Mañana
ya es hoy. Se me ha juntado el lunes con el martes. En hora y media suena el
despertador y comienza una jornada repleta de movimientos y carreras. Menos de siete días para volar: la cuenta
atrás ya ha comenzado y los minutos se cotizan al alza.
Llevo
varios días sin asomar la nariz por aquí, pero como dicen mucho en la tele “la
actualidad manda”. Y a mí, donde me ha mandado es a Bilbao durante el fin de
semana. Un grupete de estudiantes de la UDIMA nos las hemos arreglado para
vernos en la capital vasca; la excusa, mi despedida, pero cualquier otro motivo
nos hubiese venido de perlas. No pienso relatar la aventura, por no aburrir al
personal y porque, en ocasiones, es mejor guardar un recuerdo en la mente y
no volcar todo en un trozo de papel.
Sí me gustaría decir que me ha sorprendido la ciudad: hacía más de diez años que no iba y se
ha transformado en una preciosa doncella. La cuestión gastronómica, inmejorable, como siempre; el norte de España es el mejor lugar del mundo para alimentar a la máquina. La fiesta, de escándalo; de nuevo una noche que se junta con la
mañana y, de esta manera, los días se van pegando como la plastilina: una vez
se han mezclado, imposible separarlos.
Y, por supuesto, lo
mejor: la compañía. Suena a topicazo. Es un topicazo. Pero, también, es la
verdad.
Gracias a todos.
Gracias a todos.
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