Por los cascos que tengo enganchados al MacBook escucho a Pedro Piqueras, y me entero de que en Viella -pueblo asturiano-, las riadas están siendo protagonistas de este verano que no termina de cuajar. La zona pirenaica española está en la UCI.
La madrugada del sábado al domingo fui testigo del terremoto que azotó a la Ciudad de México. Testigo de primera mano.
El domingo, D.F. nos recibía con una gran tormenta que dio paso a un sol sahariano. Pero, no, no señores, eso del cambio climático es una gran sandez (...).
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Volvamos al sábado 15 de junio. La jornada comenzó a las 9 de la mañana desayunando en
Havanna -cafetería muy conocida en el país del tango-, un rico café con leche, un "tostado" y un tentador -aunque no del gusto de la que escribe-, alfajor de chocolate. En honor a mi marido, nos fuimos a respirar aire argentino en tierras aztecas.
A las 10 de la mañana nos esperaban para ir a visitar las pirámides de Teotihuacan: Sol y Luna. El trayecto nos tomó algo más de una hora y pude ver las grandes diferencias de esta preciosa ciudad: tras salir de Polanco -barrio residencial-, conducir por el paseo de la Reforma, ver "El Ángel", dejar a la izquierda la catedral y agarrar la autopista, el paisaje se transforma y la cruda realidad mexicana te golpea con la palma abierta para no dejar marcas: las montañas y colinas que bordean el asfalto están cultivadas con millones de "casas" que cubren de gris lo que en algún momento debió ser verde. Uno, desde su coche, hasta puede tocar con la mano la primera línea de casas que perfilan la carretera. Ellas encabezan un ejército de millones de chabolas que custodian la capital mexicana y que cubren toda la superficie montañosa. Es muy difícil explicarse cómo accederán a sus guaridas los que viven en lo alto de la colina (...). En la wiki se habla de algo más de ocho millones de habitantes, aunque yo tengo entendido que superan con mucha holgura los veinte.
Y el "Sol" y la "Luna" no defraudaron. Majestuosas. Nunca me perdonaré no haber traído la cámara de fotos. Debí llevarla, y no los dos libros de la facultad que están muertos de la risa en la habitación del hotel. En fin, cosas que pasan por ser responsable y por no llevar más que una maleta de mano para no tener que facturar. Quizá en julio vuelva, pero eso será otra historia.
La pirámide más imponente es Sol: 63 metros de altura que le permiten ser vista desde varios kilómetros a la redonda. Por suerte, durante toda la visita, nos acompañó un airecito fresco y una nube que, de vez en cuando, nos tapaba el sol y nos hacía la vida más agradable. ¿Que si subí? ¡Pues claro!! ¡Todavía tengo agujetas! Unos escalones que te obligaban casi a apoyar las manos para "escalarlos" han conseguido que mis piernas y glúteos recuerden al Sol y la Luna durante días... Para subir, lo mejor que podías hacer era no mirar hacia arriba: ojos clavados en tus pies para no desanimar al espíritu al vislumbrar todo lo que te quedaba para llegar a la cima. Por suerte, "Sol" está formada por cinco cuerpos, y eso nos permitió tomar aire de tanto en cuando.
Más complicada fue la bajada para Patricia: las escaleras y yo tenemos una estrecha, larga y muy tormentosa historia de amor. Parece que el tiempo ha cerrado heridas y la prueba la superé ¡divinamente!
Como en todo lugar de atractivo turístico que se precie, nos encontramos con un poco de todo: gente super motivada y equipada como si fueran a escalar el Everest; familias con todos los eslabones de la cadena: abuela, hija, yerno, tía, hijos, amiga de la hija y amigo de cartas del padre. Y todos trepando por la pirámide al ritmo de grititos, de resoplidos, de chistes malos y de gracias grotescas. Sí, ya lo sé, soy incorregible. Pero apuesto a que sí estaréis de acuerdo conmigo, cuando afirmo que subir una pirámide con tacones es -diría un taco, pero no quiero caer en la vulgaridad tan abundante en la blogosfera-, una soberana estupidez. Lo siento, lo siento, pero ¿se puede definir mejor con otra palabra?
