Desde
hace días que observo como infinidad de padres asaltan los llamados “todo a
100” o “chinarros” para llevarse disfraces de vampiresas, zombis, dientes postizos, vísceras de goma… Un repertorio de artículos “asquerosos” que lucirán ellos y, sobre todo, sus
queridos y amados hijitos. Por cierto, y no quiero desviarme del tema, pero no
puedo evitarlo: compran en esas tiendas que luego critican porque un tal Chao Pin-Pin, alias “El Emperador”, es un tipo muy, muy “malo”. Pero, volvamos a la noche de los muertos.
En
España, ya son muy pocos los que recuerdan este día como la víspera del día de
Todos los Santos: jornada reservada por y para los que ya no están con nosotros. Con los años, la fuerza y la espectacularidad de la calabaza, de los
disfraces, de los niños corriendo de casa en casa para conseguir “chuches” ha
ido comiendo terreno a esa estampa gris y melancólica que suponía la visita a
los cementerios.
Y
cada año, como pasa con todas las fiestas llamadas a hacer buenas cajas, Halloween
llega antes. Compañías de teatro que aprovechan el tirón para representar sus
obras en cementerios, parques de atracciones que se llenan de muertos vivientes
en cuanto pisamos el 25 de octubre; secciones de verduras atiborradas de calabazas; pastelerías que
venden magdalenas de la muerte… Y uno tiene que hacer esfuerzos para ser inmune
a todo esto.
La
influencia de la televisión y el cine ha hecho popular la celebración de
Halloween. De esta manera, hemos sido testigos de cómo en los Estados Unidos los niños salen la noche
del 31 disfrazados para ir de puerta en puerta pidiendo golosinas: el trick or treat -costumbre que se
popularizó en el país a principios del siglo XX-. En España, los niños
directamente piden golosinas y se ahorran dar opciones. Aquí, somos más de
disfrazarnos y salir a “quemar la noche” los más mayores, o de reunirnos familias enteras para celebrar juntos esta fiesta importada, vestidos de la Familia Monster, o de la de Los Picapiedra versión zombi.
Sin
embargo, la festividad –como muchas de las cosas que los americanos hacen
propias-, no tiene sus orígenes en los
Estados Unidos.
Muchos
historiadores ubican los orígenes del Halloween
en los tiempos del Imperio Romano, en las fiestas en honor a Pomona, diosa
romana de las frutas y las semillas, y en el festival de los muertos llamado
Parentalia. Sin embargo, la teoría más aceptada es la que dice que tiene sus
orígenes en el antiguo festival celta conocido como Samhain. Los celtas creían que en la fecha del Samhain, la brecha que separaba al mundo de los vivos del de los
muertos se estrechaba más que en cualquier otro día del año. Esto permitía a
los espíritus pasar al mundo de los vivos, por lo que los celtas vestían
máscaras y disfraces para imitar y complacer a estos espíritus que, según
creían, podían ser tanto inofensivos como dañinos.
La
palabra Halloween surge en el siglo
XVI como una variante escocesa de All
Hallows Eve -Víspera de Todos los Santos-;
festividad cristiana celebrada el 1 de noviembre. ¡Vamos, nuestro día de
Todos los Santos de toda la vida!-. Poco a poco, Halloween fue adoptando algunos elementos de la celebración celta,
sobre todo los disfraces y los samhnag. Para ahuyentar a los espíritus
dañinos, los celtas utilizaban samhnag: nabos ahuecados dentro de los cuales se colocaban velas. Pues bien, en Norteamérica reemplazaron los nabos por
calabazas porque tenían muchas más
cantidad, y porque su tamaño era mayor y las podían tallar mejor.
Y
los españoles, pues, hemos abrazado la fiesta con mucho amor y dedicación,
porque pese a la crisis, al frió, al “qué pena tengo que no tengo ni para
pipas” nos gusta la fiesta más que a un tonto un caramelo.
Ya
me puede empezar a gustar a mí estas cosas, porque si aquí se celebra, en los
US ¡es una cuestión de Estado!