jueves, 27 de junio de 2013

UN POCO DE HISTORIA, O NO

No debería. 

¡Qué ganas tengo de venir a España por otro motivo que no sean "exámenes"!

No debería, pero me da igual. 

A menos de 48 horas de empezar con los exámenes y lo único que me motiva es que ya queda menos para terminar. 

No debería, me da igual y vuelvo al ojo.

Con la que está cayendo, quizá no sea de recibo que me queje por tener que estudiar; pero me da igual: me quejo. En realidad, me quejo por no tener los exámenes mañana mismo. Hoy me daría el enorme atracón, mañana lo descargaría y el resto del fin de semana... ¡ancha sería Castilla! 

Pero Castilla es estrecha; y mucho. Y me queda un año más. El último. No puedo esperar a verlo llegar. Lo sueño, lo siento, lo quiero. Fíjate, con lo cotizado que está el año, y yo matando porque llegue el 2014... no puede ser.

Otra cosa es Aragón. El Reino de Aragón es ancho y largo. Y la mayor parte de mi tiempo estoy con y en él. Por eso no me quejo. Y como ancho y largo que es, ayer me dejó pasar una tarde muy divertida con mis dos sobrinas. Y con mi hermano. Y con una de mis hermanas. Y sacamos fotos. Y fuimos al McDonalds. Y jugamos a "¿a que te adivino el número que estás pensando? Di un número del uno al diez (...)". Y lo pasamos bien. 

Y hoy en Aragón juega la selección española. Y ahí estaremos. Con cautela, con prudencia, que luego toca Castilla. 



sábado, 22 de junio de 2013

MI "CARNE" NO ES ESA

La muñeca izquierda está con problemas. Y sus problemas me afectan. A las seis de la mañana me ha despertado y no he podido obviarla: hemos ido a comprar una muñequera para amordazarla y no escucharla. Sigue gritando, pero menos. 

¿Por qué utilizan el color "carne"? El color carne, en general. Cuando la imitación no es perfecta, yo aconsejo irse al otro extremo: un rojo, un negro, un violeta. Si la intención es que "no se note" que lo llevo, pues, la intención es buena, pero se queda en eso, en "intención". No puede haber algo más espantoso que una ropa interior color carne, fajas color carne, medias color carne... y muñequeras color carne. Mi "carne" no es de ese color; de serlo, me tendrían que meter en un cajón y tirar al océano, al tiempo que agitan las manitas a modo despedida. 

No debería escribir, porque me duele, pero no le puedo dar tregua a la maldita muñeca: tiene que dejar de doler en cuestión de cuartos de hora. Si la tengo muy en cuenta, se acostumbra, se relaja y puede estar incordiando durante días con tal de acaparar toda mi atención. Es ella, o yo. 

Me he pasado un buen rato probándome diferentes modelos de las dichosas muñequeras; todo para evitar comprar la que mejor me sujetaba y más me aliviaba, que, cómo no, era y es de ese color marroncito claro que tanto detesto. Al final, he tenido que sucumbir porque los otros modelos, pese a ser negros, eran muy incómodos. 

Ahora, solo me queda esperar que el tono de esta cinta elástica adquiera ese tonito a "guarro" tan característico de estos complementos inesperados: el roce y la suciedad del aire se encargarán de tunear esta muñequera para que el marroncito se transforme en un "marroncito ceniza" con zonas perfiladas de negro. De lujazo.

jueves, 20 de junio de 2013

SI VAS A COMER, LÉELO LUEGO

La cabeza me va a mil por hora. Cada vez que me pongo a escribir me acuerdo de un profesor que impartió un taller de escritura, al que asistí hace unos años: olvídate de los lugares comunes; no corrijas; no te impongas resultados; lo prescindible sobra; dibuja imágenes con palabras; no aspires a la excelencia; no seas rebuscada, ni pretenciosa en tu lenguaje; no engañes al lector; no seas muy previsible; impón ritmo a tu relato; no imites; olvídate de la página en blanco, del bloqueo y ¡escribe, leche!

