Nada. Por no tener, no tienen ni vacaciones. Durante estos días de oración y de recogimiento católico aquí no se modifica nada: se trabaja, se va al cole, se come carne, se TODO. Quizá -por decir algo-, hemos recibido a más turistas de lo normal, pero nada grave. Miami vive de vacaciones todo el año.

Con este panorama es comprensible que a mí se me haya ocurrido dejar para el domingo por la tarde el ir al supermercado. Cuatro cositas para comprar: las cuatro cositas básicas para hacer la cena de mañana. Vienen invitados. Bueno, venían. No he conseguido las cuatro cositas básicas. Hoy, domingo de Pascua –parece que hoy sí es Semana Santa-, los supermercados y los centros comerciales cierran. Hoy los 7-Eleven han hecho su agosto. Hoy he decidido que mañana, se cena fuera. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

CUALQUIER COSA

Llega la primavera y con ella el frio.
Son poco más de las ocho de la tarde y sopla un viento que te deja helado.
Acabo de subir a casa y me he enroscado en una mantita de IKEA. 

Con un vestidito muy mono he salido a la calle dispuesta a lucir moreno -cuatro días en Playa del Carmen, Cancún, han hecho efecto en mi piel-, y lo único que conseguido ha sido congelarme.  Así que aquí estoy, de nuevo en casa dispuesta a cambiar mi atuendo y a colocarme los eternos jeans que al parecer no me quieren abandonar. El mito del "hace un calor de la pera en Miami" se me ha caído al suelo. De golpe, desde un onceavo piso. 

El balcón de mi casa serviría para escenificar una escena de esas de pelo al viento, vestido flotando y gorro volando. Hace esquina y tiene forma de ele. Desde el lateral más corto se disfruta de una primerísima vista de la playa y de la brisa, que no es tal brisa, es "brisón". Cae la tarde y los latigazos de aire evitan que uno pueda disfrutar de una rica cervecita mirando el mar o de una lectura placentera mirando los delfines (que no los hay, pero que si los hubiera tampoco lo sabría). 

Segundo día en casa tras las minivacaciones en Cancún y ya tenemos visita. Familia argentina que hace una parada en Miami para hacer compras y, de paso, nos vienen a ver. ¡Genial! Mañana se irán a Playa del Carmen -parece que no somos muy originales por aquí-. ¿Cenar? Fuera. No tengo nada decente para cocinar. Mi despensa está llena de cajas: de galletitas saladas, dulces, con sésamo, de queso, con orégano; de latas de atún, de garbanzos, de guisantes, de palmitos, de foie, de salsas, de maíz; de sobres de sopas; de paquetes de azúcar, de café, de capuccino. ¿Qué puedo hacer de cena con todo esto para cuatro adultos y dos niños? Además, ¿qué comen los niños? No los que vienen -que, por supuesto lo desconozco-, sino en general, ¿qué se le pone a un niño en el plato a la hora de comer? Un misterio.

No existe una comida estándar. No hay un plato de esos que "todos los niños comen". No hay una respuesta tipo que oriente a los que no tenemos hijos. Por lo general, las madres te dicen, "¿mi hijo?, ¡cualquier cosa!" Error. Para una no-madre o un no-padre, "cualquier cosa" es un problemón. ¿Qué carajo es cualquier cosa? Una insiste y vuelve a preguntar: "pero, en serio, dime lo que comen y se lo preparo". Y de nuevo: "no te compliques, mis niños comen lo que sea, cualquier cosa". Imposible que suelten prenda. 

En ese momento pones en marcha el plan "B": llamar a tu madre.

Hola mamá... ¿qué comen los niños?

Del otro lado del teléfono silencio.

¡Mamá!! ¿estás ahí?
Sí, hija, estoy... ¿los niños?... ¿qué niños?

(¿¡Es importante qué niños!!!? ¡Los niños mamá! ¡TODOS LOS NIÑOS DEL MUNDO!)

Los niños de unos amigos, mamá... ¡qué más da!
Pues.. ¿qué edad tienen los niños?

(¡¿Edad?! ¡Yo que sé qué edad! 
¿Qué edad tiene un niño que ya come alimento sólido?¿3? ¿4? ¿5?)