Subimos bajamos; subimos y bajamos. Sol y Luna liquidadas. Hora de ir a comer. Teníamos reservada mesa para tres en un restaurante-cueva que nos había recomendado quién sabe quién. Subimos al coche y, al salir del parking, preguntamos por la forma már rápida de llegar a la "cueva" a un tipo que parecía custodiar el recinto. ¡Yo quiero a este hombre para mi departamento de márketing o fuerza de ventas!
Buenas tardes señor, disculpe, ¿nos podría indicar cómo llegar al restaurante "La Cueva"?
Buenas tardes, un gusto: aquí, "no más",
todo recto y a la derecha en la puerta cinco. ¿Van a comer?
Sí
Uhmmm... no sé... en los alrededores hay más restaurantes, mejor precio y muy higiénicos (...)
Ah (¿qué habrá querido decir con "muy higiénicos"??)
(...) La cueva está bien, es... eso, una cueva. Pero, claro, se pueden encontrar ratones... y ya habido muchos casos de salmonelosis... pero ustedes verán...
Ehhmm...gracias buen hombre, gracias...
Que te digan que los ratones corren a sus anchas por la cueva, tiene un pase; pero ¿quién se arriesga a pillar una salmonelosis en suelo extraño? Cambio de planes, la Cueva pasó a mejor vida.
Después de tantos recaudos para no comer en un lugar dañino para salud, caímos en uno dañino para el espíritu: platos que venían a la mesa y se iban en segundos. Unos por picantes -pese a pedir "no picante"-; otros por fríos -comerse un queso derretido frío es como merendarse un paquete de Bang-Bang-; y otros por puro vicio (jajjaj). Pese a todo, la compañía era genial, el espíritu estupendo y la excursión nos estaba encantando.
Siguiendo los consejos de uno que vive hace tiempo en esta ciudad, no hicimos sobremesa y a las tres y media iniciamos el camino de vuelta al hotel. Logramos engañar al temido tráfico mexicano y sobre las cinco de la tarde ya estábamos descansando en la habitación. En realidad, mi marido descansaba y yo navegaba por la red hasta que me dieron la orden de salir corriendo en busca de un camión de ibuprofenos para combatir un horrible dolor de cabeza. Así que, sin darme ni cuenta, me encontré en la calle buscando una farmacia que estuviera abierta.
Solucionado el problema de la cabeza nos fuimos a recorrer la ciudad -no quiero hacer esto eterno: fue un lindo paseo-.
A las doce de la noche, ya estaba yo en la cama dispuesta a leer algún periódico digital que me sirviera de somnífero -tipo el Confidencial-. Y surtió efecto, porque a minutos de la una de la madrugada un rugido de oso polar amplificado por el eco de una gruta me despertó. Me quedé flipada: el edificio se movía. Desde un piso 35 el balanceo se multiplica por mil. De un manotazo desperté a mi marido:
¿Qué es esto?
Un terremoto
Ah...
A mí me pareció que duró horas. Por fin, el movimiento se terminó y el edificio dejo escapar un rugido más intenso. Luego me explicaron que eso era señal de que se había vuelto a colocar en su lugar. ¡Vaya!, me quedo mucho más tranquila.
Impactada por el episodio me dormí barajando la posibilidad de calzarme los vaqueros por si vivía una replica del seísmo y tenía que salir corriendo. A las cuatro de la madrugada abrí un ojo: tenía la sensación de haber tenido un mal sueño y, rápidamente, me fui a buscar a mi amigo Google. Escribí en la barra de búsqueda: "Terremoto en México D.F". Los titulares no daban cabida a la duda:
La Opinión.com
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Esta mañana, otra noticia que he leído en El País.com me ha dejado pensativa:
Los expertos están convencidos de que se avecina uno de gran magnitud
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En una hora me vienen a buscar para ir a ver lucha libre mexicana; confiemos en el "no atino" de los expertos...