Esa voz interior me persigue por todos los rincones del mundo. No hay manera de despistarla, ni de bajarle el volumen. Siempre está ahí. A veces me dedico a destripar mi cerebro para intentar descubrir qué tengo ahí dentro. Agarro un extremo del ovillo y empiezo a desenroscar.  Es asqueroso, lo sé;  pero imagino un intestino retorcido que empieza a adoptar la forma de una larga regla. Una vez extendido, agarro una pequeña cuchilla y lo disecciono. Y me recuerda a cómo mi madre abría las salchichas y las cocinaba sobre una plancha para, después, meterlas en un trozo de pan. Mucha materia. Demasiada información que no alcanzo a entender. 

Así que me tiro a la escritura y me entrego a la diosa fortuna con la esperanza de que, algún día, sea capaz de encontrar lo que busco; que no es otra cosa que dar con la clave que active el modo: "me entiendo a la perfección". No seamos pretenciosos, con un "me conozco a la perfección" nos conformamos. 

Con estas paranoias en mi cabeza me dedico a correr, a comer, a leer, a ver tele, a pasear, a conducir, a remar, a planchar, a escuchar música, en fin, a todo. En ocasiones me cuelgo, y me atasco en alguna curva de ese largo cerebro-intestino. ¿Y si se rompe?

Son casi las diez de la noche y, por suerte, ya he cenado; no sería capaz de probar bocado con la imagen de un intestino abierto de par en par y cocinado a la espalda. Ahora que lo pienso, creo que no seré capaz de comerme, jamás, otra salchicha.

Las miles de horas que paso conmigo misma me han permitido desarrollar una capacidad enfermiza para dialogar en silencio. Por suerte, siempre me ato con una cuerda a la realidad y cuando estimo que la locura está llegando al umbral de la enfermedad crónica e irreversible, tiro de ella y vuelvo al mundo de los vivos y de los de carne y hueso. En ocasiones, suelto la cuerda más de la cuenta y experimento. Todavía no soy capaz de desconectar al cien por cien, pero trabajo en ello.

Miro de nuevo el reloj: faltan dos para las diez. Ya está. Ya he vuelto. Ya estoy aquí. De nuevo en Miami, y me acuerdo que tengo que idear la manera de hacer cena para uno, sin tener algo en la nevera. Macarrones. Unos suculentos macarrones. Sin carne. Sin salchichas. Sin materia gris.


¿NO HAY PÍLDORA PARA EL DÍA DE DESPUÉS?

Padezco el síndrome del "día de después". Ayer llegué a Miami tras seis días en la Ciudad de México. Hoy, todo me viene mal. Todo pasa a destiempo. Todo es inoportuno y espeso. 

Ayer volví. Por la noche. A las once. Entré en casa, dejé las maletas y me fui a cenar. Nada especial, nada de "jo, ¡que super cena!". Después de un café con leche a la una de la tarde, mi cuerpo no había visto nada de alimento, así que a las once de la noche "casi" cualquier cosa me venía bien. 

A las doce ya estaba de vuelta. Y a las doce y cuarto, leía la prensa debajo de las sábanas. Esta vez elegí otro digital, no quería quedarme frita antes de empezar. Pretendía informarme, y las "confidencias" de algunas webs con formato de periódico digital son buenas para ese "momento cotilla" que todos llevamos dentro, pero para poco más. La cuestión es que apenas fui consciente de lo que me rodeaba. El cansancio, el hambre y las ganas de llegar consiguieron que mi mente solo pensara en eso, en llegar a casa. 

Otro cantar es el "día de después", es decir, hoy.

A las cuatro de la mañana me han despertado los truenos y relámpagos de la tormenta número ene de Miami. Prometo que no exagero si digo que son "monumentales", ruidosas, luminosas... lo prometo; pero me ha dado cuenta de que esto, aquí, es el pan de cada día, así que voy a dejar de ser mujer de boina y garrote, y trataré estos temas climatológicos con total normalidad. Ha caído una tormenta de tres pares, pero todo de lujo. 

Se ve que me he vuelto a dormir, porque cuando he mirado de nuevo el reloj eran las cinco y media de la mañana; ahora era mi marido el que andaba "trasteando" por la casa. Otro que tal baila. No he querido levantarme, me he concentrado para no escuchar nada y me he quedado frita. 

Y a la tercera va la vencida: a las siete de la mañana me he levantado. Ni me he quitado la legaña del ojo. Ni me he ordenado el pelo. He abierto la puerta de mi habitación, y he querido salir corriendo. No me daba la vida para correr; me he conformado con volver a cerrar la puerta. 

