No es por ser cansina, ni por sufrir el síndrome del ajo, pero...¡volvemos al mundo maleta! Y tú puedes pensar: "a mí, ¿qué carajillo me importa las paranoias de esta chica??" Jaja, estás en tu derecho. Yo, seguramente, diría lo mismo. Pero me da igual, no tú -que te adoro-; me da igual que taches de "paranoias" a mis rutinas cotidianas. Quién pudiera contar que se ha comprado un palacete, o que su coach le refuerza sus dotes de liderazgo, o que ha ido a ver a Nadal a París, o que firma su libro Rie que yo te miro, -últimamente las casetas del parque del Retiro parecen un plató de Telecinco-, en la feria del libro de Madrid. Pero mi universo es otro y esto es lo que hay.
Yo sigo con lo mío...no me dejes, ¡por favor!
Para el viernes por la mañana tengo que tener preparadas dos maletas de cabina. No me permiten más equipaje -no la compañía área, sino "mi compañía", que es aún más estricta-. De alguna manera, en una de ellas debe ir mi ropa -entiéndase ropa como zapatos, cosas de baño y vestimenta-; según las actividades que me han preparado en Mexico D.F. no puede faltar: un jean, unas zapatillas, unos zapatos, camisetas, algún pantalón de vestir, algún vestido mono, alguna camisa o equivalente resultón, equipo de gimnasia -con sus zapatillas correspondientes-, algo de abrigo, algún jersey, el pijama, y, además, esos "por si acasos" tan típicos de la indecisa Patricia. En la otra, pues lo de mi acompañante.
Por suerte, me dejan llevar otro mini-bulto, así que ahí meteré -junto a la cartera, llaves y demás artículos típicos de bolso (cartera para los argentinos), las cosas de baño, mi ordenador y mis libros para un "posible" estudio. Mi problema principal es ¿dónde llevo mi super cámara?
Por suerte, me dejan llevar otro mini-bulto, así que ahí meteré -junto a la cartera, llaves y demás artículos típicos de bolso (cartera para los argentinos), las cosas de baño, mi ordenador y mis libros para un "posible" estudio. Mi problema principal es ¿dónde llevo mi super cámara?
Ni bien vuelvo a tocar suelo conocido, me toca deshacer maletas y preparar otras tantas. Dos van a España y otras dos a recorrer Sudamérica. Las españolas no tienen mayor problema; bueno, sí, son las mías y, como siempre, la indecisión será la máxima protagonista. Decía que no tienen misterio porque van a un solo país, con un clima agradable, y estarán en terreno amigo y conocido. Las que van al sur de las Américas... se complican.
En un principio, se me pidió que en una maleta de mano metiera ropa para quinces días y que no faltara vestimenta para trabajar, para hacer deporte y para salir con los amigos; ¡ah!, y que tuviera en cuenta las variaciones climáticas de los distintos países de la región. A medida que me enumeraban las prendas que pretendían llevar, mi cuerpo se iba hinchando: me sentía maleta desvalida a la que le obligan a comer mil docenas de huevos duros y que termina explotando. Tras una charla de bajada a la realidad, logré un acuerdo: una de cabina y otra para facturar algo mayor.
Y podría seguir, porque en julio ya se dibujan maletas con destinos varios, pero no es bueno empachar al personal, ni al vecino del quinto. ¿Lo mejor de todo? Que por primera vez en cuatro años la recta final de junio me parece súper divertida. Es lo que tiene poder acceder al aprobado por una módica cantidad de verdes... lo sé, soy lo peor.
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