Termina el año y, como siempre, el final coincide con las Navidades. Los finales de cualquier cosa siempre son complicados: se apelotonan las tareas de última hora, los imprevistos se multiplican y el tiempo pareciera reducirse a la mitad. La soga del reloj aprieta más que en otros meses -¡cómo añoro el relajado y florido mes de mayo!-, y, para colmo, tenemos que celebrar las Navidades.
Y yo me pregunto ¿no las podríamos mover de mes? No sé, así a botepronto, se me ocurre ubicarlas en febrero: el año ya ha empezado a rodar y no ha sufrido el desgaste y el maltrato del tiempo. Todavía goza de la frescura e inocencia que le otorga su juventud. Además, el nuevo escenario no tiene más que ventajas: mantenemos el mismo clima -cada uno el suyo-, y los regalos se pueden comprar en plenas rebajas sin tener que inventar una excusa para justificar que los Reyes Magos, como todos los años, llegan el 8 de enero.
¡Pobre mes de diciembre!
El mes de diciembre ha perdido su identidad; hace rato que ya no es un mes, es, sencillamente, la Navidad. ¿No os parece cruel vivir con una identidad impuesta?, ¿nacer mes y terminar viviendo como una fiesta? La solución no es exterminar el problema, si no compartir el peso de la solución. Ya es hora de liberar a diciembre y que otro cargue con el peso de la Navidad durante unos años. La liberación de los 31 últimos días del año bien merece nuestro apoyo y nuestra lucha.
Mucho entusiasmo en estas últimas palabras; será que en mi subconsciente bailaban otros temas... eso será.
Reivindicando la Navidad
Defiendo la Navidad. Defiendo unas fechas que nos dan la oportunidad de reflexionar y hacer balance de nuestra vida. Defiendo unas fechas que nos sirven de excusa para retomar relaciones injustamente olvidadas o descuidadas. Defiendo las ciudades iluminadas. Defiendo el olor a castaña asada. Defiendo los villancicos. Defiendo los abrazos efusivos. Defiendo los ojos vidriosos al ver a los tuyos. Defiendo lo mails, los whatsapps, los tuits, los mensajes de voz, los mensajes de texto, los mensajes en un post-it... defiendo cualquier soporte para felicitar las fiestas. Defiendo todo lo que huele a Navidad, aunque todo no lo pueda disfrutar.
Pero la Navidad también arrastra mucho sedimento sólido y pesado al pasar por nuestra vidas: cenas de empresas democráticamente obligatorias, agujeros en nuestras Visas, cenas familiares con menú y compañía estándar, brindis de empresa con champagne a las once de la mañana, abrazos efusivos con nuestros no amigos, envío masivo de mails felicitando las fiestas con dos palabras, sonrisas dibujadas, et., etc. Y como arrastra todo ese exceso de "escombro" en muchas ocasiones lo importante, lo que nos hace feliz se deposita en el fondo del río y se queda en el camino. La corriente de la Navidad arrastra con nosotros lo que agarramos con más fuerza -que no siempre coincide con lo más importante-, y lo que descuidamos queda olvidado en el fondo o en algún embalse de vete tú a saber dónde.
Pues bien, mi propuesta de cambio de fecha queda realizada. Veremos cuántos están de acuerdo. Entre tanto, para estas Navidades me propósito solo es uno: agarrar con fuerza lo importante y que en el sedimento se quede todo lo demás.
Felices Fiestas, Feliz Navidad. Os agarro con fuerza. Si duele, gritad, no quiero que os ahoguéis.