No lo sé mamá... ¡edad estándard! 5, 6, 9, ¡no lo sé!
Pues hija, depende. ¿Qué es para comer o para cenar?

(¿De verdad que eso importa?)

Para cenar mamá, vienen a cenar...YA.
¿Para ahora? Pues no tienes tiempo... Mira hija, yo les haría cualquier cosa.

Llegado este punto de la conversación mi paciencia ha desaparecido y tengo dos opciones: verbalizar mis pensamientos, o dar por terminada la llamada telefónica antes de volverme majareta. Elijo la segunda opción y me vuelvo a quedar sola con mi problema.

Sin tiempo, sin planes, sin estrategia y sin ganas, no te queda otra que dejar que los acontecimientos sucedan sin más, sin preparación, sin planificación. Quizá la cara de esos niños te de alguna pista de lo que les gusta o, quizá, la madre traiga un "potito" que solo tengas que calentar, o quizás el/los niños se cierren en banda y esa noche decidan no probar bocado. Crucemos dedos.


*Publicado el día 27 de marzo, escrito el 26 de marzo. Al final los niños comieron "cualquier cosa". Una maravilla.

jueves, 14 de marzo de 2013

MESSI, EL PAPA Y EL GOLDEN BOY: ARGENTINA PISA FUERTE

Ayer, 13 de marzo, conocimos el nombre del nuevo Papa: Francisco -suponemos quer por Francisco de Asis-. Primer Papa latinoamericano de la historia, primer Papa argentino. Y la comunidad argentina en Miami Beach lo recibió con alegría, con emoción -la combinación argentino+religión+sentimiento es una boma de relojería-, y con asombro. Y por esos caprichos del destino, yo vivo cerca de la calle 71, que es conocida popularmente como la Pequeña Buenos Aires.

Lo descubrí hace hace un par de días cuando encontré a pocas "cuadras" de mi casa la cafetería/panadería "Buenos Aires Bakery". Al entrar no tuve lugar para la duda: facturas, pasta casera, dulce de leche, sandwiches de miga, bases de pizzas, cuernitos, alfajores, tortas de dulce de leche, masitas, etc. Y argentinos. Argentinos charlando con esa pasión en el discurso, con esa sensación de "el tiempo no existe cuando de hablar se trata", con esa manera de cantar las palabras. Y con esa costumbre de siempre ir "de a muchos": padre, madre, hijo, hija, amigo, novia del amigo, bebé (carrito incluido), sobrino que vino de vacaciones, y uno que pasaba por ahí y que saludó a la tropa y que, ya que estaba, se quedó.

Pues bien, ayer muchos argentinos se congregaron en "Buenos Aires Bakery" y en el restaurante "Manolo" que pese a sonar a typical spanish, es made in Argentina. Desde estos lugares siguieron lo que ocurría en El Vaticano a través de pantallas gigantes de televisión. Y fueron testigos de la elección del cardenal de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. Para nosotros Paco, para la historia, Francisco.

Y por las reacciones que vi al conocer la identidad del nuevo Papa podría asegurar que los argentinos, en general, se sienten orgullos con la elección. En general, porque quizá no todos. 

Un argentino que andaba jugando con una factura y su mate en la cafetería comentó que esperaba que Francisco persuadiera al gobierno de la presidenta Cristina Fernández para que cambie su política. 

Parece que empiezo a intuir quiénes son esos "no todos se alegran" por este nuevo Papa celeste y blanco. 

Así que visité la prensa argentina. Y me fijé en los titulares que aludían a la reacción de esos que miran con recelo a Francisco. Y esto me encontré:

Clarín

"Sorpresa en el Gobierno y un saludo frío y formal de la Presidenta"
Le envió una carta y aludió a Bergoglio en un discruso. Los militantes K lo silbaron.
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La Nación

"Horas de sorpresa, fastidio y decepción de la Casa Rosada"
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La Capital

"Una relación tirante con los Kirchner por sus opiniones políticas"
Jorge Bergoglio, flamante Sumo Pontífice de la Iglesia Católico, llegó a ser tildado como "jefe de la oposición" por el ex presidente Néstor Kirchner y ha mantenido durante años una tensa relación con el gobierno.
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La Razón

"Una relación tensa con los Kirchner"
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El Cronista

"La Presidenta lo felicitó y prometió viajar a Roma"
(El titular es más "aséptico" pero, leyendo la noticia, se vislumbra ese "malestar" de los kirchneristas)
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Y parece que todos los titulares apuntan al Gobierno argentino, que da la sensación de no estar muy feliz con la elección de Francisco.

