Lugar: Miami.
Diferencia horaria con península: 6 horas. Con islas Canarias: 5
horas.
Hora local: 8:16 am.
Ayer, después de casi diez horas de vuelo, aterricé en Miami. Me
ahorro detalles del vuelo –largo, pero en business se hace más
llevadero-, de la recogida de las maletas, de los pases por control de
pasaportes, migraciones, aduana, recogida de coche… A las dos de la tarde –hora
local-, el avión tocaba suelo y a las cinco llegaba al apartamento en Brickell
(Miami).
Es la tercera vez que vengo a Miami y, ¿soy sincera?
Impactante. Mejor os describo lo que me habían reservado para darme la
bienvenida. Comenzamos.
Una obra brutal dulcifica las
vistas de mi terraza.
En recepción, después de decirnos que
no nos encontraban, me entregan un sobre con UN juego de llaves: puerta del apartamento y un mando
imprescindible para abrir todo (ascensores, puertas, parking, etc); parece ser que mi pareja y yo tenemos que vivir como siameses. Al
preguntar por otro, el recepcionista me regala una subida de hombros. Ale, y
date por respondido.
Continúo.
Los pasillos tienen moqueta.
Arrastrar ocho maletas envueltas en plástico por ese terreno es como tirar de
un muerto. Tres viajes para subir todo al apartamento.
Interior del apartamento.
Cocina grande y equipada. Ok.
Habitación grande y con moqueta. Bueno.
Vestidor grande y con diez perchas: me cuelgo la ropa en donde yo
me sé.
Baño grande y antiguo con armario espacioso: las baldas del
armarito son de rejilla, cualquier cosa que no sea tamaño XXL se cuela por la
rendija. La ducha, decente, pero nada del otro jueves.
Retrete. Capítulo aparte.
Iluminación. Puntos de luz pensados por un maqui discotequero de
la ruta del bakalao: ninguno alumbra donde tiene que hacerlo. Sin palabras
Primera impresión: salir corriendo.
Pero como yo soy una tía positiva, nada de esto impidió que
deshiciera maletas, colocara la ropa, los zapatos y los dos marcos con fotitos
que me regaló mi madre. Hogar, dulce hogar.
Sin perder tiempo, fui al banco, al supermercado y a recorrer la
zona. Bien, todo muy bien. A eso de las nueve de la noche salí a cenar.
Once de la noche. Mi pareja tira de la cadena del baño y se inunda
todo. Los detalles son innecesarios. Crisis de las gordas. El de mantenimiento
vive a hora y media en coche de mi edificio. En recepción no saben más que
subir hombros. Mis ojeras, mi tos, mi cansancio y mi mala leche se multiplican
por segundos.
A la una de la madrugada (para mi cuerpo ya eran las siete de la
mañana) me voy de excursión por el complejo, buscando el baño de la piscina.
Cómodo, ¿no?
A la 1:30 am, el cansancio es brutal y bajo los brazos: el de
mantenimiento llegará a las ocho de la mañana. Me caigo en la cama y cierro los
ojos.
Ya es mañana y ya han arreglado el baño. Ahora me peleo para que
vengan a limpiar, para que me den otro juego de llaves y para que arreglen el
teléfono que, cómo no, it doesn´t work.
¿Quién dijo que iba a ser fácil?
Sorry...pero USA no era el primer mundo?????....perdón pero mi mala predisposición a esas tierras y esas gentes se agudizan al leer este post....mucha suerte amiga y que cambie todo pronto!!!!
ResponderEliminarjajajaja! Ana, hoy han desfilado ya cuatro responsables por aquí...ahora me van a cambiar los muebles!!! Será que aquí cometen errores como en todo el mundo, pero la diferencia es cómo los solucionan!! ais... Beso gordooo!!
EliminarÁnimo con tu aventura americana!! Los principios siempre son duros cuando realizas un cambio tan importante pero estoy segura que serás capaz de superar todos los contratiempos. Mucha suerte y solo espero que sigas contándonos tus experiencias desde allí, las malas y las buenas que, estoy segura, disfrutarás a partir de ahora.
ResponderEliminarGracias Rosa, ahí seguiré, prometo también contar las buenas. Un abrazo.
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