La
cabeza me va a mil por hora. Cada vez que me pongo a escribir me acuerdo de un profesor que impartió un taller de escritura, al que asistí hace unos años:
olvídate de los lugares comunes; no corrijas; no te impongas resultados; lo
prescindible sobra; dibuja imágenes con palabras; no aspires a la excelencia; no
seas rebuscada, ni pretenciosa en tu lenguaje; no engañes al lector; no seas
muy previsible; impón ritmo a tu relato; no imites; olvídate de la página en
blanco, del bloqueo y ¡escribe, leche!
Esa
voz interior me persigue por todos los rincones del mundo. No hay manera de
despistarla, ni de bajarle el volumen. Siempre está ahí. A veces me dedico a
destripar mi cerebro para intentar descubrir qué tengo ahí dentro. Agarro un
extremo del ovillo y empiezo a desenroscar.
Es asqueroso, lo sé; pero imagino un intestino retorcido que empieza a adoptar
la forma de una larga regla. Una vez extendido, agarro una pequeña cuchilla y
lo disecciono. Y me recuerda a cómo mi madre abría las salchichas y las cocinaba sobre una plancha para, después, meterlas en un trozo de pan. Mucha materia. Demasiada información que no alcanzo a entender.
Así
que me tiro a la escritura y me entrego a la diosa fortuna con la esperanza de
que, algún día, sea capaz de encontrar lo que busco; que no es otra cosa que
dar con la clave que active el modo: "me entiendo a la perfección". No seamos pretenciosos, con un "me conozco a la perfección" nos conformamos.
Con
estas paranoias en mi cabeza me dedico a correr, a comer, a leer, a ver tele, a
pasear, a conducir, a remar, a planchar, a escuchar música, en fin, a todo. En ocasiones me cuelgo, y me atasco en alguna curva de ese largo cerebro-intestino. ¿Y
si se rompe?
Son
casi las diez de la noche y, por suerte, ya he cenado; no sería capaz de probar
bocado con la imagen de un intestino abierto de par en par y cocinado a la
espalda. Ahora que lo pienso, creo que no seré capaz de comerme, jamás, otra salchicha.
Las
miles de horas que paso conmigo misma me han permitido desarrollar una
capacidad enfermiza para dialogar en silencio. Por suerte, siempre me ato con
una cuerda a la realidad y cuando estimo que la locura está llegando al umbral
de la enfermedad crónica e irreversible, tiro de ella y vuelvo al mundo de los
vivos y de los de carne y hueso. En ocasiones, suelto la cuerda más de la cuenta y
experimento. Todavía no soy capaz de desconectar al cien por cien, pero trabajo
en ello.
Miro
de nuevo el reloj: faltan dos para las diez. Ya está. Ya he vuelto. Ya estoy
aquí. De nuevo en Miami, y me acuerdo que tengo que idear la manera de hacer cena para uno, sin tener
algo en la nevera. Macarrones. Unos suculentos macarrones. Sin carne. Sin salchichas.
Sin materia gris.
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