Pero, para ser honestos, son más los que aplauden esta noticia que los que la reciben con malos ojos. En el fondo, el sentir del pueblo argentino tiene que ver con el orgullo, la esperanza y con la emoción. Y quién mejor que el todopoderoso y siempre esperpéntico Maradona para poner la guinda al pastel:

Maradona: "El dios del fútbol es argentino, ahora también el Papa"

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Hace unos días, murió el comandante Chávez y mientras Venezuela lloraba, la comunidad venezolana en Miami lo celebraba.

Ayer, el mundo conoció el nombre y la nacionalidad del nuevo Papa: Francisco y argentino. En Miami, explosión de júbilo, abrazos, esperanza. En Argentina, no todos se alegran.

Y en España... asumiendo la pitada a nuestro Príncipe en el funeral de Hugo Chávez, pero felices porque Paco suena a español, porque estudió en la Universidad del Alcalá, porque por fin escucharemos al Papa hablar claro, y porque Messi -que también es argentino-, es "nuestro".  Y ahí andamos, barriendo para casa como podemos -porque como dice el dicho "quien no corre vuela"-. Y de los españoles en Miami poco puedo decir; me conozco a mí y a otro; y no he hablado con el otro. ¡Ah!, y a uno que es español pero que lleva aquí más de treinta años, por lo que no cuenta.

Dos acontecimientos históricos, seis reacciones distintas, tres nacionalidades.
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Por cierto.... ¿quién diablos es el Golden Boy?

martes, 12 de marzo de 2013

TEORÍA DEL MOMENTO

Tengo un amigo que empieza por "A" y termina por la letra que quiera; porque quiere y porque puede. Es un tipo alto, inteligente y habla catalán. Tremenda combinación. Pues bien, mi amigo que empieza por "A" y yo hemos dado nombre a una teoría:  "La teoría del momento".  

Ayer, en una charla informal, alocada, sincera y con fundamento dijimos ¡eureka!, ¡lo tenemos! El secreto del éxito, la llave de la caja fuerte: NUESTRA VIDA ESTÁ LLENA DE MOMENTOS.   Aquí, delante de nuestras narices tenemos la verdadera clave del éxito. Reconocerlos, clasificarlos, darles nombre y llevarlos al nivel de excelencia puede ser lo que nos saque del saco de lo básico, de lo común o de lo irrelevante, para -por arte de birlibirloque-, convertirnos en seres extraordinarios.

Ni la gestión del conocimiento con sus mapas y sus espinas de pescado; ni la gestión del tiempo con Pareto, Murphy y compañía. Ni Goleman y su Inteligencia Emocional; no. La solución la tiene mi amigo que empieza por "A" y yo, y nuestra "Teoría del momento".

La vida de cada uno de nosotros está repleta de momentos; cada uno elige los que desea vivir, aunque en ocasiones, son los momentos los que nos cazan a nosotros anulando nuestra capacidad de elección. Y he ahí la cuestión, ¿qué momentos son los que sí o sí debemos incluir en nuestras rutinas diarias para lograr el éxito personal y profesional? Palabra mágica: DEPENDE. ¿Y qué  tenemos que hacer en cada momento? Hay que hacer lo que "debemos" hacer.

Palabras sabias.

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Estamos en la era de las teorías huecas; de los remedios mágicos y de las fórmulas milagrosas. ¿Qué hay detrás de este tipo de consignas? ¿Parecemos (o somos) tan idiotas como para hacer pensar a unos pocos que las necesitamos?