No lo puedo soportar; el desorden me sube todos los niveles del cuerpo: el del stress, el del mal humor, el de la glucosa, el del colesterol... ¡todos! Porque, el "día de después" la casa está más sucia que cuando uno la dejó, y el desorden es más evidente. Encima, lo que en la noche de tu llegada te pareció una buena idea -dejar la maletas tiradas en medio del salón, los pasaportes, los pesos, la gafas de sol, el suéter por si hace frío en el avión, el papel del chicle, el libro para el viaje, etc.-, el "día de después" te resulta una pesadilla. 

Son las tres de la tarde en Miami y tengo un sueño que me muero. He puesto lavadoras, he tendido ropa, he saltado mil veces los zapatos que ayer mi marido dejó en medio del salón -contengo mis ganas de meterles una patada y tirarlos por la ventana-, he planchado, he recogido y, entre medias, me he recordado frente al espejo: "tienes que abrir un libro". Es lo máximo que me he acercado al estudio en las últimas semanas. 

Arrancada la maleza del jardín, ya veo tierra firme y ya puedo iniciar, de nuevo, la operación "armado de maletas". Pero me muero de sueño. Cierro los ojos. Cuando los abra, el síndrome habrá pasado y el día volverá a ser deliciosamente gris. Y, con la normalidad como única compañera, volveré a llenar las maletas, a preparar documentos y a pensar en el estudio. 



martes, 18 de junio de 2013

YO TIEMBLO, ¿Y TÚ?

Por los cascos que tengo enganchados al MacBook escucho a Pedro Piqueras, y me entero de que en Viella -pueblo asturiano-, las riadas están siendo protagonistas de este verano que no termina de cuajar. La zona pirenaica española está en la UCI. 

La madrugada del sábado al domingo fui testigo del terremoto que azotó a la Ciudad de México. Testigo de primera mano.

El domingo, D.F. nos recibía con una gran tormenta que dio paso a un sol sahariano. Pero, no, no señores, eso del cambio climático es una gran sandez (...).
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Volvamos al sábado 15 de junio. La jornada comenzó a las 9 de la mañana desayunando en Havanna -cafetería muy conocida en el país del tango-, un rico café con leche, un "tostado" y un tentador -aunque no del gusto de la que escribe-, alfajor de chocolate. En honor a mi marido, nos fuimos a respirar aire argentino en tierras aztecas. 

A las 10 de la mañana nos esperaban para ir a visitar las pirámides de Teotihuacan: Sol y Luna.  El trayecto nos tomó algo más de una hora y pude ver las grandes diferencias de esta preciosa ciudad: tras salir de Polanco -barrio residencial-, conducir por el paseo de la Reforma, ver "El Ángel", dejar a la izquierda la catedral y agarrar la autopista, el paisaje se transforma y la cruda realidad mexicana te golpea con la palma abierta para no dejar marcas: las montañas y colinas que bordean el asfalto están cultivadas con millones de "casas" que cubren de gris lo que en algún momento debió ser verde. Uno, desde su coche, hasta puede tocar con la mano la primera línea de casas que perfilan la carretera. Ellas encabezan un ejército de millones de chabolas que custodian  la capital mexicana y que cubren toda la superficie montañosa. Es muy difícil explicarse cómo accederán a sus guaridas los que viven en lo alto de la colina (...). En la wiki se habla de algo más de ocho millones de habitantes, aunque yo tengo entendido que superan con mucha holgura los veinte. 

Y el "Sol" y la "Luna" no defraudaron. Majestuosas. Nunca me perdonaré no haber traído la cámara de fotos. Debí llevarla, y no los dos libros de la facultad que están muertos de la risa en la habitación del hotel. En fin, cosas que pasan por ser responsable y por no llevar más que una maleta de mano para no tener que facturar. Quizá en julio vuelva, pero eso será otra historia. 

