Pues, a mí no me duele nada, pero a los médicos parece que sí.
Ante la inminente salida del país, pensé que era prioritario añadir a mi lista de cosas por hacer un apartado para médicos: "Médicos para visitar". Cuatro visitas, nada grave- me dije. Pero, lo que prometía ser una tarea rápida y sin importancia se ha convertido en una tos mal curada. Los "ya que" han sido los protagonistas estrella: "ya que te miro esto, pues te miro lo otro"; "ya que has venido, te hago otra prueba"; "ya que te saco un tubo de sangre, te saco dos"; "ya que estamos (...)". Y como todo en la vida, esto, también ha tenido sus consecuencias.
Una
hora de reloj hablando por teléfono sobre médicos me ha abierto los ojos: ya soy mayor. Del otro
lado mi madre, que apenas alcanzaba a insertar tímidos “aha”, “si”, “ah” en mi
acalorado discurso: que si me ha dicho el médico, que si la prueba, que si a mí
también me duele -pero más-, que si bla, bla. Al terminar, he colgado y he
continuado con mi rutina tan ricamente. Como si tal cosa. Como si todo
transcurriera con normalidad. Como si yo fuera la de todos los días.
Ha
ocurrido a la hora del café, justo un par de horas después de la amena charla con mi madre. Andaba yo perdida en mis listas, en mis mis agobios, en mis
“tengo que”, cuando un pensamiento ha logrado devolverme al presente: dentista,
ginecólogo, oculista, médico de Navarra –mi médico de confianza; el que me
cuida, del que me fío y el que pasa consulta en un pueblecito de Navarra,
Estella-. Durante la conversación telefónica hemos pasado –he pasado-, por todos ellos; ni un órgano vital de mi cuerpo se ha
quedado fuera del partido. ¡Por Dios! ¡Parezco la abuela Caponata! -me he dicho.
Muchas
de las mañanas, invierto dos minutos a inspeccionar varios puntos clave de mi
anatomía: cabello, frente y ojos. En el cabello busco canas; ninguna. En la
frente inspecciono las arrugas; de momento, pueden pasar por pequeñas líneas
producto de una subida -demasiado
frecuente- de las cejas. Me estiro un poco la zona y prometo controlar
este movimiento. En los ojos, vigilo
esas famosas “patas de gallo” que como nunca me las han presentado, y no sé cómo
son, pues no me las veo. Aunque, tengo la certeza de que el día que aparezcan con
fuerza, no tendré ninguna duda: sabré que son ellas.
Lo confieso, no son
muchas, son todas las mañanas. Manías.
Pese
a ser consciente de los cambios que la edad te va regalando, nunca -y digo
nunca- había caído que mi “cuando sea
mayor” se había quedado obsoleto. Hasta hoy: las canas, las arruguillas, el
matrimonio, los hijos pueden aparecer casi a cualquier edad; una conversación
de una hora con tu madre sobre dolores, médicos y remedios caseros, no. Ya
soy mayor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario