Una
hora invertida, una uña rota y un dedo “herido” ha
sido el saldo que se ha cobrado el desmantelamiento de mi lámpara de
margaritas.
Desde el 2009 ha estado dominando mi habitación y ha sido ella la
que ha puesto las reglas: la cabecera de la cama debía de estar a 25
centímetros de la pared y a la misma distancia de la pared derecha que de la de
izquierda; meterse en la cama debía hacerse por los laterales, nunca por la parte de los pies
y siempre con el cuerpo a 120 grados; al incorporarse, nunca llegar a ángulo
recto y siempre estirarse con los brazos en cruz, nunca hacia el techo; en caso de
subir las piernas desde la posición de tumbado boca arriba, nunca superar los
70 grados; no abrir las ventanas de par en par los días de mucho viento;
controlar las distancias al hacer la cama ya que, fácilmente, pueden ser
golpeadas con la cabeza o al sacudir el nórdico o sábana. Y, defenderlas, siempre defenderlas de todos
lo que las acusan de ser demasiado grandes y demasiado incómodas. No saben lo
que dicen.
Puedo
parecer loca, pero mis 160 margaritas me han otorgado poder en las votaciones
familiares. Os explico. Desde que vinieron a casa –desde que yo las traje,
porque fui yo la que las rescaté de una triste estantería del IKEA-, han sido
protagonistas de momentos importantes: por ellas la habitación principal fue
esta y no la otra; por ellas, los colores de la habitación son blanco, violeta
-oscuro y claro- y un toque de pistacho.
Además, en los últimos meses, han sido mi gran compañía nocturna: durante las
eternas madrugadas en las que el sueño no aparecía y la cabeza no dejaba de
maquinar., siempre han estado conmigo.
Con
este panorama, negar la importancia de mis 160 amigas, hubiese sido una osadía y una crueldad por mi
parte. Resultado: les otorgué el derecho y el poder del voto. Juntas hemos sido
invencibles.
Como muchas de las parejas del globo terrestre, en mi casa, las decisiones más importantes y los temas más transcendentales se han debatido en la cama ni bien se ha abierto –he abierto- un ojo. Normalmente, los domingos. Y como la mayoría, llegar a un acuerdo –pese a mis grandes dotes persuasivos-, ha sido misión imposible. Misión imposible hasta que ellas entraron en juego: 160 votos que podían inclinar la balanza hacia un (mi)lado. Al principio, esta nueva incorporación se le antojó “injusta” a mi pareja. “Bueno –dije yo- que hablen ellas”. La sorpresa fue que, dirigiéndose a mi contrincante, le gritaron: “¡Ni voz, ni voto!”. Después de muchas noches de compañía mutua, las margaritas y yo decidimos que el derecho de piso existe, y que si alguien tenía razones para opinar y tomar decisiones, éramos nosotras. Llevábamos mucho tiempo en ese lugar y no íbamos a renunciar a nada. Finalmente, ganamos la pequeña batalla.
Como muchas de las parejas del globo terrestre, en mi casa, las decisiones más importantes y los temas más transcendentales se han debatido en la cama ni bien se ha abierto –he abierto- un ojo. Normalmente, los domingos. Y como la mayoría, llegar a un acuerdo –pese a mis grandes dotes persuasivos-, ha sido misión imposible. Misión imposible hasta que ellas entraron en juego: 160 votos que podían inclinar la balanza hacia un (mi)lado. Al principio, esta nueva incorporación se le antojó “injusta” a mi pareja. “Bueno –dije yo- que hablen ellas”. La sorpresa fue que, dirigiéndose a mi contrincante, le gritaron: “¡Ni voz, ni voto!”. Después de muchas noches de compañía mutua, las margaritas y yo decidimos que el derecho de piso existe, y que si alguien tenía razones para opinar y tomar decisiones, éramos nosotras. Llevábamos mucho tiempo en ese lugar y no íbamos a renunciar a nada. Finalmente, ganamos la pequeña batalla.
Hoy,
duermen en una caja. Una a una las he ido retirando de su tallo y envolviendo
en papel seda, para que no sufran, no se arruguen y no lleguen lastimadas. Hoy,
ya no se escucha su insistente “¡ni voz, ni voto!”. Hoy, dejamos de ser mayoría.
Muy bueno!!!!!
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