La pirámide más imponente es Sol: 63 metros de altura que le permiten ser vista desde varios kilómetros a la redonda. Por suerte, durante toda la visita, nos acompañó un airecito fresco y una nube que, de vez en cuando, nos tapaba el sol y nos hacía la vida más agradable. ¿Que si subí? ¡Pues claro!! ¡Todavía tengo agujetas! Unos escalones que te obligaban casi a apoyar las manos para "escalarlos" han conseguido que mis piernas y glúteos recuerden al Sol y la Luna durante días... Para subir, lo mejor que podías hacer era no mirar hacia arriba: ojos clavados en tus pies para no desanimar al espíritu al vislumbrar todo lo que te quedaba para llegar a la cima. Por suerte, "Sol" está formada por cinco cuerpos,  y eso nos permitió tomar aire de tanto en cuando. 

Más complicada fue la bajada para Patricia: las escaleras y yo tenemos una estrecha, larga y muy tormentosa historia de amor. Parece que el tiempo ha cerrado heridas y la prueba la superé ¡divinamente! 

Como en todo lugar de atractivo turístico que se precie, nos encontramos con un poco de todo: gente super motivada y equipada como si fueran a escalar el Everest; familias con todos los eslabones de la cadena: abuela, hija, yerno, tía, hijos, amiga de la hija y amigo de cartas del padre. Y todos trepando por la pirámide al ritmo de grititos, de resoplidos, de chistes malos y de gracias grotescas. Sí, ya lo sé, soy incorregible. Pero apuesto a que sí estaréis de acuerdo conmigo, cuando afirmo que subir una pirámide con tacones es -diría un taco, pero no quiero caer en la vulgaridad tan abundante en la blogosfera-, una soberana estupidez. Lo siento, lo siento, pero ¿se puede definir mejor con otra palabra? 

Subimos bajamos; subimos y bajamos. Sol y Luna liquidadas. Hora de ir a comer. Teníamos reservada mesa para tres en un restaurante-cueva que nos había recomendado quién sabe quién. Subimos al coche y, al salir del parking, preguntamos por la forma már rápida de llegar a la "cueva" a un tipo que parecía custodiar el recinto. ¡Yo quiero a este hombre para mi departamento de márketing o fuerza de ventas! 

Buenas tardes señor, disculpe, ¿nos podría indicar cómo llegar al restaurante "La Cueva"?
Buenas tardes, un gusto: aquí, "no más",
todo recto y a la derecha en la puerta cinco. ¿Van a comer?
Uhmmm... no sé... en los alrededores hay más restaurantes, mejor precio y muy higiénicos (...)
Ah (¿qué habrá querido decir con "muy higiénicos"??)
(...) La cueva está bien, es... eso, una cueva. Pero, claro, se pueden encontrar ratones... y ya habido muchos casos de salmonelosis... pero ustedes verán...
Ehhmm...gracias buen hombre, gracias...

Que te digan que los ratones corren a sus anchas por la cueva, tiene un pase; pero ¿quién se arriesga a pillar una salmonelosis en suelo extraño? Cambio de planes, la Cueva pasó a mejor vida.

Después de tantos recaudos para no comer en un lugar dañino para salud, caímos en uno dañino para el espíritu: platos que venían a la mesa y se iban en segundos. Unos por picantes -pese a pedir "no picante"-; otros por fríos -comerse un queso derretido frío es como merendarse un paquete de Bang-Bang-; y otros por puro vicio (jajjaj). Pese a todo, la compañía era genial, el espíritu estupendo y la excursión nos estaba encantando. 

Siguiendo los consejos de uno que vive hace tiempo en esta ciudad, no hicimos sobremesa y a las tres y media iniciamos el camino de vuelta al hotel. Logramos engañar al temido tráfico mexicano y sobre las cinco de la tarde ya estábamos descansando en la habitación. En realidad, mi marido descansaba y yo navegaba por la red hasta que me dieron la orden de salir corriendo en busca de un camión de ibuprofenos para combatir un horrible dolor de cabeza. Así que, sin darme  ni cuenta, me encontré en la calle buscando una farmacia que estuviera abierta. 

Solucionado el problema de la cabeza nos fuimos a recorrer la ciudad -no quiero hacer esto eterno: fue un lindo paseo-. 

