El
caos reina en mi casa. Ya huele a mudanza. Cajas, fundas de trajes, pilas de
libros, ropa para regalar, papel “que lo dejo aquí para que no se pierda”,
vaquero elegido para usarse en estos últimos días… Todo un
desorden “organizado”.
Es curioso cómo todo se contagia: primero fueron las maletas las que comenzaron a campar a sus anchas por las habitaciones; luego vinieron las cajas de plástico –“guardatodo”-; a renglón seguido llegaron las cajas de cartón llenas de libros, las carpetas, los juegos de mesa, las raquetas de pádel, los adornos de Navidad, los álbumes de fotos, las velas, los millones de cables –artículo que merecería un capitulo aparte-. En fin, todo apilado con un criterio especial y formando un paisaje insano para los amantes del orden.
Es curioso cómo todo se contagia: primero fueron las maletas las que comenzaron a campar a sus anchas por las habitaciones; luego vinieron las cajas de plástico –“guardatodo”-; a renglón seguido llegaron las cajas de cartón llenas de libros, las carpetas, los juegos de mesa, las raquetas de pádel, los adornos de Navidad, los álbumes de fotos, las velas, los millones de cables –artículo que merecería un capitulo aparte-. En fin, todo apilado con un criterio especial y formando un paisaje insano para los amantes del orden.
Nada saludable para
los locos por el orden, y, por supuesto, para las maniáticas como yo. Conseguir que la taza
roja del MOMA mire del lado de las letras; que la orquídea del salón tape el
agujero de la pared; que las puertas de los armarios estén cerradas; que las
cortinas del salón tengan la misma caída; que el teléfono inalámbrico quede estratégicamente oculto detrás del cuadro para que no se vea, pero se pueda utilizar; o que los vasos de agua no se mezclen con los chatitos de
vino, se ha convertido en una tremenda utopía. Y llegar a esta conclusión y aceptarla, me ha
tomado su tiempo, pero después de sorprenderme a mí misma a las tres me la madrugada
colocando la dichosa taza roja, he tenido que replantearme la estrategia: Patricia,
si no puedes con tu enemigo, únete a él.
Sí,
lo confieso, he sucumbido al caos y al desorden. Al aquí te pillo aquí te mato.
Al empezar ha hacer la comida y terminar tapada de papeles buscando la factura
del último pago de la luz... Porque, parece que haces una cosa, pero no, en realidad, tu cabeza está trabajando en algo muy distinto.
Como
esta mañana.
Desayunaba
en mi terraza a eso de las ocho: un cappuccino con espuma caliente. De lujazo. O casi. De repente, me he acordado del AppleCare
de mi imac: una cajita muy mona tamaño CD, que guarda los teléfonos y las
instrucciones de cómo funciona el asistente de Apple. Hace unos días que tengo
que reiniciar a la manzanita para que funcione el audio, y hace días que tengo
pendiente llamar al asistente de Apple para que me den una solución. A las ocho
y tres minutos subía corriendo las escaleras para llegar a mi despacho.
Juraría que estaba aquí- decía mientras abría la carpeta de “ático
Majadahonda”. Pues no, ni rastro de él. A partir de ahí el agobio ha ido creciendo
y la capacidad de razonar ha desaparecido. He abierto cajas, bolsas, maletines,
carpetas. Nada.
Una
hora de reloj me ha costado encontrarlo.
Sin
saber cómo ha llegado hasta ahí, el AppleCare estaba en un cajón de la cocina; cuidadosamente guardado
entre las instrucciones de uso de la lavadora, del lavajillas, del aspirador,
de la plancha, la tele, la
licuadora... "Folletos" preparados y listos para salir cada uno a un lugar distinto de
España: los de la tele para Valencia –mi hermana se queda el plasma-; los de la
plancha y la licuadora para Gran Canaria –receptora, mi madre-; los del
lavavajillas y lavadora a Madrid -para la chica que me limpia en casa-, etc. A punto he estado de mandar mi "salvador" de problemas de Apple de vacaciones
indefinidas.
Cappuccino
frío. Tarde para pensar en preparar otro. Me doy por desayunada.
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