Mi(nuestra) "Teoría del momento"podría adquirir cuerpo y pedigrí echándole un poco de sal y pimienta y rociándola con algún personaje de esos que ejercen de imán de masas.  Y se podría convertir en un best seller; en unos de esos libros de autoayuda que todo el mundo admite comprar y que ninguno lee (pero no lo admite). Y conceder entrevistas, y llenar páginas webs y elevar a categoría de Ley nuestro descubrimiento.

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Estas reflexiones aparecen en un día, climatológicamente hablando, pesado de Miami. Una capa de nubes negras techa el exterior de mi apartamento y solo el aire acondicionado evita que mi presión llegue a nivel del suelo. Quizá sea el clima artificial que me he creado o la comida rápida que me he merendado. Quizá estemos presenciando un momento clave de mi vida,  o quizá mi cabreo contenido por las cosas que leo, veo o vivo en propias carnes esté haciendo mella en mi gastado cerebro.

Vaya usted a saber.



viernes, 8 de marzo de 2013

DESMONTANDO MIAMI

Avión Caracas-Miami.
American Airlines.
Hora llegada prevista: 6:15pm
Hora de aterrizaje: 6:15pm
6:45 pm los pasajeros continúan subidos en el avión: la manga del avión no engancha. 
6:50 pm: informan que hay que esperar a "mantenimiento" para arreglar el desaguisado. 

Yo no estoy en el avión; yo estoy esperando al del avión. 
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Edificio Akoya, Miami Beach
Asociación- Mi apartamento.
Llamada de mujer de la Asociación.
Tema: cambio de azulejos de baño.
Petición: ir a elegir el tipo de azulejo.

He ido esta mañana a la Asociación a elegir modelo: uno de tres. He conseguido informarme sobre el tema: no saben cuándo será el cambio, no saben a qué baño corresponde el cambio, no saben cuánto tiempo tomará la "obra", no saben cuántos azulejos cambiarán. Hoy solo tocaba elegir modelo de azulejo. Ya me llamarán. 
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Párking-Edificio Akoya.
2am. Vuelta a casa de una cena. 
Un coche ajeno está en mi plaza de garaje, la de la segunda planta. 
Front desk: me quejo.
Situación: pinta que la solución se va a demorar y hay sueño. Mientras lo arreglan y no lo arreglan aparco en la sexta planta: tengo otra plaza de parking.

El edificio Akoya está cosido a cámaras de seguridad. En la entrada del edificio, en la calle, hay una "garita" con tipos que controlan lo que pasa por ahí. Para entrar en el párking, desde la calle,  cada propietario tiene un mando. Uno entra con su coche en el párking, abre con un mando la puerta, sube a su planta y deja su coche. Las normas del edificio -o sea, de la Asociación-, te obligan a dejar en el salpicadero del coche un sticker personal e intransferible. Para entrar en el edificio desde el párking necesitas otro mando; y una llave;  y hay cámaras. Y para conseguir todos estos mandos, stickers, llaves y leches me han mareado un mes: que si lo tiene que autorizar el dueño, que si este sistema de seguridad necesita la aprobación de patatín, de patatán. Y pasta, mucha pasta.  ¿Para qué? Para que un quien sabe quién aparque en mi plaza de garaje y estos ni se enteren. 
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Aeropuerto Miami.
Control de Pasaportes.
Lunes: miles de personas haciendo cola.
Martes: miles de miles.
Miércoles: Miles de miles de miles.
Jueves: un huevo de gente.
Viernes: dos huevos.
Sábado: una barbaridad.
Domingo: más de lo mismo.

Salir del aeropuerto de Miami es una suplicio. Da igual el día de la semana, da igual la hora del día.  Si no te retienen por cualquier memez, no dejes de calcular entre dos y tres horas salir de ahí. Las colas, los largos pasillos, los innumerables controles, el enorme número de personas que tienen como lugar de destino Miami, la obligación de pasar por migraciones toda persona y recoger el equipaje -aunque esta ciudad no sea su destino final- forman parte del mundo "miaminero".
Y el calor.
Y los cinco dólares que te cobran por un carrito para transportar las maletas.

Mi última vez fueron alrededor de cuatro horas: a todo lo anterior le sumamos una revisión exhaustiva de mi equipaje.
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