A las doce de la noche, ya estaba yo en la cama dispuesta a leer algún periódico digital que me sirviera de somnífero -tipo el Confidencial-. Y surtió efecto, porque a minutos de la una de la madrugada un rugido de oso polar amplificado por el eco de una gruta me despertó. Me quedé flipada: el edificio se movía. Desde un piso 35 el balanceo se multiplica por mil.  De un manotazo desperté a mi marido:

¿Qué es esto?
Un terremoto
Ah...

A mí me pareció que duró horas. Por fin, el movimiento se terminó y el edificio dejo escapar un rugido más intenso. Luego me explicaron que eso era señal de que se había vuelto a colocar en su lugar. ¡Vaya!, me quedo mucho más tranquila. 

Impactada por el episodio me dormí barajando la posibilidad de calzarme los vaqueros por si vivía una replica del seísmo y tenía que salir corriendo. A las cuatro de la madrugada abrí un ojo:  tenía la sensación de haber tenido un mal sueño y, rápidamente,  me fui a buscar a mi amigo Google. Escribí en la barra de búsqueda: "Terremoto en México D.F". Los titulares no daban cabida a la duda:


La Opinión.com
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Esta mañana, otra noticia que he leído en El País.com me ha dejado pensativa: 

Los expertos están convencidos de que se avecina uno de gran magnitud
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En una hora me vienen a buscar para ir a ver lucha libre mexicana; confiemos en el "no atino" de los expertos...

miércoles, 12 de junio de 2013

DE MAYOR QUIERO SER MUJER MALETA

No es por ser cansina, ni por sufrir el síndrome del ajo, pero...¡volvemos al mundo maleta! Y tú puedes pensar: "a mí, ¿qué carajillo me importa las paranoias de esta chica??" Jaja,  estás en tu derecho. Yo, seguramente, diría lo mismo. Pero me da igual, no tú -que te adoro-; me da igual que taches de "paranoias" a mis rutinas cotidianas. Quién pudiera contar que se ha comprado un palacete, o que su coach le refuerza sus dotes de liderazgo, o que ha ido a ver a Nadal a París, o que firma su libro Rie que yo te miro, -últimamente las casetas del parque del Retiro parecen un plató de Telecinco-,  en la feria del libro de Madrid. Pero mi universo es otro y esto es lo que hay. 

Yo sigo con lo mío...no me dejes,  ¡por favor!

Para el viernes por la mañana tengo que tener preparadas dos maletas de cabina. No me permiten más equipaje -no la compañía área, sino "mi compañía", que es aún más estricta-. De alguna manera, en una de ellas debe ir mi ropa -entiéndase ropa como zapatos, cosas de baño y vestimenta-; según las actividades que me han preparado en Mexico D.F. no puede faltar: un jean, unas zapatillas, unos zapatos, camisetas, algún pantalón de vestir, algún vestido mono, alguna camisa o equivalente resultón, equipo de gimnasia -con sus zapatillas correspondientes-, algo de abrigo, algún jersey, el pijama, y, además, esos "por si acasos" tan típicos de la indecisa Patricia. En la otra, pues lo de mi acompañante.

Por suerte, me dejan llevar otro mini-bulto, así que ahí meteré -junto a la cartera, llaves y demás artículos típicos de bolso (cartera para los argentinos), las cosas de baño, mi ordenador y mis libros para un "posible" estudio. Mi problema principal es ¿dónde llevo mi super cámara? 

Ni bien vuelvo a tocar suelo conocido, me toca deshacer maletas y preparar otras tantas. Dos van a España y otras dos a recorrer Sudamérica. Las españolas no tienen mayor problema; bueno, sí, son las mías y, como siempre, la indecisión será la máxima protagonista. Decía que no tienen misterio porque van a un solo país, con un clima agradable, y estarán en terreno amigo y conocido. Las que van al sur de las Américas... se complican. 

En un principio, se me pidió que en una maleta de mano metiera ropa para quinces días y que no faltara vestimenta para trabajar, para hacer deporte y para salir con los amigos; ¡ah!, y que tuviera en cuenta las variaciones climáticas de los distintos países de la región. A medida que me enumeraban las prendas que pretendían llevar, mi cuerpo se iba hinchando: me sentía maleta desvalida a la que le obligan a comer mil docenas de huevos duros y que termina explotando. Tras una charla de bajada a la realidad, logré un acuerdo: una de cabina y otra para facturar algo mayor. 

Y podría seguir, porque en julio ya se dibujan maletas con destinos varios, pero no es bueno empachar al personal, ni al vecino del quinto. ¿Lo mejor de todo? Que por primera vez en cuatro años la recta final de junio me parece súper divertida. Es lo que tiene poder acceder al aprobado por una módica cantidad de verdes... lo sé, soy lo peor.

ANTES MUERTA QUE SENCILLA

Miami me regala otro día pesado, nublado y con un cielo que ni por caridad cristiana deja el color gris. Con este panorama, encerrarse en casa y dedicarse al estudio es un mal menor: buena temperatura, comida y bebida ilimitada; y, aunque sea porque "no queda otra", una puede plantarse delante de un libro e intentar avanzar en eso del estudio pre-exámenes universitarios.

Lo sé, nada envidiable mi estampa. A dos minutos tengo la playa, a uno el gym y la piscina. A medio, una sala de billar y juegos varios. A dos de coche, un centro comercial con tiendas de infarto. A cinco conduciendo, el atractivo bullicio de Miami Beach. De no ser por este clima que me impide disfrutar a tope de estos placeres de la vida, yo estaría incapacitada para hincar codos. Así que, visto lo visto, no puedo nada más que agradecer este tiempo tormentoso y atropellado que me dedica esta parte del mundo. 

Dicen que hablar del tiempo es síntoma inequívoco de lo poco que se tiene que contar; o de que la situación en la que te encuentras -y/o con quien te encuentras-, merece tu más mínimo interés. Puede ser, pero, ahora, no es el caso. Hoy he recibido un documento que me informa de lo que debo hacer en esta época de huracanes; los pasos a seguir antes, durante y después de una fuerte tormenta o huracán. Y hoy estoy sola. Y tras leer el extenso documento que explica paso por paso qué hacer, me he dado cuenta de que estoy "virgen" en eso de vivir este tipo de situaciones de emergencia. 

He vuelto a las listas. La primera contiene todo lo que tengo que comprar en el supermercado: linterna, pilas, agua, velas, latas de comida, etc. La segunda detalla todos los documentos que tengo que recopilar y meter en una carpeta para, en un momento dado, salir pitando de casa. La tercera me sirve par recordar cosas tan importantes como: tener el depósito de gasolina del coche siempre lleno, mantener el móvil con la batería completa, tener a mano algún teléfono de amigos que vivan en zona de no desalojo por huracán, etc. Y por último, un escrito que no es una lista en el que detallo un plan "a" y un plan "b" en caso de huracán: en caso de abandonar la casa, qué coger y en qué orden. En caso de permanecer en casa, qué recaudos tener en cuenta.

Y a todo este número de reglas a seguir, yo le sumo una: estar siempre duchadita, peinadita y vestidita de forma decente y mona para que nunca te pille en pijama y con el rulo puesto la alarma de "abandonen el edificio inmediatamente: huracán a la vista". Dicho lo dicho, ¡me voy a duchar!






lunes, 10 de junio de 2013

"CONFIDENCIAS"

Qué ironía, hoy me ha llegado mi permiso de trabajo. Ya soy apta para currar en los Estados Unidos de América. Me lo están poniendo demasiado fácil los estadounidenses y demasiado difícil los españoles. No solo tenemos desempleo, recortes... además, tenemos a los que juegan sucio para conseguir sus objetivos y no les importa poner más obstáculos,  si cabe, a los que están intentado sacar la cabeza del fango. Parece que la razón por la que me fui de España se hace más fuerte:  mi país no me quiere. 

Hoy estoy de resaca. Se nota, ¿verdad? Después de un fin de semana muy deportivo y con gran actividad en las redes y en mi cerebro, ahora, me he quedado atascada en la canción número uno del disco de Mecano del 82: "Hoy no me puedo levantar". Piernas, brazos, ojos, manos, le dolían a Ana Torroja; yo le sumo cabeza y estómago. Un completo. 

En par de semanas me voy a España, pero antes pasaré unos días por México D.F. Y como he llamado a la universidad y de mis asignaturas no les quedaban más "aprobados a la venta", pues me toca llevarme los libros al país vecino y, entre tequila y tequila, sacar horas para estudiar. Sí, entre tequila y tequila para matar dos pájaros de un tiro: estudiar y olvidar. 

