jueves, 20 de junio de 2013

¿NO HAY PÍLDORA PARA EL DÍA DE DESPUÉS?

Padezco el síndrome del "día de después". Ayer llegué a Miami tras seis días en la Ciudad de México. Hoy, todo me viene mal. Todo pasa a destiempo. Todo es inoportuno y espeso. 

Ayer volví. Por la noche. A las once. Entré en casa, dejé las maletas y me fui a cenar. Nada especial, nada de "jo, ¡que super cena!". Después de un café con leche a la una de la tarde, mi cuerpo no había visto nada de alimento, así que a las once de la noche "casi" cualquier cosa me venía bien. 

A las doce ya estaba de vuelta. Y a las doce y cuarto, leía la prensa debajo de las sábanas. Esta vez elegí otro digital, no quería quedarme frita antes de empezar. Pretendía informarme, y las "confidencias" de algunas webs con formato de periódico digital son buenas para ese "momento cotilla" que todos llevamos dentro, pero para poco más. La cuestión es que apenas fui consciente de lo que me rodeaba. El cansancio, el hambre y las ganas de llegar consiguieron que mi mente solo pensara en eso, en llegar a casa. 

Otro cantar es el "día de después", es decir, hoy.

A las cuatro de la mañana me han despertado los truenos y relámpagos de la tormenta número ene de Miami. Prometo que no exagero si digo que son "monumentales", ruidosas, luminosas... lo prometo; pero me ha dado cuenta de que esto, aquí, es el pan de cada día, así que voy a dejar de ser mujer de boina y garrote, y trataré estos temas climatológicos con total normalidad. Ha caído una tormenta de tres pares, pero todo de lujo. 

Se ve que me he vuelto a dormir, porque cuando he mirado de nuevo el reloj eran las cinco y media de la mañana; ahora era mi marido el que andaba "trasteando" por la casa. Otro que tal baila. No he querido levantarme, me he concentrado para no escuchar nada y me he quedado frita. 

Y a la tercera va la vencida: a las siete de la mañana me he levantado. Ni me he quitado la legaña del ojo. Ni me he ordenado el pelo. He abierto la puerta de mi habitación, y he querido salir corriendo. No me daba la vida para correr; me he conformado con volver a cerrar la puerta. 

No lo puedo soportar; el desorden me sube todos los niveles del cuerpo: el del stress, el del mal humor, el de la glucosa, el del colesterol... ¡todos! Porque, el "día de después" la casa está más sucia que cuando uno la dejó, y el desorden es más evidente. Encima, lo que en la noche de tu llegada te pareció una buena idea -dejar la maletas tiradas en medio del salón, los pasaportes, los pesos, la gafas de sol, el suéter por si hace frío en el avión, el papel del chicle, el libro para el viaje, etc.-, el "día de después" te resulta una pesadilla. 

Son las tres de la tarde en Miami y tengo un sueño que me muero. He puesto lavadoras, he tendido ropa, he saltado mil veces los zapatos que ayer mi marido dejó en medio del salón -contengo mis ganas de meterles una patada y tirarlos por la ventana-, he planchado, he recogido y, entre medias, me he recordado frente al espejo: "tienes que abrir un libro". Es lo máximo que me he acercado al estudio en las últimas semanas. 

Arrancada la maleza del jardín, ya veo tierra firme y ya puedo iniciar, de nuevo, la operación "armado de maletas". Pero me muero de sueño. Cierro los ojos. Cuando los abra, el síndrome habrá pasado y el día volverá a ser deliciosamente gris. Y, con la normalidad como única compañera, volveré a llenar las maletas, a preparar documentos y a pensar en el estudio. 



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