Segundo
día de mudanza. Estoy en un rincón de la casa intentando encontrar la señal de Internet. Se supone que dan de baja el servicio mañana día 30, pero se ve
que lo van “apagando” paulatinamente. En fin, las típicas historias que
tiene uno con los operadores de telefonía.
Segundo
y último día de la mudanza y, además de terminar de empacar todo, toca bajar cajas al camión. Todo apunta a que voy a tener compañía en casa todo el día.
Por más
que no es la primera mudanza internacional que hago, no me acostumbro. Desde que tengo
todo patas arriba las “desapariciones” de artículos varios se han multiplicado
en mi hogar. Par de calcetines recién plegados y apartados para “luego me los
pongo”, taza para “luego me tomo un café”, fundas para “luego guardo un par de
almohadas”, camiseta de deporte para “luego ir al gimnasio”. Está claro que
alguien se está haciendo un fondo de casa con mis “luegos”. Y como no me queda más
humor para enfadarme, o para buscar por un cementerio de cajas, tiro de una bolsa que
tengo con "ropa para dar". Y me disfrazo. Para el café y demás, pues, me
aguanto –no es cuestión de utilizar el bote de los cepillos de dientes, que,
curiosamente, no desaparece ni queriendo-.
Las
diez y mi amigo sigue solo haciendo cajas. Yo no lo veo. Prefiero no verlo. Es
una cuestión de salubridad y prevención: cuido mis nervios. Solo le escucho
resoplar. Yo también resoplo, pero por dentro. Paciencia.
A
las diez y media han llegado los refuerzos. Buena hora: tiempo para dormir,
para desayunar y para echarse un piti. Yo, en cambio, ni me he quitado la
legaña. Desde las siete que estoy arriba: recoge cama, vacía armarios de
comida, dobla las últimas toallas… Pero, ellos… ellos no ¿para qué? Si ellos solo son los que hemos
contratado para hacer la mudanza.
Rectifico: a las diez y media han tocado el timbre del portal. A las 10:40, todavía no han subido. A las 10:45 suben los refuerzos: un tipo. Voy a salir de mi rincón . Ya es hora de poner orden.