Necesito dejar el tema. Lo dejo. 

sábado, 8 de junio de 2013

YO SÍ TENGO ROSTRO

Hoy hemos superado los 90 º F. Estar en la calle ha sido un calvario, y estar en el Sun Life Stadium Miami viendo a la Roja, un acto de amor.

España ha ganado a la selección de Haití por dos goles a uno. Ni mucho menos voy a hacer una crónica del partido; para eso están los periodistas "serios"-los del Confidencial, por ejemplo-. Yo solo soy una de esas periodistas a las que se le acusa de "comprar" su título. Vamos, que me están llamando idiota a la cara los amigos del periódico, uhmmm..., ¿cómo era? ¡Ah, sí! -es que soy tan boba que no retengo ni un mísero nombre más de un segundo-, el Confidencial.

No creo que me leáis; no creo que jamás sepáis de mi existencia, pero no puedo evitar dirigirme a vosotros -aunque no me escuchéis, aunque yo os importe un bledo-, y gritaros: ¡Ni que Periodismo fuera una carrera tan  difícil como para tener que pagar para aprobar! "Colegas", que el ombligo del mundo ya tiene dueño; vosotros solo lo soñáis. Y, por cierto, parece mentira que os hayáis hecho eco del berrinche de algún ex-profesor de la UDIMA sin contrastar los hechos. Y no me refiero a que os "traguéis" los datos que la Universidad os pueda aportar; o a que ampliéis vuestra "investigación" con testimonios de otros profesores -quemados o no quemados-; ni tan siquiera que preguntéis al alumno pelota de turno que solo sabe lamer el culo a la institución en la que estudia. No, esas fuentes están intoxicadas y siempre barrerán para su casa. 

Os hablo de preguntar a esos estudiantes a los que les estáis llamando idiotas; a esos estudiantes a los que, con vuestro artículo, les habéis puesto mucho más difícil encontrar un futuro laboral en este bendito país que es España. Es decir, os hablo de mí, por ejemplo. Os repito, aprobar el grado de Periodismo está al alcance de cualquier cerebro que supere la prueba de sumar dos más dos -cuatro, ¿veis qué fácil? Haced la prueba, insisto, CUALQUIERA la supera con éxito-. Otra cosa muy diferente es llegar a ser un brillante periodista -y para muestra un botón-. 

En vuestro artículo habéis mentido. Sí, mentido. En vuestro titular afirmáis que en la UDIMA no existe el suspenso. Eso es mentira. Luego, el artículo se llena de supuestos testimonios de profesores sin rostro que plagan el escrito de declaraciones más propias de un "poli-de-luxe"  de noche de viernes en Telecinco. Mi querida "terceradocente" cuando a una se la coacciona para que apruebe a un alumno, lo primero que debe hacer es denunciar el hecho ante quien corresponda. Si te ocurre y tragas, te conviertes en cómplice de esa mala práxis que hoy denuncias, mi querida "terceradocente". 

A mí nadie me ha pedido que defienda a la UDIMA; tampoco lo haría si así fuera. Y tampoco lo voy a hacer sin que me lo sugieran. Yo, lo que quiero es defenderme:

A mí nadie me "dicta" las preguntas de los exámenes.
A mí  nadie me regala mi nota.
Yo pago por una enseñanza, no por un título.
Yo nunca he pagado por trabajos, ni los he encargado a un tercero. 

Por supuesto que la UDIMA tiene cosas con las que no estoy de acuerdo; pero, ¿saben lo que yo hago? Me quejo. ¿Dónde? En la UDIMA. Y si me siguen sin hacer caso, ¿saben dónde me vuelvo a quejar? En la UDIMA. Así, hasta que me quedo tranquila. Ir a llorar a un periodista "serio" sobre lo malos que eran esos donde trabajaba -o trabajo-, es, cuanto menos, una acto de cobardía y egoísmo. ¿Queríais joder a la institución? Pues ya lo habéis hecho. Pero ¿sabéis a quién habéis hecho más daño? A vuestros alumnos. A esos por los que durante varios años habéis tenido un puesto de trabajo. A esos a los que, seguramente, les hayáis intentado inculcar vuestra sabiduría. A esos a los que les habéis pedido responsabilidad y madurez a la hora de afrontar la profesión y la vida.

