sábado, 10 de noviembre de 2012

160 MARGARITAS


Una hora invertida, una uña rota y un dedo “herido”  ha sido el saldo que se ha cobrado el desmantelamiento de mi lámpara de margaritas. 

Desde el 2009 ha estado dominando mi habitación y ha sido ella la que ha puesto las reglas: la cabecera de la cama debía de estar a 25 centímetros de la pared y a la misma distancia de la pared derecha que de la de izquierda; meterse en la cama debía hacerse por los laterales, nunca por la parte de los pies y siempre con el cuerpo a 120 grados; al incorporarse, nunca llegar a ángulo recto y siempre estirarse con los brazos en cruz, nunca hacia el techo; en caso de subir las piernas desde la posición de tumbado boca arriba, nunca superar los 70 grados; no abrir las ventanas de par en par los días de mucho viento; controlar las distancias al hacer la cama ya que, fácilmente, pueden ser golpeadas con la cabeza o al sacudir el nórdico o sábana.  Y, defenderlas, siempre defenderlas de todos lo que las acusan de ser demasiado grandes y demasiado incómodas. No saben lo que dicen.

Puedo parecer loca, pero mis 160 margaritas me han otorgado poder en las votaciones familiares. Os explico. Desde que vinieron a casa –desde que yo las traje, porque fui yo la que las rescaté de una triste estantería del IKEA-, han sido protagonistas de momentos importantes: por ellas la habitación principal fue esta y no la otra; por ellas, los colores de la habitación son blanco, violeta -oscuro y claro-  y un toque de pistacho. Además, en los últimos meses, han sido mi gran compañía nocturna: durante las eternas madrugadas en las que el sueño no aparecía y la cabeza no dejaba de maquinar., siempre han estado conmigo.

Con este panorama, negar la importancia de mis 160 amigas,  hubiese sido una osadía y una crueldad por mi parte. Resultado: les otorgué el derecho y el poder del voto. Juntas hemos sido invencibles.

Como muchas de las parejas del globo terrestre, en mi casa,  las decisiones más importantes y los temas más transcendentales se han debatido en la cama ni bien se ha abierto –he abierto- un ojo. Normalmente, los domingos. Y como la mayoría, llegar a un acuerdo –pese a mis grandes dotes persuasivos-, ha sido misión imposible. Misión imposible hasta que ellas entraron en juego: 160 votos que podían inclinar la balanza hacia un (mi)lado. Al principio, esta nueva incorporación se le antojó “injusta” a mi pareja. “Bueno –dije yo- que hablen ellas”. La sorpresa fue que, dirigiéndose a mi contrincante, le gritaron: “¡Ni voz, ni voto!”.  Después de muchas noches de compañía mutua, las margaritas y yo decidimos que el derecho de piso existe, y que si alguien tenía razones para opinar y tomar decisiones, éramos nosotras. Llevábamos mucho tiempo en ese lugar y no íbamos a renunciar a nada. Finalmente, ganamos la pequeña batalla.

Hoy, duermen en una caja. Una a una las he ido retirando de su tallo y envolviendo en papel seda, para que no sufran, no se arruguen y no lleguen lastimadas. Hoy, ya no se escucha su insistente “¡ni voz, ni voto!”.  Hoy,  dejamos de ser mayoría.

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