Y concluyo con mi particular y pequeño tirón de orejas a mis amigos los profesores udimeros, lanzándoles estas preguntas: si es verdad que trabajáis en esas condiciones medievales, ¿por qué no exigís a la UDIMA un mayor respeto por vuestra persona y trabajo? Es más, ¿por qué no os exigís a vosotros mismos ese respeto? Si es cierto el testimonio de este profesor que terminó con problemas de visión, o el de esos que no dan la cara porque temen represalias... ¿cómo sois capaces de permitir que los alumnos suframos los daños de vuestra cobardía y/o servilismo?

Defraudada, pero no hundida. Yo, apuesto por la verdad. Y la verdad no es esa que dibuja el Confidencial. Defraudada, pero no hundida. Yo, apuesto por un Periodismo que sirva a la sociedad y no a sus propios intereses, o a los de "algunos". Defraudada, pero no hundida. Yo, confío en que la crisis que sufre mi amado país sirva para limpiar la casa de ese amarillo pálido que ha aparecido por todas las paredes. 

viernes, 7 de junio de 2013

LA ZAPATILLA COME AL TACÓN

Ya está. Una más. Ya he caído en la ola de "corro para tener sed". Hoy me he descubierto haciendo cálculos para establecer un tiempo mínimo en recorrer una milla. Una meta alcanzable. Nada del otro jueves, pero objetivo al fin y al cabo: una milla en 9 minutos. Ahora estamos llegando a los 10 minutos, así que la tarea no es tan complicada. Objetivo final, correr 6,21 millas (10 kilómetros) en algo más de 55 minutos. 

Pensé que me resistiría, pero la presión es enorme. Hermanas que corren, amigos que corren, vecinos que corren, conocidos que corren... No hacerlo es, prácticamente, convertirse en un ser extraño. En un "fuera de...". 

¡Me lo he hecho en 60 minutos!
¡Muy bien! No está mal para ser tu primera vez. Yo ya me lo liquido en 48. Y tú, ¿en cuánto lo haces?
¿¿¿¿Eing????
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Correr por correr es un martirio. Correr por correr es querer ser un Forrest cualquiera. Yo no sé hacer nada por hacer. Buscar una motivación que te anime a levantarte a las seis y media de la mañana para calzarte las zapatillas -o esperar a las horas nocturnas para que no te mate la humedad-,  es imprescindible para encontrar algún atractivo en eso de machacarte el cuerpo.

En unos días me voy a Madrid. A mi vuelta, pasaré al plan "b": inscribirme en una carrera. De momento, nos conformaremos con distancias fáciles, 5 o 10 kilómetros. Si la fuerza de voluntad se mantiene y el cuerpo responde, miraremos de reojo la media maratón. Quién sabe, quizá me ha entrado la fiebre deportiva de los cuarenta con unos años de anticipación, o quizá es un tema de buscarse objetivos e insertarse en esta sociedad en la que el deporte, es clave para pertenecer a ella.

Y como de deportes anda el juego, seguiremos con ellos. Pero esta vez de "mirandas". El sábado juega la selección española de fútbol un amistoso con la selección de Haití en Miami. Y yo me compré la camiseta con la estrellita del mundial para celebrar la victoria de la roja y tengo que amortizar la inversión, así que, mañana a las cuatro de la tarde -hora local-, estaremos animando a los chicos. 

Como es de esperar, aquí ni se han enterado de este partido: la NBA más un inexistente interés por este deporte de once consigue que, prácticamente, regalen las entradas con la compra de una hot dog. Ellos se lo pierden. 

Y hoy juegan Nadal y Ferrer las semifinales de Roland Garros. Djocovik para el mallorquín, y el francés Jo-Wilfried Tsonga se enfrentará a nuestro querido valenciano. ¡Pobre! Va a sentir la presión del público francés, que ya no sabe cómo hacer para que su país vecino no le agüe siempre la fiesta en su campeonato, en su casa, en su tierra. Si la final es roja y amarilla, a estos franceses les da un ataque. Veremos. Y las motos descansan este fin de semana, pero tenemos a Alonso en Montréal (...).

Agotada. Qué manera de sudar la camiseta. Habrá que renovar armario: se impone la nueva ola.